El peronismo, el PRO y la construcción de un espacio liberal
Diana Ferraro
Escritora


Con gran irresponsabilidad, tras el intento de asesinato a la vicepresidenta Cristina Kirchner, se sigue hablando de brecha entre el peronismo y el antiperonismo, ubicando al peronismo en un lugar donde por convicciones y tradición, definitivamente no se encuentra. Conviene revisitar, entonces, la historia y ver dónde se encuentra hoy la quizá más importante parte del peronismo, silenciosa, no kirchnerista y sin conducción visible.
Ya sea en la primera versión del periodista Jorge Lanata o en la utilización del consultor de imagen Jaime Durán Barba para construir una campaña que colocase a Mauricio Macri como el gran oponente al oficialismo en 2010, siempre se entendió que la “brecha” enfrentaba al kirchnerismo y a los no kirchneristas, entre los cuales se contaban ya originariamente muchísimos peronistas.
Sin embargo, como los kirchneristas habían llegado al poder de la mano de un peronista, Eduardo Duhalde, y no habían vacilado en ocupar prontamente las instituciones partidarias peronistas y en usar según les conviniese mucho de su historia y símbolos, con el tiempo la brecha volvió a ser la ya histórica antinomia entre peronismo y antiperonismo.
Una interesada división que se reveló utilísima para los dos actores políticos principales posteriores a la muerte de Néstor Kirchner: Cristina Kirchner y Mauricio Macri y que, tras el intento de asesinato a la vicepresidenta por parte de un marginal, puede reavivarse de la peor de las maneras.
Cristina Kirchner se hizo dueña del histórico lado peronista de la antigua antinomia, revisitada ahora por su montonerismo tardío y alejando definitivamente de su movimiento kirchnerista al peronismo,
Mauricio Macri, por su parte, se alió al radicalismo, el antiguo adversario institucional y democrático del peronismo, para vencer al “peronismo” (mucho del cual se refugió sin embargo en sus propias filas, unido no por el amor sino por común espanto al kirchnerismo). Ganó una vez la presidencia pero, no reconocer la realidad le costó perder su reelección y permitir el regreso del kirchnerismo, para decepción de los propios y, mucho más del peronismo real al cual se alió en un tardío último intento con Miguel Angel Pichetto como candidato a vicepresidente.
¿Y cuál era la realidad? La misma realidad que hoy se ve detrás de la agitación de la misma falsa brecha peronismo-antiperonismo, utilizada una vez más por el kirchnerismo—ahora para buscar respaldo político frente a la posible condena de Cristina Kirchner y, con bastante poca creatividad, por la desgastada conducción macrista que, por segunda vez podría cometer el mismo error de no entender cuál es el campo real en el que pueden y deben desenvolverse las instituciones partidarias argentinas y su posibles coaliciones.
En primer lugar, hay que entender dos cosas: que el peronismo ya cerró la vieja antinomia peronismo-antiperonismo con el gobierno de Carlos Menem. La historia argentina tiene dos tradiciones: la liberal semi-colonial que hizo la grandeza de la Argentina y la popular, que culminó cuando el General Perón incorporó para siempre a los trabajadores al poder nacional. Menem hizo la síntesis junto a Cavallo en un fructífero peronismo liberal.
Ese peronismo liberal hoy menospreciado y que debería ser el faro propio del peronismo contra el kirchnerismo, dejando a Macri como un actor posterior en esta historia. Un actor que equivocó su rol al no comprender que su condición de liberal y aspirante a popular lo colocaban automáticamente en el gran espacio peronista y no en el espacio radical.
Hoy el radicalismo lleva la delantera en la organización de su espacio, impecablemente institucional, republicano como siempre y social demócrata como siempre, un lugar respetable, apreciable y el punto de referencia para todo aquel republicano que no quiera ser peronista ni mezclarse con una economía liberal. Sólo le faltaría reincorporar a la mejor dirigente radical, Elisa Carrió, otra incomprendida injustamente apartada de su espacio natural.
En cambio, el PRO y el peronismo siguen sin encontrarse allí dónde deberían: en el espacio común ya diseñado por Menem y Cavallo, un espacio peronista liberal destinado a enfrentar al kirchnerismo también en el espacio interno de la apropiación del PJ. Hay unos cuantos gobernadores peronistas no kirchneristas listos para ordenar, por fin, este espacio y a aliarse en la meta común con el PRO de construir una economía liberal y recuperar la común política exterior--¿o quienes si no Menem y Cavallo permitieron que Macri se luciera y llorara emocionado con el G20 en Buenos Aires? Los liberales de Milei y quizá también Espert pueden sumarse a este espacio, que representaría la mejor chance electoral de la Argentina, con unas PASO ordenadoras.
Los adversarios políticos volverían así a ser el radicalismo social demócrata y este nuevo espacio peronista liberal y los argentinos tendrían así dos versiones republicanas para elegir. El kirchnerismo, aún ocupando nominal y temporariamente el PJ, quedaría así, finalmente expuesto a ser lo que es: una inútil versión montonera, un izquierdismo impotente hasta para hacer cooperativas productivas, algo que también el liberalismo sabrá cómo hacer mejor.
Hay que usar las energías en diseñar y construir el nuevo espacio y no distraerse con las causas judiciales que seguirán su largo y lento curso normal sin dar a esto más importancia que la que tiene (los imputados pueden legítimamente preocuparse, la población no, si el periodismo no la azuza).
No hay que agitar más la ridícula idea de “las dos Españas” o el fantasma de una guerra civil o de otra violencia que no sea la montonera habitual que debe ser reprimida—una vez más—dentro del marco de la ley. No hay ninguna antinomia histórica persistente, sí viejas rabias y rechazos viscerales, que pueden ser pacíficamente albergados en el partido radical, el partido no peronista tradicional. Como siempre.
Un siempre que debe volver a ser un ahora, para regresar a la tranquilidad republicana y democrática. Los argentinos tenemos de verdad, todo lo que precisamos para ser por fin grandes y felices. Incluso los dos grandes partidos necesarios para alcanzar la soñada paz social y emocional.
 

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