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Empleos genuinos, siempre a merced de los consumidores, nunca del Estado

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
Una idea arraigada en parte de la opinión pública sostiene que el empleo debe protegerse y mantenerse a cualquier costo, incluso si ello implica privilegios regulatorios, barreras a la competencia internacional o transferencias constantes de recursos públicos. Esta concepción no solo es errónea, sino que fomenta el estancamiento y el declive económico: legitima ocupaciones artificiales por su ineficiencia, inmoviliza y destruye capital, y desvía recursos de actividades productivas hacia aquellas que solo sobreviven por decisión política.
 
La tragedia de este enfoque no se limita a lo que perpetúa, sino a lo que inhibe. Todo empleo sostenido mediante subsidios estatales u otras formas de apoyo indirecto genera una asignación ineficiente de
recursos y, al hacerlo, impide que el capital, el trabajo y el conocimiento se dirijan hacia usos más productivos. El verdadero costo no está solo en las distorsiones visibles, sino en la pérdida silenciosa de los empleos que nunca llegan a existir.
 
De este modo, el proteccionismo y los subsidios no solo prolongan estructuras improductivas, sino que, de manera más sutil y profunda, debilitan la capacidad del sistema económico para generar empleo innovador y sostenible. El empleo, para ser sostenible, no puede considerarse un fin en sí mismo; solo se justifica cuando responde a la producción de bienes y servicios demandados libre y voluntariamente en el mercado. Ni siquiera el empresario o el emprendedor centra su atención en la creación de empleo, sino en identificar actividades rentables. Una vez definida la más conveniente, organiza los recursos para generar beneficio. En este cálculo, el empleo no es un objetivo explícito, sino una consecuencia eventual y una necesidad de la actividad productiva.
 
A la luz de lo expuesto, en un mercado libre, la economía genera constantemente nuevas formas de empleo. La obsolescencia de ciertos trabajos, en el contexto actual de la revolución de la inteligencia artificial, lejos de implicar una pérdida definitiva, señala la liberación de recursos hacia usos más productivos. La búsqueda de ganancias impulsa oportunidades laborales ilimitadas, y los avances en productividad no eliminan empleo neto, sino que lo reorganizan, dando lugar a sectores y actividades donde el trabajo adquiere mayor valor.
 
La evidencia internacional muestra con claridad que el empleo genuino surge allí donde existen sectores empresariales competitivos, integrados en contextos regionales e institucionales que han logrado consolidar verdaderos “yacimientos de empleo” a partir de clústeres productivos dinámicos. No fueron exitosos gracias a la protección estatal ni a políticas de sostenimiento público del empleo, sino por su capacidad de competir, innovar y articular cadenas de valor orientadas al comercio internacional. En todos estos casos, el empleo fue una consecuencia, no un objetivo diseñado por un gobierno ni por una autoridad central iluminada.
 
Este patrón observable es directamente aplicable al caso argentino. Sectores como el energético en Vaca Muerta, la minería en la cordillera y la producción agropecuaria presentan un potencial similar de generación de empleo genuino. Son ámbitos donde el descubrimiento económico se pone en marcha a partir de la confirmación de inversiones anunciadas, en los que nadie puede anticipar cuántas empresas surgirán ni qué innovaciones prevalecerán como motor y fuente de nuevos trabajos.
 
El proceso de expansión de sectores competitivos tiene, además, una dimensión territorial ineludible. Provincias como Neuquén, Río Negro, San Juan, Jujuy, Salta o Catamarca comienzan a consolidarse como polos de atracción de inversión y empleo cuando se liberan los incentivos y se garantizan reglas estables. La relocalización de la mano de obra hacia estas regiones no constituye un problema, sino un mecanismo natural de coordinación económica: el trabajo se desplaza hacia donde es más productivo. De este modo, el empleo deja de ser una asignación política concentrada en centros urbanos sostenidos por gasto público y pasa a distribuirse según oportunidades reales.
 
 
Para que este proceso se consolide, resulta imperioso reglamentar la totalidad de la ley de modernización laboral recientemente aprobada en el Congreso y avanzar en una reducción aún más sostenida del gasto público, eliminando aquellas estructuras que existen únicamente para redistribuir recursos sin generar valor. La privatización de empresas estatales, la implementación continua de medidas desregulatorias y la eliminación de organismos de control innecesarios son condiciones sine qua non para liberar capital y trabajo hacia actividades productivas.
 
Del mismo modo, la eliminación definitiva de las retenciones agropecuarias y de las restricciones cambiarias para empresas constituye un paso clave: mientras subsistan derechos de exportación distorsivos y controles que limiten el acceso de las empresas al mercado de divisas para el pago de importaciones, otros pagos o el giro al exterior de dividendos acumulados, la inversión y la expansión de sectores competitivos continuarán condicionadas y ralentizadas. Cuanto mayor sean la producción, el comercio exterior y la integración internacional, más rápidamente se desplegará el pleno potencial del empleo sostenible a lo largo del tiempo.
 
Las reformas orientadas a abrir la economía —disciplina fiscal, privatizaciones, apertura comercial, eliminación de controles de precios, liberación cambiaria, simplificación tributaria y drástica reducción de la presión fiscal— no buscan sostener empleo a cualquier costo, sino crear un entorno en el cual el empleo emerja de manera natural. El mejor aporte del Estado en la generación de empleo es tan simple como alcanzable: apartarse mediante la eliminación de impuestos e intervenciones de cualquier tipo.
 
Allí donde las empresas compiten, innovan y responden a la demanda real, surgen nuevas oportunidades laborales. Allí donde el empleo depende de subsidios o protecciones, subyace una fragilidad encubierta que hoy aflora en numerosos sectores de actividad que, aun beneficiándose de que Argentina siga siendo una de las economías más protegidas del mundo, revelan dificultades persistentes para sostenerse por sí mismos.
 
El dilema es, en última instancia, simple y no admite ambigüedades: o se está del lado de los consumidores y usuarios —que demandan mejores bienes, mejores servicios y precios más bajos en un entorno de competencia—, o se está del lado de la preservación artificial del empleo, sin otra consideración que sostenerlo a cualquier costo. No es posible maximizar ambos objetivos al mismo tiempo. Elegir proteger empleos improductivos implica necesariamente perjudicar a la mayoría de la sociedad, encareciendo bienes, reduciendo calidad y frenando la innovación. Elegir a los consumidores, en cambio, implica permitir que el empleo se reconfigure, se desplace y se expanda allí donde realmente genera valor. En esa elección se define no solo la eficiencia de la economía, sino también las posibilidades reales de prosperidad de los argentinos.
 
 

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