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La trampa de lo evidente: Frédéric Bastiat

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
El bioquímico Arthur Kornberg sostenía que, en la fase inicial de la biología moderna, la disciplina solía proceder como el hombre del conocido chiste que buscaba sus llaves debajo de una farola de alumbrado público y que, ante la pregunta de un transeúnte sobre si las había perdido allí, contestaba que no, que en realidad las había perdido en su casa, pero que las buscaba bajo la farola porque allí la luz era mejor.
 
Un siglo antes, Frédéric Bastiat había llegado a una conclusión similar en relación con otra disciplina: la economía. Lo expuso con precisión en su magnífica obra Lo que se ve y lo que no se ve. La analogía ilustra a la perfección una tendencia intelectual antigua y persistente: examinar únicamente aquello que está iluminado, lo evidente, lo que se ve, aun sabiendo que las claves del problema pueden encontrarse en zonas menos accesibles.
 
La mayor parte de los errores económicos provienen precisamente de una mirada que se contenta con lo visible y se olvida de lo esencial, que es invisible a los ojos, como sentenciaba Antoine de Saint-Exupéry en El principito. Para Bastiat, toda política económica generada por el gobierno crea una serie de efectos: unos inmediatos y tangibles, que “se ven”, y otros indirectos y más sutiles, que “no se ven”. El mal economista se concentra en los primeros, como el hombre que busca bajo la farola, mientras que el buen economista se esfuerza por prever los segundos, por iluminar aquello que permanece oculto a la primera inspección.
 
Esta distinción constituye para Bastiat el punto de partida de una verdadera metodología: no basta con observar lo que salta a la vista —el empleo creado por una obra pública, el movimiento comercial que sigue a un gasto estatal, la prosperidad aparente de un sector favorecido por una medida proteccionista—; es necesario incorporar en el análisis los efectos simultáneamente reales y soterrados que esas mismas acciones generan en otros lugares, sobre otros actores y en otros momentos.
 
Bastiat aconsejaba a los economistas tratar las cuestiones económicas desde la perspectiva del consumidor, porque el interés del consumidor es el mismo que el de la humanidad. El consumo es el fin y la causa final de cualquier fenómeno económico: el consumidor deviene más rico en proporción a cuánto más barato compra, y lo hace en la medida en que los bienes se vuelven más abundantes gracias a permitir la máxima producción posible. Ergo, cualquier norma diseñada para interferir en la producción se convierte en un castigo para el consumidor.
 
Ese análisis insuficiente y fragmentario no solo se queda en lo visible, sino que muestra también cómo esa incompletitud produce una ilusión de comprensión. Cuando se celebra la actividad que crea una subvención, se olvida la actividad que se destruye; cuando se aplaude el dinero que llega a un sector favorecido, se ignora el dinero que se desvía desde otro; cuando se enfatiza el movimiento que se produce en un punto del sistema económico, se borra el movimiento que deja de producirse en otro. La luz de la farola, en economía, no solo ilumina lo inmediato, sino que deslumbra y, al deslumbrar, vuelve invisible todo lo demás.
 
De ahí que Bastiat se refiriera con insistencia al “tercer personaje” que queda en penumbra en sus ejemplos: aquel que pierde cuando otro gana, aquel cuyo beneficio potencial se sacrifica en aras de un efecto visible que absorbe toda la atención pública.
 
La voz de Bastiat se distinguió como única y singular frente al contexto revolucionario de los años cuarenta del siglo XIX. Participó en debates como miembro de la Asamblea Nacional Francesa y sostuvo controversias públicas con el socialista Louis Blanc, el anarquista social y mutualista Proudhon, Louis Reybaud y el cooperativista Fourier. Eran tiempos del apogeo de las doctrinas antiindividualistas y de la idea de la voluntad general de Rousseau. Karl Marx hizo su aparición junto a Engels con su Manifiesto comunista en una época en la que la acción colectiva violenta cobraba fuerza y convencía a muchos, alentada por teóricos y arquitectos sociales que agitaban la lucha de clases.
 
En ese efervescente ambiente intelectual y revolucionario tuvo lugar la aportación discrepante de Frédéric Bastiat. Denunciaba que la comodidad intelectual de mirar solo donde la luz es más fuerte produce explicaciones erróneas, políticas equivocadas y, sobre todo, una falsa sensación de haber entendido un fenómeno cuando, en realidad, solo se ha examinado su superficie. Bastiat exigía a los legisladores y responsables de política económica que asumieran la responsabilidad de mirar más allá del impacto inmediato y aparente de sus medidas: la verdadera comprensión exige resistir la tentación de limitarse a lo visible, por cómodo y seductor que resulte.
 
Por ello animamos al hombre que rebusca bajo la farola a aventurarse más allá del halo de luz y seguir este rastro:
 
 

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