Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
El bioquímico
Arthur Kornberg sostenía que, en la fase inicial de la biología moderna, la
disciplina solía proceder como el hombre del conocido chiste que buscaba sus
llaves debajo de una farola de alumbrado público y que, ante la pregunta de un
transeúnte sobre si las había perdido allí, contestaba que no, que en realidad
las había perdido en su casa, pero que las buscaba bajo la farola porque allí
la luz era mejor.
Un siglo
antes, Frédéric Bastiat había llegado a una conclusión similar en relación con
otra disciplina: la economía. Lo expuso con precisión en su magnífica obra Lo
que se ve y lo que no se ve. La analogía ilustra a la perfección una tendencia
intelectual antigua y persistente: examinar únicamente aquello que está
iluminado, lo evidente, lo que se ve, aun sabiendo que las claves del problema pueden
encontrarse en zonas menos accesibles.
La mayor
parte de los errores económicos provienen precisamente de una mirada que se
contenta con lo visible y se olvida de lo esencial, que es invisible a los
ojos, como sentenciaba Antoine de Saint-Exupéry en El principito. Para Bastiat,
toda política económica generada por el gobierno crea una serie de efectos:
unos inmediatos y tangibles, que “se ven”, y otros indirectos y más sutiles,
que “no se ven”. El mal economista se concentra en los primeros, como el hombre
que busca bajo la farola, mientras que el buen economista se esfuerza por
prever los segundos, por iluminar aquello que permanece oculto a la primera
inspección.
Esta
distinción constituye para Bastiat el punto de partida de una verdadera metodología:
no basta con observar lo que salta a la vista —el empleo creado por una obra
pública, el movimiento comercial que sigue a un gasto estatal, la prosperidad
aparente de un sector favorecido por una medida proteccionista—; es necesario
incorporar en el análisis los efectos simultáneamente reales y soterrados que
esas mismas acciones generan en otros lugares, sobre otros actores y en otros
momentos.
Bastiat
aconsejaba a los economistas tratar las cuestiones económicas desde la
perspectiva del consumidor, porque el interés del consumidor es el mismo que el
de la humanidad. El consumo es el fin y la causa final de cualquier fenómeno
económico: el consumidor deviene más rico en proporción a cuánto más barato
compra, y lo hace en la medida en que los bienes se vuelven más abundantes
gracias a permitir la máxima producción posible. Ergo, cualquier norma diseñada
para interferir en la producción se convierte en un castigo para el consumidor.
Ese análisis
insuficiente y fragmentario no solo se queda en lo visible, sino que muestra
también cómo esa incompletitud produce una ilusión de comprensión. Cuando se
celebra la actividad que crea una subvención, se olvida la actividad que se
destruye; cuando se aplaude el dinero que llega a un sector favorecido, se
ignora el dinero que se desvía desde otro; cuando se enfatiza el movimiento que
se produce en un punto del sistema económico, se borra el movimiento que deja de
producirse en otro. La luz de la farola, en economía, no solo ilumina lo
inmediato, sino que deslumbra y, al deslumbrar, vuelve invisible todo lo demás.
De ahí que
Bastiat se refiriera con insistencia al “tercer personaje” que queda en
penumbra en sus ejemplos: aquel que pierde cuando otro gana, aquel cuyo
beneficio potencial se sacrifica en aras de un efecto visible que absorbe toda
la atención pública.
La voz de
Bastiat se distinguió como única y singular frente al contexto revolucionario
de los años cuarenta del siglo XIX. Participó en debates como miembro de la
Asamblea Nacional Francesa y sostuvo controversias públicas con el socialista
Louis Blanc, el anarquista social y mutualista Proudhon, Louis Reybaud y el
cooperativista Fourier. Eran tiempos del apogeo de las doctrinas
antiindividualistas y de la idea de la voluntad general de Rousseau. Karl Marx
hizo su aparición junto a Engels con su Manifiesto comunista en una época en la
que la acción colectiva violenta cobraba fuerza y convencía a muchos, alentada
por teóricos y arquitectos sociales que agitaban la lucha de clases.
En ese
efervescente ambiente intelectual y revolucionario tuvo lugar la aportación
discrepante de Frédéric Bastiat. Denunciaba que la comodidad intelectual de
mirar solo donde la luz es más fuerte produce explicaciones erróneas, políticas
equivocadas y, sobre todo, una falsa sensación de haber entendido un fenómeno
cuando, en realidad, solo se ha examinado su superficie. Bastiat exigía a los
legisladores y responsables de política económica que asumieran la
responsabilidad de mirar más allá del impacto inmediato y aparente de sus
medidas: la verdadera comprensión exige resistir la tentación de limitarse a lo
visible, por cómodo y seductor que resulte.
Por ello
animamos al hombre que rebusca bajo la farola a aventurarse más allá del halo
de luz y seguir este rastro: