Este lunes la
Academia Sueca de Ciencias anunciará al ganador o ganadores del
Premio Nobel de
Economía. Nos hemos demorado en enviar nuestras recomendaciones, así que no podemos asegurar que alguno de los economistas nombrados más abajo sea el elegido. Pero debería.
El primero en nuestra lista es Arnold Harberger, un misionero de la buena economía, que ha iluminado el análisis costo-beneficio de la inversión en infraestructura. A los políticos les encanta inaugurar proyectos. Considerando todos sus impactos, sin embargo, pueden ser mayores los sacrificios que le imponen al país que los beneficios que le dan. Si es así, no contribuyen al desarrollo.
El segundo lugar lo ocupa
Anne Krueger, ex economista principal del
Banco Mundial y ex directora gerente interina del
Fondo Monetario Internacional. Es una especialista en
comercio internacional y particularmente en la “
economía política” (o sea, en las componendas) de las negociaciones internacionales. Fue ella quien acuñó el término "
rent-seeking" (
búsqueda de rentas) para referirse a la
creación de barreras comerciales que restringen la
competencia para aumentar las ganancias de los grupos políticamente favorecidos.
Otro candidato es Paul Milgrom, de Stanford, quizás el principal exponente de la teoría de las subastas. Esta teoría ha tenido una enorme relevancia práctica en los últimos 20 años, sobre todo por las subastas de frecuencias de telecomunicaciones en los países avanzados. Se ha abusado también de ella, pretendiendo que basta con una subasta para hacer más competitivo algún mercado (como las subastas de afiliados en el sistema privado de pensiones).
Robert Barro, de Harvard, merece el premio por la idea de que da lo mismo que el gobierno financie sus gastos
poniendo más impuestos hoy o endeudándose, porque la gente se da cuenta de que los impuestos tendrán que subir después para pagar la deuda. Quienes han estudiado con su libro de texto de
macroeconomía saben, además, que el
gasto público no necesariamente reactiva la economía. Si el gobierno se dedica a construir casas y eso hace que la gente deje de construirlas, lo único que pasa es que un tipo de gasto
se reemplaza por otro.
Una elección más audaz sería la del juez Richard Posner, principal representante de una vertiente del análisis económico del derecho que se pregunta cómo deberían ser las leyes para que la sociedad sea más eficiente. En un mundo incierto, la ley puede evitar transacciones innecesarias, que demandan tiempo y gasto, asignando los derechos de propiedad sobre ciertos recursos a las partes que, en los escenarios más probables, son las que podrían utilizarlos con mayor provecho. A veces, los abogados son buenos economistas. (A veces, también, los economistas son buenos economistas.)
Entre los más jóvenes, merecería ganar el premio alguna vez Esther Duflo, del MIT, que ha sido la pionera en el estudio del combate a la pobreza mediante pruebas controladas aleatorias (“randomised controlled trials”). Este método, adaptado de la investigación médica, consiste en identificar dos poblaciones similares, aplicar en una sola de ellas, digamos, un programa de capacitación, y ver si, al cabo de unos años, los ingresos crecieron más en el grupo que recibió la capacitación. De esta manera podemos distinguir los programas que son efectivos de aquellos que no lo son.
Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 11 de octubre de 2019.