How Innovation Works
(2020) parte de una idea central: la mejor manera de comprender la innovación
es estudiar cómo ha surgido en casos concretos a lo largo de la historia. A
través de más de un centenar de ejemplos que abarcan desde la revolución
agrícola hasta la inteligencia artificial, Matt Ridley reconstruye los procesos
de prueba y error, intercambio y acumulación de conocimientos que han dado
lugar a las principales transformaciones tecnológicas.
La innovación constituye uno de los fenómenos más decisivos y, al mismo
tiempo, más difíciles de explicar de la historia humana. Gran parte de las
mejoras materiales que han transformado la vida humana durante los últimos
siglos pueden atribuirse a la innovación. Gracias a ella, generaciones enteras
han disfrutado de niveles de prosperidad, salud y bienestar que habrían
parecido inalcanzables para sus antepasados. Sin embargo, cuanto más evidentes
son sus efectos, más difícil resulta explicar con precisión las circunstancias
que hacen posible su surgimiento.
La innovación no surge como consecuencia de un plan cuidadosamente
diseñado por una autoridad central. Por el contrario, suele emerger de procesos
descentralizados de experimentación, en los que innumerables individuos
intentan resolver problemas concretos sin saber de antemano cuál será el
resultado de sus esfuerzos. En este sentido, la innovación guarda una notable
semejanza con la selección natural: múltiples alternativas compiten entre sí y
solo unas pocas terminan prosperando.
Muchas de las innovaciones más importantes de la historia aparecieron
mientras se perseguían objetivos distintos de aquellos para los que finalmente
resultaron útiles, lo que pone de manifiesto el importante papel que desempeñan
la contingencia y el azar en el progreso humano. Precisamente por ello, las
sociedades abiertas y las economías de mercado suelen proporcionar un entorno
especialmente favorable para la innovación. La libertad para pensar,
experimentar, invertir, comerciar y asumir riesgos multiplica el número de
intentos que pueden realizarse simultáneamente y aumenta las probabilidades de
que surjan descubrimientos valiosos. Allí donde existen derechos de propiedad
relativamente seguros, mercados amplios, acceso al capital y libertad
contractual, los emprendedores disponen de mayores incentivos para explorar
soluciones nuevas a problemas antiguos.
El ecologismo catastrofista y el malthusianismo comparten un error
común: suponen que los recursos son fijos y que el crecimiento los agota,
ignorando que la innovación amplía continuamente la frontera de lo posible: la
economía estadounidense consume hoy menos acero, aluminio y cobre que en sus
máximos históricos, pese a haber crecido en población y producción. La
innovación sustituye masa por inteligencia aplicada.
La máquina de vapor desarrollada por Thomas Newcomen a comienzos del
siglo XVIII inauguró una era en la que la tecnología empezó a multiplicar
sistemáticamente la productividad del trabajo humano. Décadas más tarde, James Watt
introdujo mejoras decisivas que aumentaron drásticamente su eficiencia y
ampliaron sus aplicaciones industriales, convirtiéndola en una de las
tecnologías fundamentales de la Revolución Industrial. La aparición de esta
tecnología plantea interrogantes fundamentales: ¿por qué surgió en Inglaterra y
no en otras civilizaciones avanzadas como China? ¿Por qué apareció en aquel
momento histórico concreto y no un siglo antes o después? Preguntas similares
pueden formularse respecto a prácticamente todas las grandes innovaciones que
transformaron el mundo moderno.
Las grandes invenciones no nacen normalmente de un genio solitario, y
los inventores rara vez son quienes transforman esas ideas en auténticas
innovaciones. A finales del siglo XIX, al menos una veintena de inventores
trabajaban simultáneamente en sistemas de iluminación incandescente. Thomas
Edison no fue necesariamente el primero en concebir cada uno de los elementos
que componían la bombilla eléctrica, pero sí fue quien logró integrar esas
piezas en un sistema comercialmente viable de generación y distribución de
electricidad. Su éxito fue fruto de recombinar innovaciones y de una
extraordinaria mezcla de creatividad, perseverancia y experimentación. Durante
el desarrollo de algunas de sus tecnologías, miles de pruebas fracasaron antes
de alcanzar resultados satisfactorios. Su célebre afirmación de que la
invención es «un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento
de transpiración» resume bien la naturaleza acumulativa y experimental del
progreso tecnológico.
La innovación tiende a ser inexorable: la mayoría de los grandes
inventos de la historia fueron descubiertos de manera simultánea e
independiente por varias personas en distintos lugares. El termómetro tuvo seis
inventores independientes; el telégrafo eléctrico, cinco; la selección natural,
dos. La invención simultánea no es la excepción sino la regla. Sin Edison, la
bombilla habría llegado igualmente; sin Darwin, Wallace habría formulado la
selección natural. Lo que determina cuándo emerge una innovación no es el genio
individual sino las condiciones institucionales y tecnológicas que la
sostienen.
