El peronismo tranquilo
Diana Ferraro
Escritora


En estos días agitados, con veloces cambios de roles—un Massa que, aún sin la suficiente autoridad o decisión, permite que, por fin, el gobierno se oriente hacia una macroeconomía más sensata, una vicepresidenta que debe enfrentar irrefutables acusaciones que pueden llevarla a ser condenada si no se arrepiente, y un presidente cuyo único rol útil se debate entre ser el punching-ball de la oposición o el desconcertado jefe nacional de un PJ que quizá debería pedir unas PASO y elecciones anticipadas ya mismo—se escucha, por fin, el silencio del peronismo real.
La vicepresidente podrá gritar desde el balcón del Congreso a sus seguidores “¡La marcha! ¡La marcha!” para agregar la épica necesaria a su espectáculo de luz y sonido, pero, los que se la cantarán serán los mismos seguidores de siempre, sus fieles kirchneristas, los de ese montonerismo tardío que muchos jóvenes adoptaron sin mayor reflexión. Los peronistas ya se la cantaron, leales, al General en persona, a quien está dirigida esa marcha.
Los peronistas, tranquilos en sus casas, sin lugar institucional más que el prestado, por ejemplo, por Cambiemos, con su PJ nacional y de la Provincia de Buenos Aires obturados por el kirchnerismo desde hace muchísimo tiempo, siguen procesando y aceptando, por fin, que el peronismo de Menem, mejorado, era el camino. Reconociendo que Duhalde se equivocó mucho y mal con la complicidad de Alfonsín) y que el peronismo del siglo 21 debía ser liberal o no ser.
A la vista está: será liberal.
Los peronistas, tranquilos en sus casas hasta que las puertas del PJ se vuelvan a abrir por fuerza de la realidad, no apoyarán ninguna rebelión institucional: ni el juicio político al presidente—por más disparates que diga, destituirlo solo agregará al caos—ni darán el respaldo a la vicepresidente desautorizando a la justicia. No invadirán las calles para pedir nada, porque lo que quieren, ya les llegará, por fuerza de la realidad.
Los peronistas tranquilos ya han aprendido en carne propia el precio de ir contra la realidad y los veinte años de desdicha que han costado, incluyendo al decepcionante interregno de Macri, que también cometió el error de no hacer suyo el peronismo de los años 90, como una realidad de éxito argentino para exhibir: diez años sin inflación, modernización, progreso, inversiones, excelente lugar en el mundo con la Argentina miembro de los 20 países más importantes del mundo.
Por último, los peronistas tranquilos aún no tienen un jefe. Esta es la hora de los finales. Por fin. No hay apuro. Cuando llegue la hora, lo tendrán.
Lo importante es saber que, por debajo del caos y las derrotas, y en medio del actual revoltijo de insensateces y confusiones, el peronismo marcha inexorablemente a cumplir con su destino institucional de gran partido nacional de la producción y el trabajo.
 

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