Defendiendo la
Libertad en Argentina
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Javier Milei y la paradoja de un libertario como jefe de Estado

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
 
El presidente Javier Milei se define como liberal libertario. Tal afirmación constituye un hecho sin precedentes en la historia política reciente: se trata del primer líder que ejerce el gobierno de una nación mientras proclama una doctrina que pone en tensión la centralidad del Estado moderno. Lejos de tratarse de una contradicción insalvable, esta situación paradójica expone una tensión profunda entre fines últimos basados en ideales éticos y los medios disponibles de la praxis política.
 
Al asumir el poder, Milei dejó de gobernar como un antiestatista en sentido estricto. En los hechos, se transformó en un gobernante que busca, de manera pragmática, reducir el alcance del Estado desde dentro. En una sociedad atravesada por décadas de expansión estatal, el liberalismo libertario no puede operar como un programa de gobierno de aplicación inmediata, sino como un marco de referencia de largo aliento: una brújula que oriente el rumbo sin desconocer las restricciones de la realidad institucional del país.
 
El objetivo central de esta experiencia no es consolidar poder, sino devolverlo. La lógica que guía al gobierno no es la de reforzar la autoridad estatal, sino la de transferir progresivamente capacidad de decisión a los individuos y a la sociedad civil.
 
Desde esta óptica emerge una distinción fundamental entre el ámbito estatal y el ámbito del mercado. Mientras que los intercambios y acuerdos celebrados en el mercado son, por definición, voluntarios y reversibles, la relación entre el Estado y los ciudadanos se caracteriza por una coerción sistemática que elimina toda posibilidad real de salida. Del Estado nadie puede escapar; ni siquiera quien gobierna. En este sentido, el propio Milei se encuentra condicionado por una arquitectura institucional que opera como una forma de corset político y normativo. Esta constatación no invalida el proyecto libertario, pero sí delimita con precisión el terreno sobre el cual puede desplegarse.
 
El experimento libertario argentino ya tiene recorrido y, desde el inicio, quedó claro que los cambios profundos no se logran solo con buenas intenciones. Milei ha insistido en que su legitimidad se basa en un compromiso contractual con sus votantes, expresado en su programa electoral. Todo contrato presupone libertad: sin libertad real entre las partes no hay acuerdo genuino, sino imposición. Esta tensión explica por qué las concesiones intervencionistas y las restricciones temporales a la libertad no son necesariamente incoherencias doctrinarias. Reducir el Estado requiere decisiones que solo pueden tomarse desde el propio Estado y que demandan tiempo, respaldo político y capacidad de ejecución.
 
Ese proceso exige librar, en paralelo, batallas culturales orientadas a deslegitimar el estatismo profundamente instalado. Uno de los desafíos prioritarios del gobierno consiste en desarmar los acuerdos corporativos que el Estado ha tejido durante décadas con los llamados “agentes sociales”, actores que no representan genuinamente a la sociedad civil, sino que funcionan como intermediarios privilegiados del poder. Las reformas laboral, tributaria y regulatoria, en sus múltiples dimensiones, apuntan a que la economía se sustente en el libre emprendimiento y la iniciativa privada, despejando el terreno de imposiciones heredadas que lastran el dinamismo empresarial basado en acuerdos libres y voluntarios.
 
El liberalismo libertario que emerge del ejercicio del poder parte de una premisa esencial, aunque desafiante para una sociedad civil acostumbrada al estatismo: la libertad no se decreta, se asume. Sin una sociedad civil dispuesta a asumir riesgos y tomar decisiones, toda libertad termina siendo apenas una ilusión retórica en boca de un presidente.
 
Entre las metas alcanzables que guían la gestión del primer mandatario se encuentra la de posicionar a la Argentina como una de las economías más libres del mundo, según el Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation. Se trata de un objetivo ambicioso pero factible, que cumple un doble propósito: orientar la acción política hacia resultados medibles y demostrar que el camino hacia el libertarismo no es una mera abstracción, sino un proceso pragmático que comienza con reformas tangibles, sostenibles y verificables en el tiempo.
 
