El individuo
cautivo y la nación secuestrada por el Estado:
Reflexiones inspiradas en
Benedict Anderson y James Scott
Benedict
Anderson en su magnífica obra Comunidades
Imaginadas: Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo,
señala que existieron tres acontecimientos capitales del último cuarto del
siglo XVIII que generaron una profunda sensación de ruptura con el mundo
existente hasta aquel momento: la Declaración de la Independencia de las Trece
Colonias en 1776, la Constitución de los Estados Unidos de América que entró en
vigor en 1789 y la Revolución Francesa que estalló ese mismo año. Dichos
eventos motivaron a los criollos del Nuevo Mundo y a otros tantos pueblos a
imaginarse como comunidades similares y comparables a la norteamérica y
francesa que vivieron dichas experiencias históricas.
El gobierno
funda su poder en el consentimiento de sus gobernados y en que el individuo es
un fín en sí mismo: un mensaje inédito y convincente que se grabó a fuego en el
imaginario colectivo durante más de dos siglos. No obstante, el Estado moderno
surgido de estas "revoluciones" ha demostrado ser infinitamente más
invasivo e intrusivo que las monarquías absolutas y liberticidas que reemplazó.
Se valieron para ello de herramientas mucho más poderosas que las utilizadas
por los reyes absolutistas del siglo XVII y XVIII. En esta línea, James Scott
en su libro Lo que ve el Estado: Cómo
ciertos esquemas para mejorar la condición humana han fracasado, enumera
los catastros, censos, credenciales de identidad, oficinas de estadística,
escuelas, medios de comunicación masiva o aparatos de seguridad interna como
instrumentos políticos muy efectivos y sistemáticos en términos de legibilidad
y estandarización de la sociedad para urdir sus planes de control,
fiscalización y extracción de rentas.
Los ropajes
de los que se reviste el Estado suelen despertar respaldo ciudadano por ser
sustanciales a sus necesidades. El Estado usurpa espacios que corresponden a la
sociedad civil, su genuino impulsor y proveedor. Se arroga el protagonismo en
la gestión de causas justas que involucran las necesidades básicas de los
individuos como ser el emisor exclusivo de la moneda de curso legal y forzoso,
el proveedor de servicios de salud y educación, el gestor de infraestructura,
el prestador de servicios en pensiones, jubilaciones, desempleo y en ciencia o
tecnología. La fatal arrogancia hayekiana es la actitud que mejor describiría a
la burocracia estatal implicada y la nula confianza depositada en el buen criterio,
habilidades y experiencia de la sociedad civil. La visión hegeliana y fitcheana
del Estado como religión y liturgia que reclama fe, obediencia y sacrificio
arraigó con fuerza en los ciudadanos. Nadie mejor que Georg W. Friedrich Hegel
para sintetizarlo en esta frase: "El Estado es la Idea Divina encarnada en
la tierra". Una convicción íntima que postula una fusión mística de
individuo, nación y Estado a partir de la cual el Estado secuestra a la nación
para terminar sojuzgando al individuo invocando un supuesto ideal de progreso.
James Scott
argumenta que los Estados modernos fracasan en sus grandes proyectos de
ingeniería social porque intentan simplificar realidades complejas para
hacerlas legibles y controlables desde el centro del poder, pero en ese proceso
eliminan el conocimiento práctico local abocándose a políticas públicas
desastrosas. Los Estados se ven en la necesidad de configurar la sociedad de
modo que esta se vuelva "legible", es decir susceptible de ser
interpretada, comprensible y administrable desde el centro imponiendo
categorías estandarizadas como nombres, direcciones, clases, productos,
tierras, etc. Esta legibilidad reduce la complejidad de la vida social y
económica a esquemas y abstracciones administrativas como censos, mapas catastrales
o planes urbanísticos. Ello facilita la administración, la fiscalización y el
control pero distorsiona la realidad y el conocimiento local se descarta por no
encajar en esos esquemas.
De acuerdo a
la lúcida observación de Benedict Anderson, las naciones son construcciones
sociales, es decir, "comunidades imaginadas". No son entidades
naturales y eternas. Por el contrario, son creadas históricamente mediante una
serie de plataformas y estructuras materiales y simbólicas que permitieron al
Estado moderno forjar una identidad nacional en el imginario colectivo. El
desarrollo de la imprenta en una lengua común y vernácula permitió la
producción masiva de libros, periódicos y revistas dando lugar a una comunidad
de lectura simultánea que compartía relatos, símbolos e informaciones claves
para la formación y consolidación de una conciencia colectiva. En cierto
sentido las impresiones en papel fueron el primer producto industrial producido
en masa.
En este
contexto, individuos que no se conocían entre sí, se percibieron e imaginaron
como parte de una misma comunidad. Este florecimiento de las naciones o
comunidades imaginadas de principios del siglo XIX se produjo al tiempo que las
estructuras imperiales y religiosas tradicionales se fueron debilitando y
cuestionando las bases de su legitimidad. Se pasó del derecho divino de los
monarcas a gobernar a nuevas formas de pertenencia que descansan en la lengua
vernácula, el territorio y una historia común.
El Estado
moderno a través de su aparato burocrático se valió del censo, del mapa y del
museo para cimentar las identidades nacionales. Dichos dispositivos no fueron
neutrales sino que configuraron activamente representaciones sistemáticas del
territorio, de la población y de la historia nacional. El censo clasificó y
cuantificó a los habitantes según categorías étnicas, lingüísticas o
nacionales, naturalizando diferencias e identidades. El mapa trazó fronteras
precisas y convirtió en un objeto tangible al territorio nacional dotándolo de
entidad exclusiva y soberana. El museo exhibió objetos del pasado presentados
mediante narrativas coherentes que dieron una imagen de continuidad histórica
legitimando la idea de una herencia nacional compartida.
Estos tres
artefactos no reflejaban una nación pre-existente sino que ayudaban a
producirla. Lo que era antes una abstracción pasó a ser una construcción mental
y simbólica tangible que los individuos aprehendimos desde la cuna y nos
llevamos a la tumba.