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El individuo cautivo y la nación secuestrada por el Estado

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.


El individuo cautivo y la nación secuestrada por el Estado: 
Reflexiones inspiradas en Benedict Anderson y James Scott
 
Benedict Anderson en su magnífica obra Comunidades Imaginadas: Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, señala que existieron tres acontecimientos capitales del último cuarto del siglo XVIII que generaron una profunda sensación de ruptura con el mundo existente hasta aquel momento: la Declaración de la Independencia de las Trece Colonias en 1776, la Constitución de los Estados Unidos de América que entró en vigor en 1789 y la Revolución Francesa que estalló ese mismo año. Dichos eventos motivaron a los criollos del Nuevo Mundo y a otros tantos pueblos a imaginarse como comunidades similares y comparables a la norteamérica y francesa que vivieron dichas experiencias históricas.
 
El gobierno funda su poder en el consentimiento de sus gobernados y en que el individuo es un fín en sí mismo: un mensaje inédito y convincente que se grabó a fuego en el imaginario colectivo durante más de dos siglos. No obstante, el Estado moderno surgido de estas "revoluciones" ha demostrado ser infinitamente más invasivo e intrusivo que las monarquías absolutas y liberticidas que reemplazó. Se valieron para ello de herramientas mucho más poderosas que las utilizadas por los reyes absolutistas del siglo XVII y XVIII. En esta línea, James Scott en su libro Lo que ve el Estado: Cómo ciertos esquemas para mejorar la condición humana han fracasado, enumera los catastros, censos, credenciales de identidad, oficinas de estadística, escuelas, medios de comunicación masiva o aparatos de seguridad interna como instrumentos políticos muy efectivos y sistemáticos en términos de legibilidad y estandarización de la sociedad para urdir sus planes de control, fiscalización y extracción de rentas.
 
Los ropajes de los que se reviste el Estado suelen despertar respaldo ciudadano por ser sustanciales a sus necesidades. El Estado usurpa espacios que corresponden a la sociedad civil, su genuino impulsor y proveedor. Se arroga el protagonismo en la gestión de causas justas que involucran las necesidades básicas de los individuos como ser el emisor exclusivo de la moneda de curso legal y forzoso, el proveedor de servicios de salud y educación, el gestor de infraestructura, el prestador de servicios en pensiones, jubilaciones, desempleo y en ciencia o tecnología. La fatal arrogancia hayekiana es la actitud que mejor describiría a la burocracia estatal implicada y la nula confianza depositada en el buen criterio, habilidades y experiencia de la sociedad civil. La visión hegeliana y fitcheana del Estado como religión y liturgia que reclama fe, obediencia y sacrificio arraigó con fuerza en los ciudadanos. Nadie mejor que Georg W. Friedrich Hegel para sintetizarlo en esta frase: "El Estado es la Idea Divina encarnada en la tierra". Una convicción íntima que postula una fusión mística de individuo, nación y Estado a partir de la cual el Estado secuestra a la nación para terminar sojuzgando al individuo invocando un supuesto ideal de progreso.
 
James Scott argumenta que los Estados modernos fracasan en sus grandes proyectos de ingeniería social porque intentan simplificar realidades complejas para hacerlas legibles y controlables desde el centro del poder, pero en ese proceso eliminan el conocimiento práctico local abocándose a políticas públicas desastrosas. Los Estados se ven en la necesidad de configurar la sociedad de modo que esta se vuelva "legible", es decir susceptible de ser interpretada, comprensible y administrable desde el centro imponiendo categorías estandarizadas como nombres, direcciones, clases, productos, tierras, etc. Esta legibilidad reduce la complejidad de la vida social y económica a esquemas y abstracciones administrativas como censos, mapas catastrales o planes urbanísticos. Ello facilita la administración, la fiscalización y el control pero distorsiona la realidad y el conocimiento local se descarta por no encajar en esos esquemas.
 
De acuerdo a la lúcida observación de Benedict Anderson, las naciones son construcciones sociales, es decir, "comunidades imaginadas". No son entidades naturales y eternas. Por el contrario, son creadas históricamente mediante una serie de plataformas y estructuras materiales y simbólicas que permitieron al Estado moderno forjar una identidad nacional en el imginario colectivo. El desarrollo de la imprenta en una lengua común y vernácula permitió la producción masiva de libros, periódicos y revistas dando lugar a una comunidad de lectura simultánea que compartía relatos, símbolos e informaciones claves para la formación y consolidación de una conciencia colectiva. En cierto sentido las impresiones en papel fueron el primer producto industrial producido en masa.
 
En este contexto, individuos que no se conocían entre sí, se percibieron e imaginaron como parte de una misma comunidad. Este florecimiento de las naciones o comunidades imaginadas de principios del siglo XIX se produjo al tiempo que las estructuras imperiales y religiosas tradicionales se fueron debilitando y cuestionando las bases de su legitimidad. Se pasó del derecho divino de los monarcas a gobernar a nuevas formas de pertenencia que descansan en la lengua vernácula, el territorio y una historia común.
 
El Estado moderno a través de su aparato burocrático se valió del censo, del mapa y del museo para cimentar las identidades nacionales. Dichos dispositivos no fueron neutrales sino que configuraron activamente representaciones sistemáticas del territorio, de la población y de la historia nacional. El censo clasificó y cuantificó a los habitantes según categorías étnicas, lingüísticas o nacionales, naturalizando diferencias e identidades. El mapa trazó fronteras precisas y convirtió en un objeto tangible al territorio nacional dotándolo de entidad exclusiva y soberana. El museo exhibió objetos del pasado presentados mediante narrativas coherentes que dieron una imagen de continuidad histórica legitimando la idea de una herencia nacional compartida.
 
Estos tres artefactos no reflejaban una nación pre-existente sino que ayudaban a producirla. Lo que era antes una abstracción pasó a ser una construcción mental y simbólica tangible que los individuos aprehendimos desde la cuna y nos llevamos a la tumba.
 
 

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