Alvaro Vargas Llosa
Asociado Senior, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Para un subcontinente conocido por tener el “honor” y la “dignidad” en una estima (desproporcionadamente) alta, como se ve en todo, desde la cultura popular, incluyendo las telenovelas, hasta el discurso político, el giro de los acontecimientos en Venezuela resulta fascinante.
La rapidez y facilidad con que las principales figuras del régimen (la presidenta interina Delcy Rodríguez, el ministro del Interior Diosdado Cabello, el ministro de Defensa Vladimir Padrino y el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez) se han convertido en la encarnación de todo aquello que alguna vez despreciaron debería poner el último clavo en el ataúd del mito de que la izquierda revolucionaria latinoamericana defiende, supuestamente, el honor y la dignidad. Su actual —y descaradamente feliz— papel como lacayos del imperio, por emplear la expresión que ellos y otros antiimperialistas latinoamericanos han utilizado hasta el hartazgo durante tanto tiempo, delata su verdadera naturaleza. Su farsesco régimen nunca se basó en una convicción ideológica. En la medida en que hubo alguna convicción, esta se encontraba claramente subordinada a consideraciones más pedestres de una descarada ambición personal y miedo.
La trayectoria del antiamericanismo en América Latina ha sido larga. Sus raíces intelectuales se encuentran en “Ariel”, un famoso ensayo de José Enrique Rodó publicado a principios del siglo XX, en el que el autor uruguayo utiliza “La tempestad” de Shakespeare para contrastar el materialismo de “Calibán”, encarnado por Estados Unidos, con los valores espirituales de una civilización no corrompida por el utilitarismo. El libro inspiró a generaciones de latinoamericanos idealistas que veían el subcontinente como el refugio de los valores espirituales frente al malvado materialismo de Estados Unidos y, por extensión, del imperialismo norteamericano.
Fue publicado justo después de la guerra hispano-estadounidense de 1898, posiblemente la raíz política del antiamericanismo de la región. Desde entonces, varios movimientos políticos, entre ellos la revolución mexicana, el peronismo argentino, la revolución cubana y, en el siglo XXI, la revolución chavista, entre otros, encarnaron, en diversos grados, ese ethos antiestadounidense.
Aunque el imperialismo estadounidense era una realidad, el antiamericanismo sirvió como tapadera política para el comunismo, el socialismo, el populismo de izquierda y el “desarrollismo”, la doctrina económica que justificaba una importante intervención gubernamental en la economía como forma de “corregir” los desequilibrios producidos por una supuesta distribución injusta de los roles que desempeñaban las naciones desarrolladas y subdesarrolladas en el mercado internacional. Podría decirse que América Latina debe gran parte de su incapacidad para alcanzar el desarrollo político y económico al antiamericanismo, independientemente de los errores de la política exterior estadounidense en diversos momentos del siglo XX.
Pero al menos se podía decir de los revolucionarios de la vieja escuela que estaban dispuestos a arriesgar sus vidas —y muchos realmente hicieron el sacrificio supremo— en pos de sus fines espurios. El difunto presidente Salvador Allende de Chile, quien se suicidó antes de enfrentarse a la derrota a manos de Pinochet durante el golpe de Estado de 1973, o el sanguinario Che Guevara, que murió en las selvas de Bolivia tratando de encender una revolución que era totalmente quimérica, ya que los campesinos bolivianos acababan de beneficiarse de una reforma agraria y lo último que deseaban era una toma del poder por parte de los comunistas, dieron sus vidas por una idea en la que se habían involucrado en cuerpo y alma.
Contrástese esto con la dócil y cobarde capitulación de Nicolás Maduro y su esposa frente a soldados de la Fuerza Delta de Estado Unidos. Lo mínimo que cabría haber esperado de una pareja responsable de tanto sufrimiento infligido a millones de venezolanos en nombre de una idea habría sido un acto de autoinmolación o martirio, no dejarse arrastrar humillantemente hacia una embarcación con destino al imperio enemigo.
Ni qué decir de quienes se quedaron atrás y se convirtieron de la noche a la mañana en lacayos de Washington. Rodríguez, Cabello, Padrino y el otro Rodríguez dieron un giro hacia el régimen proestadounidense y procapitalista en el que están tratando de convertirse rápidamente ya sea para preservar el poder o evitar ser enviados a un tribunal de Nueva York como el presidente ilegítimo al que probablemente traicionaron en negociaciones secretas.
Cabe esperar que la deshonra, la cobardía, la hipocresía y el servilismo que están evidenciando estos días disuadan a las generaciones actuales y futuras de latinoamericanos de pensar que el camino hacia la gloria política pasa por la política socialista revolucionaria y el populismo antiimperialista. Si este fuera el desenlace de lo que estamos viendo en Venezuela, donde las mismas personas que destruyeron el país siguen disfrutando de la cornucopia del poder con la bendición de Washington, entonces este resultado surrealista tal vez valga, temporalmente, el precio moral que implica.
Traducido por Gabriel Gasave