En su recorrido por más de un centenar de innovaciones, Ridley concluye
que la innovación rara vez avanza sin oposición: es lo único que todo el mundo
apoya en abstracto y todo el mundo encuentra razones para bloquear en cada caso
concreto. Las nuevas tecnologías suelen generar incertidumbre y resistencia
porque sus costes inmediatos son visibles, mientras que sus beneficios futuros
resultan difíciles de anticipar. Los grupos establecidos tienden a defender las
posiciones adquiridas y, con frecuencia, promueven barreras regulatorias o
institucionales que dificultan la aparición de nuevos competidores. La historia
económica ofrece numerosos ejemplos de sectores cuyo desarrollo se ha visto
ralentizado por los marcos regulatorios y la extensión abusiva de patentes y
derechos de autor que originalmente fueron concebidos para estimular la
creación pero que se han convertido en barreras de entrada que protegen a los
instalados y encarecen la experimentación para los pequeños y nuevos actores.
Por el contrario, cuando los incentivos económicos, la libertad
empresarial y la innovación tecnológica convergen en un mismo entorno
institucional, los resultados pueden transformar industrias enteras. Pocos
ejemplos ilustran mejor este fenómeno que la revolución experimentada por el
sector energético estadounidense durante las últimas décadas. El desarrollo de
nuevas técnicas de extracción de hidrocarburos no convencionales demuestra cómo
la combinación de innovación tecnológica, competencia empresarial, acceso al
capital y derechos de propiedad bien definidos puede alterar radicalmente las
perspectivas energéticas de una nación.
La desregulación impulsada por Ronald Reagan, los derechos mineros en manos
privadas y una legislación de quiebras que mitigaba los costes del fracaso
empresarial crearon el entorno que hizo posible la fracturación hidráulica con
agua de baja viscosidad, perfeccionada en Texas durante la década de 1990. A
diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países productores, donde los
recursos del subsuelo pertenecen al Estado, en Estados Unidos los derechos de
explotación pueden ser propiedad privada, lo que generó incentivos directos
para que propietarios y empresas colaboraran. El sector permaneció además en
manos privadas, respaldado por mercados financieros desarrollados y capital de
riesgo.
Los principales innovadores no fueron las grandes compañías integradas
sino empresas independientes de menor tamaño, que actuaron como una red de
laboratorios descentralizados. La competencia entre ellas aceleró la difusión
de técnicas, redujo costes y mejoró la productividad de forma continua. La
tecnología avanzó más deprisa que la comprensión científica de los fenómenos
geológicos implicados: la ciencia llegó en parte a remolque de la innovación
práctica, no al revés.
Este enfoque cuestiona una idea casi universalmente aceptada: que la
ciencia conduce siempre a la tecnología y esta, a su vez, a la innovación.
Gobiernos, políticos, periodistas e intelectuales justifican el gasto público
en ciencia como el combustible supremo de la innovación. Pero la historia
ofrece también un patrón recurrente e inverso: es la invención la que engendra
ciencia, y las técnicas que funcionan preceden a las explicaciones que las
justifican. Las máquinas de vapor generaron la termodinámica, no al revés. El
vuelo propulsado precedió a casi toda la aerodinámica. La metalurgia alumbró la
química. Y la explicación de cómo actúan los antibióticos llegó mucho después
de que ya estuvieran en uso. El autor concluye que la innovación genera ciencia
en la misma medida en que deriva de ella.
El economista británico observa
que los grandes imperios —egipcio, romano, Ming, otomano, habsburgués,
soviético— han sido sistemáticamente menos innovadores que los sistemas
políticamente fragmentados: las ciudades-estado italianas del Renacimiento, la
Grecia clásica, los Países Bajos del siglo XVII, la Gran Bretaña victoriana con
su pluralismo institucional. La centralización del poder político tiende a
favorecer a las élites establecidas, a proteger los monopolios existentes y a
sofocar la experimentación que requiere tolerar el fracaso. La innovación, por
el contrario, prospera donde hay competencia entre jurisdicciones, movilidad de
personas e ideas, y ausencia de un poder único con capacidad para prohibir lo
nuevo.
La refutación que Ridley ofrece del libro de Mariana Mazzucato, El Estado emprendedor, merece especial
atención. Mazzucato argumenta que el Estado ha sido el principal actor en las
innovaciones más importantes del siglo XX, desde internet hasta el iPhone, y
que el mercado por sí solo no habría generado esos resultados. El autor
responde con precisión quirúrgica: la mayoría de los casos que la autora cita como
innovación estatal son en realidad casos de "desbordamiento" no
intencional —financiación dispersa que termina produciendo resultados que nadie
había planificado— o bien casos en que el Estado actuó como cliente o
regulador, no como innovador. Internet despegó cuando escapó del Departamento
de Defensa y fue adoptado por universidades y empresas privadas. El protocolo
TCP/IP se transformó en la infraestructura práctica de Internet a partir del
desarrollo de Cisco, y no de una agencia gubernamental. La pantalla táctil fue
una beca universitaria de investigación libre, no un proyecto dirigido. Más
significativo aún es el argumento estructural que subyace a la crítica del
autor: si el Estado fuera realmente la fuente principal de innovación, cabría
esperar que las propias instituciones gubernamentales fueran las más
innovadoras. Ocurre exactamente lo contrario. El Parlamento, los ministerios,
los procedimientos administrativos son los territorios más refractarios al
cambio que existe en cualquier sociedad moderna. Esto no es una anomalía: es la
consecuencia lógica de que las instituciones que no compiten, que no pueden
quebrar y que no reciben señales de precios carecen de los incentivos
necesarios para innovar.