Desde esta perspectiva, las concesiones momentáneas al intervencionismo no expresan necesariamente una claudicación, sino una estrategia de repliegue estatal ordenado. Esta lógica se manifiesta con claridad en el destino de varias reformas estructurales anunciadas durante la campaña electoral que, lejos de haber sido abandonadas, permanecen pendientes precisamente porque su implementación inmediata chocaría con restricciones institucionales y económicas vigentes.
 
La postergación de la eliminación del Banco Central y el consecuente abandono de la política monetaria no implica una renuncia al ideal de libertad asumido por el gobierno de Javier Milei. Estas medidas no han sido ejecutadas porque su aplicación requiere el cumplimiento de condiciones previas: saneamiento del balance del Banco Central, estabilidad macroeconómica, mantenimiento del superávit fiscal y cancelación de los compromisos financieros contraídos.
 
La demora de una reforma tributaria integral —destinada a eliminar la maraña impositiva heredada y a reducir de forma significativa la presión fiscal— responde a la misma lógica. La simplificación tributaria radical prometida en campaña exige, previamente, recomponer las cuentas públicas, seguir reduciendo el gasto público y enfrentar resistencias políticas profundas a nivel provincial que no pueden resolverse por decreto sin comprometer la gobernabilidad.
 
La modernización laboral, orientada a desmantelar un régimen de rigideces, privilegios corporativos y judicialización del empleo, permanece incompleta no por falta de convicción libertaria, sino porque su aprobación requiere mayorías legislativas, negociación política y una batalla cultural sostenida que erosione la legitimidad social del viejo orden sindical.
 
La apertura al comercio mundial ilustra con claridad este objetivo de velar por los intereses de los ciudadanos y consumidores. Aunque el ideario libertario proponga una liberalización unilateral inmediata, el compromiso argentino contraído en el ámbito de la integración regional del Mercosur muestra avances significativos, como la firma del Acuerdo de Libre Comercio entre la Unión Europea y el Mercosur —que involucra a más de 720 millones de consumidores y un PIB combinado que ronda el 20 % del PIB mundial— y los Acuerdos de Libre Comercio firmados entre Mercosur- EFTA y Mercosur-Singapur.
 
A estos avances se suma un próximo Acuerdo Marco de Comercio e Inversiones entre Argentina y Estados Unidos, que reducirá de forma significativa los aranceles a la importación y abrirá nuevos mercados de bienes y servicios para ambas economías. También se contemplan posibles acuerdos del mismo tenor con Panamá, Canadá, Ecuador, El Salvador, República Dominicana y economías asiáticas de alto potencial comercial, como Emiratos Árabes Unidos, India, Indonesia, Vietnam y Japón.
 
El éxito del proyecto libertario no debe medirse exclusivamente por la velocidad de sus reformas, sino por su grado de irreversibilidad institucional, atendiendo a su carácter definitivo y permanente. Medidas como la eliminación del Banco Central, la consolidación del equilibrio fiscal sin financiamiento monetario, la eliminación de estructuras regulatorias y cajas de poder, la privatización total de empresas estatales, la apertura comercial mediante acuerdos internacionales vinculantes y la eliminación completa de controles estatales sobre precios configuran transformaciones que elevan drásticamente el costo político de cualquier intento de marcha atrás.
 
Su fortaleza no reside en la adhesión ideológica de los gobiernos futuros, sino en que reducen los márgenes de discrecionalidad estatal disponibles incluso para quienes no comparten el ideario libertario. En última instancia, la libertad que Milei busca institucionalizar no depende de la permanencia de un líder, sino de la construcción de un orden en el que el abuso del poder deje de ser una opción sencilla. Esa es, quizás, la forma más realista y duradera de avanzar hacia una sociedad de individuos libres.

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