Elena Valero Narváez
Historiadora, analista política y periodista. Autora de “El Crepúsculo
Argentino. Lumiere, 2006. Miembro de Número de la Academia Argentina de Historia.
El
mundo pareciera estar en un polvorín, el terrorismo, por un lado, ha precipitado reacciones lógicas en defensa
de Occidente y sus valores pero esas tensiones geopolíticas en Oriente Medio,
la guerra en Ucrania y la crisis energéticas que trajeron los conflictos no dejan de ser sumamente
peligrosas, pueden iniciar una escalada
que no sabemos adónde puede terminar.
A
propósito de estos grandes problemas vendría muy bien leer, la autobiografía de
Stefan Zweig donde el extraordinario escritor comenta las vicisitudes que debió
pasar al acabarse el siglo XIX, siglo
donde en parte, por influencia de ideas
liberales, vivió toda su generación un
clima de tolerancia, libertad, educación y bonanza económica. Cuando este clima
parecía iba a ser eterno y el progreso indefinido, la historia dio un vuelco
terrible y todos fueron conmovidos, en el siglo XX, por las “sacudidas volcánicas casi
ininterrumpidas” de Europa. Zweig fue
protagonista, como austríaco, judío,
escritor, humanista y pacifista, de la Primera y Segunda Guerra Mundial, estuvo
en los lugares donde esas sacudidas fueron más violentas. Así lo expresa: “Tres
veces dieron por tierra con mi hogar y con mi existencia; me apartaron de mi
vida anterior y del pasado, lanzándome con potencia dramática al vacio a ese “no
sé a dónde dirigirme” que me es ya tan familiar (…) Nací en 1881, en un grande
y poderoso imperio, en la monarquía de los Habsburgo, pero no se la busque en
los mapas, ha sido borrada sin dejar rastro. Me he educado en Viena, la dos
veces milenaria metrópoli supranacional, y he tenido que abandonarla, como un criminal, antes de que la degradaran a la condición de
provincia alemana. Mi obra literaria ha sido reducida a cenizas en el idioma en
que fue escrita, en ese mismo país donde mis libros conquistaron la amistad de
millones de lectores. Es así que ya no pertenezco a ninguna parte, que soy
extraño y a lo sumo huésped, doquiera. También perdí la patria verdadera, la
elegida por mi corazón, Europa, donde por segunda vez se desgarró en una
segunda guerra fratricida. Contra mi voluntad fui testigo de la derrota más
terrible de la razón y del triunfo más desaforado de la brutalidad en la
crónica de los tiempos. (…) Yo he sido contemporáneo de las dos guerras más
grandes de la humanidad y hasta asistí a cada una de ellas en un frente
opuesto, a una, en el lado alemán, a la otra, en el lado anti alemán. Durante
la preguerra conocí la forma y el grado supremos de la libertad individual, y
luego, su nivel más bajo desde hace siglos. He sido honrado y proscripto, libre
y cautivo, rico y pobre. Todos los pálidos corceles del apocalipsis han
galopado a través de mi existencia: la revolución y el hambre, la
desvalorización y el terror, las epidemias y la emigración. He visto crecer
ante mis ojos las grandes ideologías de masas, las he visto extenderse: el
fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolcheviquismo en
Rusia y sobre todo, la súper peste, el nacionalismo, que envenenó la flor de
nuestra cultura europea. Hube de ser testigo impotente, desarmado, de la recaída
más inconcebible de la humanidad en una barbarie que se creía olvidada hacía
mucho tiempo, con su dogma consciente y programático del anti humanitarismo. A
nosotros nos estaba reservado ver otra vez, después de siglos, guerras sin
previa declaración de guerra, campos de concentración, martirios, robos
cometidos en perjuicio de masas de seres, y ataques contra ciudades indefensas,
bestialidades, todas ellas que las dos últimas cincuenta generaciones no han
conocido y que las generaciones futuras,
es de esperar, no conocerán.”
