Edgardo Zablotsky
Ph.D. en Economía en la
Universidad de Chicago, 1992. Rector de UCEMA. En Noviembre 2015 fue electo Miembro de la Academia
Nacional de Educación. Miembro del Consejo Académico de la
Fundación Atlas para una Sociedad Libre. Consultor y conferencista en políticas públicas en el
área educativa, centra su interés en dos campos de research: filantropía no
asistencialista y los problemas asociados a la educación en nuestro país.
España no suele
ser presentada como paradigma educativo mundial; por eso resulta un caso útil
para la Argentina. Aun allí, donde nadie idealiza el sistema, el debate sobre
la mejora educativa está llevando a discutir una cuestión de fondo: quiénes
ingresan a la docencia, cómo se forman y bajo qué exigencias deberían hacerlo.
Esa es, precisamente, una discusión que la Argentina no debería seguir
postergando.
España ofrece un
contraste relevante con la Argentina. Según el Ministerio de Educación, para
ejercer como maestro de Educación Infantil o Primaria se requiere título
universitario habilitante; en secundaria, además de ser graduado universitario,
se exige un máster específico de un año. Es decir, aun sin tratarse de un
sistema ideal, la docencia se asienta sobre un formato universitario.
En enero de 2025,
uno de los principales diarios de España, El País, informó que entre las ideas
para la reforma del profesorado figuraban un examen específico para acceder a
Magisterio, cambios en la carrera profesional y otras modificaciones orientadas
a elevar la calidad del sistema.
Un ejemplo
concreto de ello fue reportado por El País en febrero de 2025. En una
entrevista a Miquel Oliver, decano de Magisterio en la Universidad de las Islas
Baleares, Oliver explicó que en esa universidad funciona desde 2021 una prueba
especial para ingresar a las carreras de maestro de infantil y primaria. La
evaluación combina competencias académicas básicas con una instancia orientada
a valorar condiciones personales relevantes para el ejercicio docente. En sus
palabras, “no podemos pedir que los aspirantes tengan ya competencias para ser
docentes”; sí se trata, en cambio, de detectar condiciones iniciales que
permitan identificar quiénes podrían ser mejores candidatos. No es un detalle
menor. En un país culturalmente próximo al nuestro, la pregunta no es sólo
cuántos aspiran a formarse como docentes, sino quiénes deberían estar en
condiciones de hacerlo.
Como muestra basta
un botón. A fines de abril de 2026, El País informó que en Cataluña el 45,51%
de los aspirantes no superó la Prueba de Aptitud Personal para acceder a los
grados de Educación Infantil y Primaria. Se habían presentado 5.155 postulantes
y aprobaron 2.809. La evaluación, según la Generalitat, consta de dos exámenes:
competencia comunicativa y razonamiento crítico, y competencia
lógico-matemática.
Es más, como
publicó El País en octubre de 2025, las Facultades de Educación propusieron
extender las carreras de Magisterio de cuatro a cinco años, llevar el máster
para secundaria de uno a dos años y establecer un examen especial de acceso a
esos estudios. Más allá del recorrido institucional que tales iniciativas
puedan tener, la dirección de una parte relevante del debate parece clara:
frente a las debilidades educativas, la respuesta pasa por discutir cómo elevar
la exigencia.
Si se acepta que
el docente es un factor decisivo dentro del aula, cuesta entender por qué, en
nuestro país, su formación no ocupa un lugar mucho más central en el debate
público. La discusión educativa suele concentrarse en salarios, financiamiento,
contenidos o infraestructura, cada uno de ellos relevantes, por cierto. Pero
ninguno reemplaza una pregunta central: bajo qué condiciones formamos a quienes
tendrán la responsabilidad de enseñar.
España no es
Finlandia ni ofrece un modelo perfecto. Precisamente por eso el caso resulta
relevante. Muestra que la exigencia en la formación docente no es una rareza
propia de sistemas excepcionales, sino una discusión presente también en países
que enfrentan sus propias dificultades educativas. En la Argentina, en cambio,
durante décadas la formación docente rara vez ha ocupado el lugar central que
debería tener.
La lección, en
este caso, no es la de un país ideal. Es la de un país que, aun con sus
problemas, parece dispuesto a discutir una pregunta que la Argentina no debería
seguir postergando: bajo qué exigencias queremos formar a quienes tendrán en
sus manos la educación de las próximas generaciones, comenzando por la
posibilidad de transformar gradualmente la formación docente en una carrera
universitaria.
Publicado en Ámbito.