Progresismo: La emoción pavloviana
Diana Ferraro
Escritora



Una de las preguntas que ocupan a científicos y legos, es si las computadoras serán capaces de pensar en el futuro, con la previsible respuesta de que sí, serán capaces de pensar una vez alimentadas con la información adecuada que gatille el pensamiento. Existe otra pregunta que se formula menos frecuentemente: ¿serán las computadoras capaces de emocionarse? Y seguramente sí, aunque, como en el caso del pensamiento, también la emoción resulte de una respuesta pavloviana al estímulo de la información correspondiente. Cierto tipo de posiciones políticas reñidas con el más elemental sentido de la realidad, parecen ser, del mismo modo, la consecuencia de una emoción pavloviana alimentada por una información incorrecta u obsoleta. El peronismo ortodoxo, que se niega a revisar los viejos instrumentos, es un buen ejemplo de esto, pero también lo es el progresismo, que alguna vez se llamó así para indicar su voluntad de progreso de la humanidad hacia una sociedad más próspera y justa, una sociedad sin prejuicios y con más libertad.



Como la idea de progreso hacia estas metas, a comienzos del siglo pasado eran el comunismo y su versión lavada, el socialismo, la vieja idea del progreso sin revisar, continua anclada en viejos y jóvenes con emociones sin revisar, alimentadas por las ya caducas imágenes. En la Argentina, una importante clase media “progresista” según la vieja denominación, incluyendo al “progresismo” peronista, hoy conocido con el nombre de kirchnerismo, controla el péndulo por el cual se ganan o pierden elecciones.

No se trata solo de que los pobres Estado-dependientes, sin trabajo y sin afiliación sindical, voten a ese kirchnerismo estatista y le hagan ganar elecciones. Son muchos, pero no son tantos, y en general, tienen un mayor sentido de realidad que las clases medias, siempre más acomodadas y soñadoras. Es esta clase media a la que se debería provocar y llamar al debate, devolviendo además a la palabra progresismo su real sentido de progreso y nutriendo a ese nuevo progresismo de ideales más aptos para lograr un progreso.

Después del fracaso del comunismo y la estrepitosa caída del Muro de Berlín, debería quedar claro que el comunismo, lejos de indicar el progreso, indica la pobreza y el atraso. La emoción pavloviana local, sin embargo, registró apenas el hecho, para renovar el imaginario con diversas variantes de socialismo. En América Latina, aún se sueña con los ejemplos de Cuba, Nicaragua y Venezuela, con sus fracasos estrepitosos y sus pocos logros (entre ellos, algunos auténticos progresos cubanos conseguidos no a través de la práctica comunista, sino gracias a la financiación de Moscú, imposible de sostener en la misma escala, terminada la guerra fría).

Las generaciones argentinas de los 60 y los 70, portadoras de la antorcha, se resisten a abandonar sus ensoñaciones de lucha contra el imperialismo yanqui y transmiten las glorias juveniles a las nuevas generaciones, como un ideal romántico sin basamento en la realidad. Las ideas anticapitalistas, en particular, tienen una continua prédica. Y aquí está el nudo de la cuestión: se continúa atribuyendo la capacidad de reparto y justicia social a un régimen comunista o, en su defecto, a un régimen socialista, sin reparar en que, antes de repartir hay que producir y generar riqueza. Las tan mentadas democracias escandinavas, último refugio discursivo de los estatistas, son democracias capitalistas con altos impuestos y generosos servicios del Estado. Se puede decir lo mismo de los Estados Unidos, estatista a su manera, pero eso jamás entra en la discusión de fondo. El parche bate contra los empresarios, las empresas capitalistas, y las empresas financieras que los financian y presenta al Estado como el régimen capaz de superarlos.

Existen  derechos individuales que muchos conservadores se resisten a aceptar, por ejemplo, todos los derechos referidos a la identidad sexual, al aborto, a la eutanasia, que expresan, sin embargo, un respeto a la libertad del individuo, lo que es en sí, una marca de progreso en la historia de la humanidad. Este respetable progreso, indicado por un mayor conocimiento científico,  no necesariamente va en desmedro de la fe espiritual, aunque sí vaya en desmedro de algunos dogmas religiosos. En este sentido, el progresismo local se ha encontrado mejor representado tanto por el liberalismo de algunos sectores del macrismo como por el kirchnerismo, que aprobó algunas leyes relevantes en este sentido. No es, sin embargo, el tema de los avances del conocimiento científico ni de las apreciaciones culturales de la libertad individual, lo que crea brechas o hace ganar o perder elecciones a unos o a otros, sino la permanente confusión acerca de qué es el progreso en una economía, aun partiendo de una genuina aspiración de reparto.