Al final de su vida, con la enorme experiencia acumulada como
inteligente observador, en modo de
advertencia nos dice, en su autobiografía, que como muchos de su generación no
vio venir los primeros atisbos del totalitarismo. De este modo inigualable lo
expresa:·”Solo cuando decenios después techos y paredes se desplomaban sobre
nuestras cabezas, reconocimos que desde mucho tiempo atrás los fundamentos
estaban ya socavados y con el nuevo siglo había comenzado simultáneamente en
Europa el ocaso de la libertad individual” Se fue dando cuenta, de a poco, hasta que punto había penetrado la propaganda
del odio a lo largo de los años y que fácil resulta ante una crisis con apenas
una chispa excitar a los pueblos a pesar
de todas las tentativas de entendimiento.
La
primera Guerra lo sorprendió en uno de los mejores momentos de su vida donde
todo se tendía “llano y claro” ante su vista. Pero, el 29 de junio de 1914, el disparo que sonó en Sarajevo, en un solo segundo destruyó, en mil pedazos, el mundo de seguridad y de la razón creadora
en que se había educado y en que había vivido, como si se hubiera tratado de un cántaro de
barro. Por segunda vez la guerra destrozó
su vida, Hitler al que consideraba solo un agitador furibundo que realizaba
reuniones acompañadas de riñas destempladas y que despotricaba de la manera más
soez contra la República y los judíos, no le parecía, como a muchos, que tendría ninguna relevancia futura, sin
embargo, gracias a sus manipuladores
ocultos, había conquistado colaboradores poderosos en los círculos más
disimiles. Pronto mostró su faz: jóvenes
nacional-socialistas, entrenados con métodos aprendidos de los fascistas, sorprendían a la gente desprevenida y golpeaban, con cachiporras, a todo el que se cruzaba en su camino.
La inflación, el paro forzoso, las crisis
políticas, sublevaron al pueblo alemán:
todos clamaban por orden, desde siempre más importante para ese pueblo, que la
libertad y el derecho. Desde hacía años,
menciona el escritor, Hitler
había prodigado promesas a todos los círculos, conquistado, en todos los partidos, a exponentes importantes; la misma técnica que empleó en su política internacional, de pactar alianzas basadas en juramentos y en
la buena fe alemana, precisamente con
aquellos a quienes quería aniquilar y enervar, le valió su triunfo. Ejercitaba con tanta perfección el
método de hacer promesas a todo el mundo, que el día que llegó al poder reinaba
júbilo en los bandos más opuestos. Pensaban: ¿ Qué podía imponer ese soldado desconocido,
por la fuerza, en un Estado donde el derecho estaba fuertemente arraigado,
donde la mayoría del Parlamento le era necesaria, aparte de que cada ciudadano
suponía asegurada su libertad y su igualdad de derechos de acuerdo a la Constitución
solemnemente jurada?. Los despertó el incendio del Parlamento, la disolución de
las Cámaras, Goering dando rienda suelta a sus hordas. De un golpe quedó
desbaratado todo derecho en Alemania; el
Mundo se enteró de que había campos de concentración en tiempos de paz, y que
en los cuarteles se construían cámaras secretas para dar muerte a seres
inocentes. Pronto, todos fueron víctimas, incluso el escritor, del furor de poder de un solo hombre.
Zweig,
antes de finalizar el prefacio, expresa su deseo de que su testimonio se transfiera
a las generaciones posteriores para que no se extingan de la memoria las
terribles experiencias explicitadas a lo largo de su libro, temiendo que si se pierden puedan volver a repetirse. La historia no se repite decía Voltaire, pero
el hombre sí, ante circunstancias
parecidas tiende a actuar de una forma similar. Hoy, en la sociedad planetaria en la que vivimos, cada país está involucrado en lo que hacen los
demás. Vaya mi granito de arena para cumplir con su deseo y para que muchos
ayudemos a tener un futuro mejor.