El miedo a la libertad de enseñar y aprender
Orlando Litta
Abogado y presidente de la Fundación LibreMente de la Ciudad de San Nicolás, Buenos Aires, Argentina. 



Siempre me he preguntado por qué razón no existe la libertad de enseñanza en nuestro país. Ante esta pregunta inicial muchos lectores me dirán, cómo que no existe si la misma está plasmada en el art. 14 de la Constitución Nacional –precepto que garantiza las libertades individuales- al decir que todos los habitantes de la Nación gozan de determinados derechos conforme a las leyes que reglamentan su ejercicio y entre ellos se menciona el de enseñar y aprender.
Examinemos el tema. Es primordial saber y entender qué es la libertad de enseñar y aprender, qué significa; para luego analizar si la realidad fáctica es consecuente con el texto constitucional.  
Enseñar y aprender en un marco de libertad implica entender a esta de manera integral y amplia con el fin que pueda desarrollarse con el mayor margen de acción posible. Integralidad y amplitud significa que la oferta educativa debería hacerse con un menú de propuestas diversas sobre el cual los padres puedan decidir libremente dónde educar a sus hijos. Es decir, un sistema educativo –como el argentino- que se caracteriza por ser uniforme, con gestión administrativa y pedagógica centralizada, dista bastante de un sistema basado en la libertad de enseñar y aprender.
La pregunta sería, ¿cómo debe gobernarse la educación para que exista tal libertad? 
En pleno siglo XXI, la vertiginosidad tecnológica, las distintas modalidades       que   van   adquiriendo        los    vínculos         laborales,   las modificaciones en el modo de comunicarnos y el cambio de las relaciones sociales, nos obliga a pensar y actuar en una revolución educativa que reemplace al vetusto sistema educativo anclado en la escuela como transmisora monopólica de los conocimientos, bloqueando a la misma en la construcción de puentes con otros actores sociales que la ayuden a  adaptarse a un mundo globalizado en el que la ciencia avanza sin cesar.
Dicho desafío nos coloca en la postura de adoptar medidas dinámicas y flexibles que pongan el acento en la búsqueda de caminos alternativos que nos permitan sembrar y cosechar un vasto nivel de aprendizaje en diversos terrenos. Ese derrotero conlleva necesariamente la libertad. En tal sentido, debemos educar para que el individuo pueda lograr conocer su identidad como ser diverso que es en relación con otros individuos tan diversos como él, con el fin que se desenvuelva en una realidad también diversa, cambiante y plural. O sea, educar individuos que asimismo son plurales en un entorno de pluralidad.   
Por el contrario a esta misión educativa, actualmente nos mantenemos en una organización tratando a los alumnos como si todos fueran uno solo y uno solo fuera como todos. Resultado de esto es la uniformidad, la rigidez; lo cual lógicamente nos condujo a la aceptación de una cultura facilista, ramplona, pobre, nivelando hacia abajo y conviviendo en el confort en la zona del no confort. 
La estructura escolar se ha mantenido con objetivos que no responden a la vida de hoy, no comprendió el giro de las relaciones sociales, y acorde con esa arquitectura se viste con una burocracia desgastante que perdura alimentada por una costumbre viciosa de reglamentar.  
Percibo que las instituciones escolares ya no entienden lo que deben hacer ante la velocidad de los tiempos que vivimos. El sistema agotó y venció a un gran número de directores y docentes, convirtiéndolos en meros trabajadores sin prestigio profesional. No hay estímulo ni premios para los buenos directores y docentes, que solo perciben como premio el rubro antigüedad -consagrado en el viejo estatuto docente- de la misma manera y en igualdad con sus pares. Los sindicatos se han convertido en el único actor social que es protagonista en el espacio educativo, con un accionar huelguista que solo perjudica a los alumnos. La familia ausente, directores y docentes -salvo honrosas excepciones- sin inquietudes, los políticos con actuaciones de maquillaje educativo fuera de la época que vivimos. Triste panorama.  
Existe una desvinculación de la sociedad con la escuela. Para que ese contrato social se restablezca conforme al hoy que vivimos, gobernar la educación implica que debemos poner el eje en los destinatarios de la misma, los alumnos. Y serán los padres quienes los representarán eligiendo entre distintos menús educativos que se les ofrezcan –públicos o privados en sus distintas especies- en un ámbito de libertad. En ese contexto se deben contemplar el sistema de voucher, las escuelas charter, la educación en el hogar (homeschooling) y/o cualquier otro formato que anide a la gestión educativa delegada por el Estado a las escuelas con un control no asfixiante, que fomente la descentralización y la autonomía. Esa gestión, que nuclea las gestiones de dirección, de administración, de pedagogía y del vínculo con la comunidad, debe empoderar a la escuela (directores y docentes) para que trabajen productivamente. Debe interpretarse, por obvio, que esas gestiones son la esencia del trabajo de una escuela. 
Son los padres, los que deben elegir la mejor gestión educativa que consideren apropiada para que los hijos aprendan y desarrollen sus aptitudes adquiriendo las competencias necesarias en la búsqueda de la identidad como personas. 
Concluyendo, entiendo que lejos estamos de un sistema de libertad de enseñar y aprender establecido en la Constitución Nacional. Las leyes que han reglamentado ese principio libertario terminaron haciéndolo no libre. A fin que esa libertad se convierta en real, los padres como mandantes de la educación de sus hijos al delegar la facultad de educarlos en instituciones educativas, deben exigir al Estado que respete el derecho natural de la libertad que les corresponde. 
No tengamos miedo a la libertad de enseñar y aprender, es lo mejor que nos puede suceder, nuestros hijos lo agradecerán. El miedo obstaculiza, paraliza y no nos deja disfrutar del valor de la Libertad como motor sobre el cual debe proyectarse la educación. Es la sociedad la que debe internalizar el grave diagnóstico que padece la educación, el futuro de los jóvenes está en juego. La sociedad en su conjunto, ya sea a través de las familias, las organizaciones no gubernamentales, las empresas con su responsabilidad social, son quienes deben convertirse en actores auténticos presionando e influenciando a los políticos para que actúen en concordancia con la normativa constitucional de enseñar y aprender. La sociedad debe emprender la reconquista de la Educación, sin miedos.

 

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