El periodismo atraviesa una situación tan delicada como la epidemiológica
Matías Enríquez

Participante del Programa de Jóvenes Investigadores y Comunicadores Sociales 2020. Periodista argentino que ha trabajado en diferentes medios de comunicación, actualmente dedicándose a la comunicación institucional de organismos de gobierno. Trabajó en diferentes medios gráficos como El Mundo (España), Marca (España) y ESPN-La Revista (Estados Unidos), en radio y TV. Fue corresponsal, redactor, movilero, editor, columnista, conductor y productor. También se desempeña como docente en talleres de Comunicación, Periodismo y Argumentación. Ha publicado columnas de opinión en diferentes medios como Infobae, Diario Perfil, ADN Ciudad, Mundiario  y Visión Liberal, entre otros. 




Está bajo estudio y análisis constantemente. Su acción o inacción representa críticas por doquier, en medios, blogs y redes sociales. Incluso en charlas por videoconferencias o acalorados debates por whatsapp, tan de moda por estos días de confinamiento. Lo cierto es que el periodismo atraviesa una situación tan delicada como la epidemiológica.  En tiempos del COVID-19, la información se ha vuelto indispensable y las personas consumen mas noticias que de costumbre, amparados en conocer las primicias y principales novedosas de este virus “desconocido”. Esta tendencia, que se ratifica a nivel mundial, ha puesto al periodismo otra vez bajo todos los flashes. La gran mayoría de los diarios digitales del mundo eliminaron el pago de sus noticias, algo que en nuestro país pasó sin pena ni gloria pero que representó toda una declaración de intenciones en otras redacciones del mundo. El derecho a la información en tiempos de pandemia es esencial y los medios supieron asumir la demanda ciudadana aún contra sus propios intereses.

En términos generales, los medios tradicionales se enfrentan a una paradoja. La gente se está volcando como nunca a consumir los noticieros, algo que se contradice con la recomendación que se suele brindar de informarse lo justo y necesario para preservar la salud mental. Esa fuerte demanda informativa contrasta con las dudas que se esbozan sobre el futuro de la profesión en materia financiera, sobre un modelo de negocios que varios especialistas consideran obsoleto. Eso, sumado al cierre de algunas empresas periodísticas, reducción de sueldos y también despidos -al igual que ocurren en otros empleos también- se presentan como una problemática en el horizonte inmediato de la profesión. En el plano de lo particular, muchos critican el oficio del periodista pero pocos proponen cómo mejorar una profesión que ha sufrido los desgastes propios del avance tecnológico y de la nefasta división entre los argentinos, comúnmente conocida como grieta. Grieta que se acrecienta con lo que el sociólogo Manuel Castells supo definir, en materia de consumo de medios, a fines del año pasado en una entrevista al diario Perfil, como el “consumo para confirmarnos no para informarnos” que implica el alejamiento del análisis que no es de nuestro agrado y el divorcio absoluto con lo que ese otro pueda observar.  

Operadores, mentirosos y deshonestos son algunos términos con los que los argentinos relacionan a los periodistas, sin disociar los periodistas serios de quienes no lo son. Son generalizaciones perezosas y peligrosas que, como dijimos alguna vez desde estas columnas, son “alérgicas al pensamiento y solo nos llevan a lugares comunes que parten de la ignorancia o falta de conocimiento y donde solo prima el prejuicio”. En estos días de crisis epidemiológica, los periodistas serios -que todavía los hay- tienen que combatir la imprecisión informativa, la desinformación, la recesión económica y los agravios y restricciones gubernamentales. Una tarea más épica de lo que parece. 


Párrafo aparte para éstos últimos dos ítems respecto de las ofensas e impedimentos estatales. Agravios como los que sufrieron hace algunos días los periodistas Jonatan Viale y Eduardo Feinmann, atacados por parte del presidente de la Nación -quien se disculpó al poco tiempo- y el Intendente de Pehuajó -quien no solo no lo hizo sino que manifestó su orgullo por ello en un medio ultraoficialista-, respectivamente. Ahora se entiende porque Manuelita un día se marchó sin que nadie sepa bien porqué. Sobre esto, quizás sea prudente recordar el articulo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el cual no admite discusiones respecto del derecho a la libertad de opinar y expresarse y también sobre el no “ser molestado a causa de sus opiniones”, por más que al Intendente pehuajense le pueda llegar a generar algún tipo de incomodidad. En el plano de las restricciones se percibe cierta falta de claridad en el ambiente respecto de cerciorar la libertad de expresión de todos los ciudadanos (que incluye a periodistas) con el controvertido “ciberpatrullaje” que mencionó la Ministra de Seguridad de la Nación para “detectar el humor social”, sin siquiera profundizar sobre la metodología aplicada o una mínima declaración de intenciones clara y reglamentada.  


La complejidad para trabajar en este escenario dinámico y la imposibilidad de realizar preguntas en las conferencias de prensa en materia de salud son dos asuntos pendientes más que dificultan la labor periodística. En estos días difíciles que vivimos los argentinos, los periodistas deben informar con más seriedad que nunca para evitar caer en las trampas del desengaño y la crítica infundada. La mejor forma de combatir todas las amenazas que tiene el periodismo es disponer de información clara, oportuna y verídica para poder reducir los límites del temor y el pánico. Solo así podrá subsistir el periodismo a estos días y solo así, volviendo a sus valores esenciales, podrá sortear los desafíos que les demandará el futuro próximo. 




Publicado en Perfil.


 

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