Elena Valero Narváez
Historiadora, analista política y periodista. Autora de “El Crepúsculo
Argentino. Lumiere, 2006. Miembro de Número de la Academia Argentina de Historia.
Javier
Milei mucho antes de ser presidente defendía las ideas que pueden permitirnos
vivir en un ambiente de libertad, a veces serenamente y muchas con
apasionamiento desmedido. Ahora se lo critica por demás, pero fue quien se
animó contra todo y contra todos a patrocinarlas. Hoy es maltratado sin medida.
Nadie puede dejar de criticar sus modales, pero un ambiente donde la oposición
está siempre con el puñal entre los dientes, la delicadeza no ha surtido
efecto. Lo comprobamos durante varios gobiernos donde el sindicalismo y la
izquierda se volvieron los grandes enemigos de la democracia.
Descalificaciones, huelgas, asaltos a los supermercados, todo fue válido para
terminar con gobiernos débiles y miedosos. Hoy las medidas de Milei van en
camino de aumentar los grados de libertad, todo lo posible. Ello implica, aunque tengamos un presidente gritón, más democracia y más libertad en todos los
órdenes. La liberación de la economía lleva a la liberación política, sin duda:
el Estado se achica y la sociedad civil se fortalece dando mucho más espacio al
individuo que al Estado, lo contrario del socialismo. Hay políticos, por
ejemplo Lilita Corrió, que pretenden
inspirar temor, miedo al advenimiento de una dictadura, es uno de de los tantos
infundados, lo malo es que quienes les creen actúan influidos por ellos, los cuales los cohíben y esclavizan. La
mentira no produce un miedo normal, no nos protege ni nos cuida, nos hace
reaccionar inadecuadamente. Es lo que pretenden, que el recelo nos haga
rechazar el modelo que penosamente intenta reemplazar al viejo y fracasado
sistema de raigambre socialista.
Solo una institucionalidad liberal puede
sostener una economía de mercado e impulsar gobiernos estables cada vez más
controlados por la opinión pública. Hay que seguir creando las condiciones para
producir y crear los bienes y servicios
que pide la inmensa población mundial. Se necesitan instituciones
destinadas a concientizar y luchar
contra los peligros que apuntan al corazón de la sociedad abierta, para que
esta pueda perdurar.
En
Argentina el Sistema de Partidos no logró consolidarse, como bien lo demostró el golpe de 1943. Para
que sea fuerte, exige un consenso de normas compartidas para el tratamiento del
conflicto político, una opinión pública
institucionalizada, y un mercado del
voto en el que compitan programas alternativos y en libre competencia. No
existió desde 1946 a 1955 y de ahí en adelante con limitaciones hasta 1983. Hoy
vemos que hemos podido mejorarlo poco
por ideas socialistas y fascistas que prendieron como garrapatas.
Tuvimos una socialización política y cultural
autoritaria y con apoyo popular, la cual desplazó al pluralismo y al sistema de
partidos, disolviendo, en sus efectos, al parlamentarismo. Hubo consenso a prácticas
antidemocráticas, que lastimaron la libertad y el Estado de Derecho a cambio de
gratificaciones para amplios sectores de la población. Así se fue destruyendo
la política y la economía. Le es difícil al Gobierno revertir la situación, los
espacios políticos aun tienen un espacio muy pequeño, el sistema de partidos sigue siendo débil. Tampoco existe aùn un desarrollo armónico, equilibrado,
como esperan los planificadores de siempre; no se entiende que cuanto mayor y más
veloz es el cambio, más numerosas y
pronunciadas son las asincronías. Pero no por ello disminuye la posibilidad de
superarlas, aunque los desafíos para
mantener el orden del sistema social global son mayores. Hay que tener
paciencia.
Las
ideas que determinan la conducta humana y fijan límites a lo que es posible y a
lo que no, en nuestro país, muchas veces,
hacen que lo posible no lo sea por las
ideas predominantes. Se suma que los
liberales argentinos tienen multitud de matices y más los políticos, quienes, generalmente, abrazan al pragmatismo: hoy los
influencia el socialismo y mañana el liberalismo. No se fijan si sus teorías
son compatibles con la realidad, se dejan llevar por sus deseos, que la ciencia
económica tenga principios y leyes, los cuales si se violan producen, como, en las ciencias naturales, consecuencias catastróficas, no les mueve un pelo. La ideología prima sobre
cualquier consideración, la objetividad buena es la que induce la ideología
adecuada, y ésta se halla comprometida
con la posición política. La estrella fija de políticos, escritores y
periodistas de esta calaña no es la verdad, sino la conveniencia. Ello hace más
difícil un cambio productivo. La verdad, requiere coherencia entre las ideas
y, ante todo, conformidad con la realidad de las cosas.
El bienestar social no debe de dejar de
coincidir con el de los individuos particulares. Como enseñó Locke, el Estado liberal tiene una
autoridad superior para poder resolver las controversias e imponer la
reparación de las ofensas, el poder soberano del Estado debe tutelar los
derechos individuales para lo que fue creado, y lo que el individuo tiene de
propio: vida, libertad y propiedad. Incluso
en la organización política de la sociedad debe permanecer soberano y, si los poderes al que los ciudadanos le han
delegado el ejercicio de su soberanía lesionan esos derechos naturales, los individuos tienen el derecho de rebelarse contra
el poder usurpador.
La violación a los derechos humanos no depende
solo de situaciones externas conflictivas sino también de las actitudes,
disposiciones y creencias de la gente. Con gobiernos populistas, por
ejemplo, se corre el riesgo de ser
manipulados anulando así componentes fundamentales de la persona.
El
Estado no debe sustituir al mercado y a la iniciativa privada. Solo así puede
surgir el respeto por los derechos humanos (universales, absolutos e
innegociables) y sus obligaciones, las
cuales tienden al desarrollo de un ser humano libre y vinculado socialmente.
La universalidad del mercado, una sociedad
civil fuerte y el Estado de Derecho son
las bases de las sociedades occidentales. La democracia puede ser usada demagógicamente
con los fines más diversos como también la ética, se
pueden emplear, por ejemplo, para desviar la atención sobre problemas fundamentales.
Hay que estar atentos a las manipulaciones como son las de gobiernos populistas
que utilizan los derechos humanos solo
como herramientas para alcanzar y mantener el poder. No
aceptar las ideas fundamentalistas que implican ideas terminantes, defender la libertad para que podamos vivir de
acuerdo a nuestro propio criterio, hacer la propia experiencia y la aventura de
vivir. Ello supone algunos costos pero los tenemos que asumir, no hay otra
salida si queremos vivir en un ambiente de libertad, sin olvidar la responsabilidad y la ética para
no lastimar injustamente, con nuestras decisiones, a los demás. Valorar la vida en vez de desperdiciarla
renunciando a elegir nuestro propio destino.