Edgardo Zablotsky
Ph.D. en Economía en la
Universidad de Chicago, 1992. Rector de UCEMA. En Noviembre 2015 fue electo Miembro de la Academia
Nacional de Educación. Miembro del Consejo Académico de la
Fundación Atlas para una Sociedad Libre. Consultor y conferencista en políticas públicas en el
área educativa, centra su interés en dos campos de research: filantropía no
asistencialista y los problemas asociados a la educación en nuestro país.
Cada vez que en
la Argentina se discute una reforma educativa, Domingo Faustino Sarmiento
vuelve a escena. En las últimas semanas, tras hacerse pública la nueva ley de
libertad educativa, no fueron pocas las notas y declaraciones que lo invocaron
como emblema indiscutido de la educación pública, utilizándolo -casi de manera
refleja- para impugnar cualquier iniciativa que se aparte del modelo vigente.
Como si Sarmiento hubiera dejado un testamento ideológico cerrado, válido para
todo tiempo y lugar.
El problema no es
citar a Sarmiento. El problema es congelarlo.
Sarmiento fue,
ante todo, un hombre de su tiempo. Pero no en el sentido conservador que hoy se
le atribuye, sino exactamente al revés: fue uno de los grandes disruptores de
la historia argentina. Un inconformista permanente con el orden existente,
obsesionado con un objetivo que atravesó toda su obra y su acción política:
educar al soberano. No defender estructuras, no sacralizar modelos
institucionales, sino garantizar que el pueblo pudiera educarse en un país que,
a mediados del siglo XIX, era mayoritariamente analfabeto, rural y
profundamente desigual.
La Argentina que
enfrentó Sarmiento no se parece en nada a la actual. En su época, el desafío
central era crear escuelas donde no las había, formar maestros casi desde cero
y llevar alfabetización básica a un territorio vasto y precario. En ese
contexto, el Estado nacional tenía un rol irremplazable: era el único actor
capaz de impulsar ese proceso. Defender la educación pública entonces no era
una postura ideológica rígida, sino una respuesta pragmática a un problema
concreto. Confundir aquel contexto con el actual es cometer un error histórico
grave.
Ese error no es
inocente. Leer el pasado con categorías del presente -o, peor aún, utilizarlo
como argumento para evitar cualquier discusión sobre el presente- suele ser una
forma cómoda de preservar lo conocido. Pero la historia, cuando se la toma en
serio, no sirve para congelar instituciones, sino para comprender por qué
surgieron y en qué momento dejan de cumplir la función para la cual fueron
creadas.
Más de 150 años
después, la Argentina enfrenta un problema completamente distinto. Hoy la
escolarización es casi universal, pero los resultados son alarmantes:
aprendizajes insuficientes, trayectorias escolares que muchas veces existen
solo en los papeles, abandono encubierto y una desigualdad persistente que el
sistema no logra corregir. En demasiados casos, el funcionamiento cotidiano
parece orientado a preservar equilibrios internos antes que a garantizar
aprendizajes efectivos para los alumnos, especialmente para los más
vulnerables.
Insistir en que
la respuesta a estos problemas debe ser exactamente la misma que en 1870 no es
fidelidad a Sarmiento; es desconocerlo. Porque si algo caracterizó al
sanjuanino fue su rechazo a las soluciones petrificadas. Fue un reformista
incansable, un observador atento de las experiencias internacionales y un
importador compulsivo de ideas. Copió, adaptó, corrigió. Provocó debates
intensos y no dudó en incomodar consensos establecidos cuando entendía que ya
no servían a su propósito central.
Por eso resulta
forzado convertirlo hoy en un símbolo inmóvil de defensa del statu quo
educativo. Sarmiento no defendió la educación pública como un fetiche
institucional, sino como un instrumento indispensable en su tiempo para lograr
un objetivo superior: una ciudadanía educada, libre y capaz de gobernarse a sí
misma. Pensar que habría rechazado, por principio, cualquier discusión sobre
nuevos mecanismos, mayor diversidad institucional o más libertad educativa es
atribuirle una rigidez intelectual que nunca tuvo.
La pregunta
relevante no es qué pensaba Sarmiento sobre la educación pública en el siglo
XIX, sino qué haría hoy frente a la crisis educativa actual. Y la respuesta,
incómoda para muchos, es que probablemente volvería a incomodar. Volvería a
desafiar consensos aparentes. Volvería a recordarnos que las instituciones
existen para servir a las personas, y no al revés.
Entendida en este
marco, la libertad educativa no es una opción retórica ni una discusión
académica prescindible. Es una necesidad frente a un sistema que, pese a su
expansión casi universal, no logra garantizar aprendizajes básicos ni reducir
desigualdades persistentes. Seguir apelando a lecturas congeladas del pasado
para evitar revisar los instrumentos equivale a aceptar como inevitable un
fracaso que golpea, sobre todo, a los sectores más vulnerables. Cuando los
resultados son sistemáticamente insatisfactorios, discutir cambios deja de ser
una provocación ideológica para convertirse en una responsabilidad.
Desde esta
perspectiva, discutir una ley de libertad educativa no es un acto de negación
de su legado, sino una forma de tomarlo en serio. La libertad educativa no es
un fin en sí mismo ni una consigna ideológica, sino un instrumento para
diversificar la oferta, introducir incentivos adecuados y volver a colocar al
alumno -y a sus aprendizajes- en el centro del sistema. En un contexto de
resultados insatisfactorios y profundas desigualdades, negarse a discutir estos
mecanismos en nombre de una lectura congelada de Sarmiento equivale a renunciar
a su espíritu reformista.
No es la primera
vez que el nombre de Sarmiento aparece en este debate, ni la primera vez que se
lo invoca para clausurarlo. Tal vez valga la pena, esta vez, leerlo de otro
modo: no como un busto de bronce al que se rinde homenaje ritual, sino como un
pensador vivo, incómodo y exigente, que nos obligaría a preguntarnos si el
sistema actual cumple realmente con su función esencial. El domingo pasado se
cumplió un nuevo aniversario de su nacimiento, quizás sea una buena oportunidad
para honrarlo no repitiendo consignas, sino haciendo lo que él hizo toda su
vida: atreverse a desafiar lo establecido cuando lo establecido deja de servir
al objetivo de educar al soberano.
Publicado en La Nación.