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La incómoda verdad sobre los inmigrantes

Alvaro Vargas Llosa
Asociado Senior, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Solemos centrarnos en por qué los inmigrantes desean venir a Estados Unidos, pero hablamos mucho menos de por qué Estados Unidos desea que los inmigrantes vengan a este país; es decir, por qué, a pesar de la retórica xenófoba, tantos estadounidenses los han acogido de manera silenciosa y constante.
La razón principal de esto es, sencillamente, que los estadounidenses no quieren tener hijos. Desde hace décadas, la tasa de fertilidad entre los estadounidenses nacidos en el país se ha mantenido por debajo de la tasa de reemplazo poblacional (2,1). La brecha se ha ampliado de manera significativa en los últimos tiempos, con una tasa de fertilidad total que ha caído a 1,6 hijos por mujer. No es de extrañar que la fuerza laboral nativa haya disminuido en varios millones desde que alcanzó su punto máximo en 2005 y que ahora sea inferior a 140 millones. Si no se incorporan trabajadores extranjeros a la economía, en unos pocos años la población activa se reducirá de forma mucho más drástica, reflejando el impacto de la alarmantemente baja tasa de fertilidad actual.
Si todo el crecimiento de la economía estadounidense se debiera a aumentos de productividad, quizá esto no tendría importancia. Pero los aumentos de productividad en Estados Unidos han sido mediocres en las últimas décadas, salvo en algunos períodos excepcionales, y el crecimiento económico en diversos sectores sigue dependiendo del número de horas trabajadas. Esto significa que, sin los trabajadores extranjeros, la economía estadounidense estaría produciendo mucho menos que los 28 billones de dólares en bienes y servicios que genera en la actualidad.
Entre 2000 y 2020, tres cuartas partes del crecimiento de la fuerza laboral civil estadounidense se debieron a los inmigrantes. Estas no son estadísticas inventadas por conspiradores extranjeros o nacionales, sino datos publicados por la Oficina del Censo de Estados Unidos. Según la Oficina de Estadísticas Laborales, 31 millones de trabajadores nacieron en el extranjero y 15 millones son hijos de personas nacidas fuera de Estados Unidos. Ellos explican una buena parte del tamaño de la economía actual.
Al mismo tiempo, la economía emplea a unos 8 millones de inmigrantes indocumentados en los sectores que cabría esperar: agricultura, procesamiento de alimentos, restaurantes, construcción, etc. El motivo por el cual son indocumentados no es que tengan una inclinación por la clandestinidad, sino simplemente que el deficiente sistema migratorio no permite que la demanda satisfaga la oferta. Ya es suficientemente grave que tantos trabajadores tengan que trabajar en negro. Sin embargo, el verdadero suicidio económico no radica solo en intentar expulsar a los trabajadores indocumentados, en lugar de regularizar su situación, sino en expulsar a los trabajadores extranjeros documentados y a sus hijos, como la administración amenaza constantemente con hacer. Imaginemos qué pasaría con la economía si el gobierno, en cuestión de semanas, expulsara a 47 millones de personas de origen extranjero. Pensemos en el impacto que esto tendría en áreas críticas como la sanidad, donde el 15 % de las enfermeras registradas y el 25 % de los médicos son extranjeros.
Las fronteras han sido efectivamente cerradas para nuevos trabajadores inmigrantes, salvo por las escasas cuotas que aún quedan disponibles. (Menos de 10.000 trabajadores poco calificados son admitidos cada año, una cifra ridículamente irrealista dadas las necesidades de la economía, lo que probablemente explica por qué en 2025 el sector hotelero tenía un millón de puestos vacantes). Si sumamos este goteo a la menguante mano de obra nativa, el resultado es una catástrofe inminente en un futuro no muy lejano. El resultado neto no será una mano de obra nativa en declive compensada en parte por una mano de obra inmigrante en crecimiento, sino una mano de obra en declive en su conjunto.
Olvídese de todos los demás beneficios que los inmigrantes aportan a una nación. Piense solo en la economía. A menos que la productividad crezca a pasos agigantados en los próximos años (algo que no ha ocurrido en las últimas décadas) o que los estadounidenses nativos reviertan de repente su aversión a tener hijos, la tendencia es inequívoca: la fuerza laboral depende de la mano de obra inmigrante. Sin ella, la capacidad de la economía para producir bienes y servicios, y por lo tanto para elevar el nivel de vida, se desplomará.
Esta y otras consideraciones deberían haberse tenido en cuenta antes de que el gobierno de Estados Unidos enviara recientemente a varios miles de agentes federales a Minneapolis, donde, por cierto, la población inmigrante es reducida y los delitos cometidos por extranjeros son mínimos, lo que provocó la crisis que se cobró la vida de ciudadanos estadounidenses inocentes.
Traducido por Gabriel Gasave

Publicado en el Independent Institute.



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