Este es un tema de profunda relevancia en la castigada Argentina de estos días, cuando vemos confusas maniobras expropiatorias, luego transformadas en una gesta para rescatar una empresa deficitaria, pasando de la emoción pavloviana de expropiar para favorecer a los trabajadores, a perdonar las deudas y la mala gestión capitalista en un movimiento igualmente discrecional y extraviado. Si el kirchnerismo quiere ser progresista no debe ya emocionarse con repetir un gobierno autoritario como los de  Cuba, Nicaragua y Venezuela, aunque tanto Rusia como China puedan interesarse en poner algo de plata en el intento. Deberían más bien intentar un camino genuino de crecimiento—junto al mismo peronismo ortodoxo retrasado que los acompaña—y progresar hacia una economía abierta de libre mercado, y, ya que quieren Estado, con un Estado buen recaudador y un reparto con excelentes servicios estatales basado en el crecimiento de la economía. En suma: cambiar las imágenes internas de la emoción y referirlas, por ejemplo, a ese ideal de las economías escandinavas, un ideal bastante más exitoso por cierto que el de Cuba, y ni qué hablar, de Nicaragua y Venezuela. Y sí, también en la educación y la medicina, siempre el único ejemplo cubano a elogiar.

Por lo tanto, en las discusiones familiares y amicales o en las de la radio y la televisión,  se podría hacer el ensayo de cambiar las referencias emocionales de aquellos progresistas que ya no saben muy bien cómo lograr sus objetivos sin caer en el peor de los mundos. Las referencias actualizadas para ellos son las democracias capitalistas, que permiten el libre comercio, la inversión y el crecimiento, con un Estado que cobra altos impuestos y reparte, en consecuencia, servicios masivos de altísima calidad. Esa es la meta que hoy debería provocar una emoción genuina en todos aquellos “progresistas” amigos del Estado repartidor, y no la falsa emoción, ¡cómo podría ser verdadera!, ante la pobreza cubana, nicaragüense o venezolana.

Para todos aquellos verdaderos progresistas del siglo XXI que creemos en la libertad y en la autogestión—por ejemplo, en el peronismo, autogestión de los sindicatos y de las bien llamadas por el General Perón, Organizaciones LIBRES del pueblo—nos queda lo que se opondría amablemente al modelo citado en el párrafo anterior, una economía libre hasta sus últimas consecuencias con la igualdad generada por asociaciones privadas de todo tipo, en especial sindicales, con poco Estado, e impuestos bajos.

Entonces, en vez de elecciones siempre dramáticas como las que tememos hoy, entre el inexistente imperialismo yanqui o del FMI y el socialismo repartidor de miseria a la venezolana, tendríamos elecciones entre un conjunto político capaz de permitir la generación de riqueza aunque optando por impuestos altos y servicios sociales del Estado, y la oposición, un conjunto político más centrado en la libertad general, no solo de la economía, con bajos impuestos y reparto social auto-gestionado.

La emoción del progreso nos alcanzará así a todos, porque de un modo u otro, con un conjunto político o el otro, estaremos progresando y caminando hacia adelante.

Y no para atrás, como ocurrió específicamente en las últimas dos décadas, en las cuales fuimos retrocediendo con el duhaldismo, el kirchnerismo y el macrismo—había que elegir una de las dos nuevas posibilidades, y no seguir repitiendo la confusión emocional, estimado Mauricio!

Como está a la vista, ganaron todos elecciones con emociones no revisadas racionalmente ni renovadas en su concepción, y no supieron hacer otra cosa que seguir caminando hacia atrás, con cada vez menos recursos, menos inversión y más pobreza. 

No hay que tener miedo a la palabra progresismo, por el contrario, hay que rescatarla, cambiarle las imágenes y referencias que la distorsionaron, y llenarla de un contenido que sea capaz de hacernos progresar de verdad, con un modelo de país u otro, y donde la mayor diferencia sea la velocidad o la intensidad del progreso. 
 

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