Ningún campo ilustra mejor la tesis central de How Innovation Works que el de la inteligencia artificial, cuya
irrupción presenta los rasgos estructurales de una segunda revolución
industrial en sus fundamentos epistémicos. Al igual que el vapor no fue producto
de ningún mandato gubernamental sino convergencia gradual de metalurgia, física
del calor y emprendimiento privado, el salto contemporáneo de la inteligencia
artificial emerge de la confluencia no planificada de tres corrientes
independientes: algoritmos de aprendizaje profundo desarrollados en relativa
oscuridad académica, capacidad de procesamiento gráfico concebida originalmente
para la industria del videojuego, y volúmenes masivos de datos generados por el
comportamiento espontáneo de millones de usuarios. Ninguno de estos elementos
fue diseñado para producir inteligencia artificial general; su convergencia,
como la del carbón, el hierro y la máquina de vapor en la Inglaterra del siglo
XVIII, fue resultado del proceso de recombinación descentralizada que Ridley
identifica como mecanismo profundo de todo progreso.
Ridley traza un diagnóstico inquietante del presente: el mundo
occidental no atraviesa un exceso de innovación sino una escasez de ella. Las
grandes corporaciones, en cómoda connivencia con los grandes gobiernos,
obstaculizan la entrada de nuevos competidores mediante barreras regulatorias,
propiedad intelectual defensiva y licencias profesionales que elevan los costes
de innovar para los pequeños y abaratan el statu quo para los instalados. Se
identifica en este estancamiento una convergencia entre tres fuerzas que se refuerzan
mutuamente: el gerencialismo corporativo, que prefiere controlar mercados antes
que competir; la burocracia gubernamental, que multiplica reguladores,
consultores y requisitos de cumplimiento normativo con efectos
proporcionalmente más gravosos sobre las empresas pequeñas; y la neofobia
activista, que invoca el principio de precaución para detener tecnologías
beneficiosas antes de que la experiencia las evalúe.
La evolución reciente de la inteligencia artificial permite matizar
parcialmente este diagnóstico. En Estados Unidos, la inteligencia artificial
absorbió el 61% de toda la inversión de riesgo global en 2025 —según datos de
la OCDE del 17/02/2026: Venture capital investments in artificial intelligence
through 2025—, porcentaje que escaló al 80% en el primer trimestre de 2026
—datos de Crunchbase en varios análisis que resumen ese trimestre—, cuando solo
cuatro empresas captaron el 65% del capital mundial en un único trimestre:
OpenAI, Anthropic, xAI y Waymo. Esta concentración no es, sin embargo,
equiparable a la rigidez que se critica en los sectores tradicionales:
desarrollar los sistemas de inteligencia artificial más avanzados del momento,
operar los centros de datos que los sustentan y mantener al mismo tiempo la
calidad del servicio a millones de usuarios simultáneos exige una
capitalización que ninguna empresa de tamaño convencional podría asumir. La
escala no es aquí un síntoma de monopolio rentista sino una condición técnica
del proceso innovador y creativo mismo. Donde el diagnóstico de Ridley sí
conserva toda su vigencia es en Europa: las empresas tecnológicas más valiosas
del continente —ASML, ARM, SAP— fueron fundadas entre 1972 y 1990, y el continente
sigue sin haber engendrado un solo gigante digital comparable a Google, Amazon
o Meta. En este caso la ausencia no se explica por requisitos de escala sino
por el peso acumulado de la regulación, la debilidad de los mercados de capital
y la aversión institucional al riesgo que Ridley identifica como los verdaderos
enemigos del progreso.
El resultado es una civilización que se consume en trámites donde antes
experimentaba. El contraste con China es revelador y paradójico: un régimen
políticamente autoritario está generando más innovación que las democracias
occidentales, precisamente porque deja al empresariado al margen de las
triviales normas burocráticas que asfixian Occidente. El autor no celebra este
fenómeno —advierte que el autoritarismo político terminará siendo un freno a su
debido tiempo—, pero lo usa para subrayar que la burocracia democrática puede
ser tan letal para la innovación como la tiranía política. La prosperidad no es
un estado natural sino el producto frágil de condiciones institucionales que la
hacen posible. La innovación depende de la libertad para surgir, la prosperidad
depende de la innovación para sostenerse, y las sociedades que la estrangulan
—sea mediante la regulación excesiva, los monopolios protegidos o la hostilidad
sistemática a lo nuevo— se empobrecen.