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Carl Menger y el abandono de toda política monetaria: una inspiración para la Argentina

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
El enfoque inaugurado por Carl Menger para comprender la génesis del dinero se articuló en torno a dos preguntas fundamentales: ¿Por qué algo llega a ser dinero? ¿Por qué algunos bienes se intercambian con más facilidad que otros? Menger se detuvo en el análisis del mercado y en la percepción subjetiva de los individuos. Puso todo el foco en la liquidez, no en el Estado, la ley ni en las funciones que el dinero pudiera cumplir.
 
Siguiendo este derrotero, explicó que un bien llegaba a convertirse en dinero cuando podía comprarse y venderse con facilidad, es decir, cuando existía una menor diferencia entre su precio de oferta y su precio de demanda. Cuanto más reducido era ese margen, menor era la pérdida que debía aceptar quien deseaba intercambiarlo con rapidez. De allí que la mercancía que puede venderse en cualquier momento con el menor sacrificio de valor sea, por definición, la más líquida. Por esta razón, los bienes no se eligen como dinero por decreto ni por convención, sino porque el mercado descubre que son más fácilmente intercambiables que otros. El dinero no es otra cosa que el bien que, en un contexto dado, concentra el mayor grado de liquidez percibida.
 
En 1892, Carl Menger participó como uno de los 35 expertos ante la Comisión Monetaria del Imperio de AustriaHungría, creada para asesorar sobre la reforma monetaria y la adopción de un patrón oro para la monarquía de los Habsburgo que fue la última de las grandes potencias europeas en implantarlo. Argumentó a favor de una moneda sólida basada en el mercado y definió al dinero como una institución que no puede ser creada deliberadamente ni objeto de administración técnica por un poder político. Por el contrario, el dinero surge de manera espontánea cuando los individuos, actuando bajo incertidumbre, descubren que ciertos bienes son más fácilmente aceptados en el intercambio que otros. Solo en una etapa posterior el Estado reconoce la existencia de esta institución social previamente constituida y, sin ser su creador, contribuye a su perfeccionamiento a través del ordenamiento jurídico, de manera análoga a como el derecho positivo sistematiza y desarrolla prácticas y normas originadas en la costumbre.
 
Menger sostenía que la acuñación de los metales preciosos, su ordenación por peso y número, el reconocimiento del libre acuñamiento y la defensa de la confianza pública frente a la falsificación constituyeron funciones gubernamentales que perfeccionaron el dinero, pero que en nada explicaban su surgimiento. Fueron intervenciones que refinaron una realidad previa: perfeccionaron el instrumento, sin reclamar para el Estado la autoría de su existencia. Sin embargo, dicha cualidad —la liquidez— no es objetiva, permanente ni garantizable: es una expectativa subjetiva, siempre provisional y sujeta al cambiante juicio del mercado.
 
Cuando se capta en profundidad la raíz subjetivista del dinero que rescata Carl Menger, desaparece la idea misma de que deba existir algo llamado política monetaria tal como se concibe en nuestros días. Pretender administrar y estabilizar el dinero supone asumir un conocimiento que nadie posee. Desde un enfoque genuinamente mengeriano, el dinero no se manipula: se utiliza, se evalúa su capacidad de intercambio y, si deja de cumplir su función, se abandona. Elegir una moneda es, en este sentido, una decisión individual comparable a cualquier otra elección económica. Quien opta por un determinado medio de intercambio lo hace porque espera que conserve su aceptabilidad en el tiempo, pero esa expectativa no constituye una promesa ni un derecho.
 
No existe garantía alguna de que una moneda mantenga su valor, ni obligación colectiva de sostenerla cuando deja de ser percibida como líquida. Convertir al dinero en un seguro social implica romper el vínculo entre elección y responsabilidad, y trasladar las consecuencias de decisiones individuales al conjunto de la sociedad. Por esta razón, una sociedad libre no puede aceptar la socialización de pérdidas monetarias. Quien eligió una moneda que se deprecia, un banco que prometía más liquidez de la que podía ofrecer o un instrumento financiero mal evaluado, no puede reclamar compensación
pública ni rescate institucional. Hacerlo no solo es injusto, sino que distorsiona el proceso de descubrimiento que permite al mercado identificar qué medios de intercambio merecen ser utilizados y cuáles no.
 
El único marco compatible con esta visión es aquel que no impone una forma monetaria única, no concede privilegios legales a ningún medio de intercambio y no interfiere en el proceso competitivo mediante el cual los individuos descubren qué bienes funcionan como dinero. Desde esta perspectiva, la existencia de una moneda creada, emitida o respaldada por el Estado introduce necesariamente un privilegio incompatible con el carácter espontáneo del dinero, ya que sustituye la elección voluntaria por la imposición legal y debilita el proceso de selección monetaria del mercado.
 

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