Elena Valero Narváez
Historiadora, analista política y periodista. Autora de “El Crepúsculo
Argentino. Lumiere, 2006. Miembro de Número de la Academia Argentina de Historia.
Cuantas
malas decisiones en el país se hubieran evitado si el socialismo marxista no
hubiera infestado desde las universidades la mente de muchos argentinos.
Como
bien explicó el filósofo Karl Popper, un
sistema político, filosófico, intelectual, que se lacra a sí mismo, que se pretende irrefutable, no es científico, y lo que es peor, es sumamente peligroso
porque lleva a aceptar la charlatanería de los demagogos. Es así como al que piensa
distinto, al que propone nuevas hipótesis frente a la realidad se lo excluye,
se lo persigue, no se acepta el cambio. Se olvida que el hombre vive sometido a una incertidumbre
radical, y que con ella, estaremos
siempre obligados a convivir.
A pesar de la existencia de tantos casos que
refutan la teoría de Marx, desde un punto de vista crítico, como lo fue la
experiencia soviética, todavía existen
millones, quienes por inercia cultural, no la abandonan. Siguen creyendo que el socialismo surge de la
dictadura del proletariado, que se puede transformar la sociedad desde arriba,
como así también los medios de producción. No perciben que todo conocimiento
asume límites.
Ante este
panorama nos queda la hoy malograda democracia, sistema que nos permite exponer las contradicciones y
errores de quienes gobiernan y de ese modo alejarnos lo más posible de ellos.
Un gobernante estadista es aquel que
piensa en el futuro, que escucha las
críticas y trata de ver qué de cierto hay en ellas para enmendarlas, muchas veces son consecuencias indeseadas de sus actos de
gobierno. El presidente Frondizi fue un ejemplo paradigmático: asumió la
presidencia y cambió de plano su creencia en ideas estatistas. Tuvo el coraje, hasta casi el final de su gobierno, de abrir la Argentina al mundo, de llamar a un
Ministro de economía y de Trabajo
liberal, a pesar de las innumerables críticas,
sobre todo de su partido.
Esta
introducción vale para juzgar de una manera más benévola los errores del
gobierno actual. Creo que mientras mantenga la intención firme de procurar, en históricamente corto plazo, una salida normal y democrática de la crisis
provocada por el gobierno anterior, se
lo debe dejar trabajar con críticas razonables.
Pero sin la violencia y virulencia
sensacionalista que se ha desatando en su contra, la cual responde al
resentimiento o al deseo de captar votos por cualquier medio. La actitud y la prédica,
de quienes así proceden, son inconducentes y contrarias a la
gobernabilidad. Esta gente: nacionalistas, socialistas e intervencionistas, nos han llevado a un sistema de coerción
autoritaria en la economía y en el manejo de las cuestiones gremiales, el cual amenaza
la tarea de reconstrucción propuesta por
el Presidente. La fuerza de su
personalidad suple la debilidad del
sistema de partidos; la continuidad o no, de la propuesta liberal, es el problema
que enfrenta la República. Si no
logra el Gobierno terminar con el sistema que ha arruinado al país, es probable
que nos veremos arrastrados a soportar nuevamente las consecuencias inevitables: corrupción,
privaciones y dictadura.
Muchos
somos los argentinos que perdonando algunos errores, previsibles en cualquier administración, deseamos
que no se ceje en la lucha contra toda la burocracia intervencionista,
la cual ahoga a los hombres de trabajo, y amenaza a los argentinos en convertirlos en
hombres sin iniciativa propia. Quienes votaron a Javier Milei desean que el actual período de transición
hacia una economía libre, termine lo
antes posible. Las exportaciones que necesitamos para progresar deben ser una
prioridad del gobierno, hay cosas que aún hay que mejorar para conseguirlo.
El comercio es la masa de la economía dineraria,
si se lastima se destruye la libertad de
nuestro derecho y capacidad para ejercer la acción electiva, es dar un espacio importantísimo de nuestra vida
en sociedad a la desaprensión y a la locura sistemática de burócratas
y dictadores que afectan a la sociedad
global- Por ello, aparecen consecuencias masivas y destructivas.
Escuchar
alguna buena propuesta para superar los problemas más difíciles es un buen
consejo: la flexibilidad en las
opiniones es necesaria, no para
debilitar el modelo, sino para
afirmarlo. En la actualidad importa hacer un pormenorizado análisis de la
situación económica, para poder fijar una política con miras a ser más
exitosa y luego, mirando hacia adelante, el Gobierno no debería dejarse intimidar por las opiniones
interesadas o timoratas de quienes desean regresar al sistema anterior.
Tenemos
a nuestro favor que una buena porción independiente de la sociedad ya no se
deja engañar o impulsar por los lenguaraces de turno; ha aprendido, a observar con espíritu crítico, a políticos, grupos, o facciones, cuyas historias son muy conocidas en el país.
Sabe, al menos, que no le gusta la vieja política. La mayoría de la gente actúa como simple
espectadora de todo el ajetreo político, manteniéndose a la expectativa
respecto al futuro. Tienen experiencia, tanto los empleados, trabajadores,
empresarios, profesionales, intelectuales, hombres de campo, estudiantes y
demás fuerzas útiles de la sociedad, por ello reniegan de políticos que no se han sentido
miembros de esa colectividad de trabajo, sino integrantes de una casta
separada, con intereses propios, alejados
e ignorantes de sus intereses e ideales. Para ellos son importantes las palabras pero mucho más
los hechos y resultados. No pretenden que se les diga que se los va a
sacar de la pobreza sino cómo. Creo que lo harán saber en las elecciones de
2027.
El
gobierno tiene una gran labor, en medio
de un período electoral cada vez más cercano:
salir airoso de la crisis y la creación de la estructura orgánica
adecuada para el desarrollo futuro. Las soluciones correctas deben buscarse, como siempre en la
libertad: no es cuestión que se lleve a los argentinos de la mano, sino hacerles saber hacia dónde se va y qué es lo que se espera de la sociedad; mostrarles un rumbo claro y luego se les deje actuar con la decisión y energía de la que
seguramente son capaces. No desean
perder esta nueva oportunidad por la cual se espera salir del dirigismo estatal, ir
hacia una economía de mercado libre
donde abunden los capitales. Han
comprendido que sin ellos no se progresa porque son los que permiten crear
fuentes de trabajo. A muchos les falta entender que no deberían estar en pocas
manos ni en las del Estado, sino en las
de todos los que trabajan, conforme al
esfuerzo de cada uno.
Por
último, con respecto a la política internacional del Gobierno, deberíamos
recordar que el acercamiento a los países democráticos y a su cosmovisión es la mejor. Lo contrario es volver a lo
inverso: imitar a los gobiernos totalitarios o autoritarios, tal como
pretendieron hacer los gobiernos kirchneristas. Se iba hacia la ruptura del
orden constitucional y al rechazo del conjunto de los partidos políticos. Como
sucedió en la época de Perón, la Constitución fue violada en reiteradas
oportunidades y el sistema de partidos, reducido a una parodia. Esperemos que
no vuelva a ocurrir.