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Cómo funciona la innovación

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
How Innovation Works (2020) parte de una idea central: la mejor manera de comprender la innovación es estudiar cómo ha surgido en casos concretos a lo largo de la historia. A través de más de un centenar de ejemplos que abarcan desde la revolución agrícola hasta la inteligencia artificial, Matt Ridley reconstruye los procesos de prueba y error, intercambio y acumulación de conocimientos que han dado lugar a las principales transformaciones tecnológicas.
 
La innovación constituye uno de los fenómenos más decisivos y, al mismo tiempo, más difíciles de explicar de la historia humana. Gran parte de las mejoras materiales que han transformado la vida humana durante los últimos siglos pueden atribuirse a la innovación. Gracias a ella, generaciones enteras han disfrutado de niveles de prosperidad, salud y bienestar que habrían parecido inalcanzables para sus antepasados. Sin embargo, cuanto más evidentes son sus efectos, más difícil resulta explicar con precisión las circunstancias que hacen posible su surgimiento.
 
La innovación no surge como consecuencia de un plan cuidadosamente diseñado por una autoridad central. Por el contrario, suele emerger de procesos descentralizados de experimentación, en los que innumerables individuos intentan resolver problemas concretos sin saber de antemano cuál será el resultado de sus esfuerzos. En este sentido, la innovación guarda una notable semejanza con la selección natural: múltiples alternativas compiten entre sí y solo unas pocas terminan prosperando.
 
Muchas de las innovaciones más importantes de la historia aparecieron mientras se perseguían objetivos distintos de aquellos para los que finalmente resultaron útiles, lo que pone de manifiesto el importante papel que desempeñan la contingencia y el azar en el progreso humano. Precisamente por ello, las sociedades abiertas y las economías de mercado suelen proporcionar un entorno especialmente favorable para la innovación. La libertad para pensar, experimentar, invertir, comerciar y asumir riesgos multiplica el número de intentos que pueden realizarse simultáneamente y aumenta las probabilidades de que surjan descubrimientos valiosos. Allí donde existen derechos de propiedad relativamente seguros, mercados amplios, acceso al capital y libertad contractual, los emprendedores disponen de mayores incentivos para explorar soluciones nuevas a problemas antiguos.
 
El ecologismo catastrofista y el malthusianismo comparten un error común: suponen que los recursos son fijos y que el crecimiento los agota, ignorando que la innovación amplía continuamente la frontera de lo posible: la economía estadounidense consume hoy menos acero, aluminio y cobre que en sus máximos históricos, pese a haber crecido en población y producción. La innovación sustituye masa por inteligencia aplicada.
 
La máquina de vapor desarrollada por Thomas Newcomen a comienzos del siglo XVIII inauguró una era en la que la tecnología empezó a multiplicar sistemáticamente la productividad del trabajo humano. Décadas más tarde, James Watt introdujo mejoras decisivas que aumentaron drásticamente su eficiencia y ampliaron sus aplicaciones industriales, convirtiéndola en una de las tecnologías fundamentales de la Revolución Industrial. La aparición de esta tecnología plantea interrogantes fundamentales: ¿por qué surgió en Inglaterra y no en otras civilizaciones avanzadas como China? ¿Por qué apareció en aquel momento histórico concreto y no un siglo antes o después? Preguntas similares pueden formularse respecto a prácticamente todas las grandes innovaciones que transformaron el mundo moderno.
 
Las grandes invenciones no nacen normalmente de un genio solitario, y los inventores rara vez son quienes transforman esas ideas en auténticas innovaciones. A finales del siglo XIX, al menos una veintena de inventores trabajaban simultáneamente en sistemas de iluminación incandescente. Thomas Edison no fue necesariamente el primero en concebir cada uno de los elementos que componían la bombilla eléctrica, pero sí fue quien logró integrar esas piezas en un sistema comercialmente viable de generación y distribución de electricidad. Su éxito fue fruto de recombinar innovaciones y de una extraordinaria mezcla de creatividad, perseverancia y experimentación. Durante el desarrollo de algunas de sus tecnologías, miles de pruebas fracasaron antes de alcanzar resultados satisfactorios. Su célebre afirmación de que la invención es «un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración» resume bien la naturaleza acumulativa y experimental del progreso tecnológico.
 
La innovación tiende a ser inexorable: la mayoría de los grandes inventos de la historia fueron descubiertos de manera simultánea e independiente por varias personas en distintos lugares. El termómetro tuvo seis inventores independientes; el telégrafo eléctrico, cinco; la selección natural, dos. La invención simultánea no es la excepción sino la regla. Sin Edison, la bombilla habría llegado igualmente; sin Darwin, Wallace habría formulado la selección natural. Lo que determina cuándo emerge una innovación no es el genio individual sino las condiciones institucionales y tecnológicas que la sostienen.
 
En su recorrido por más de un centenar de innovaciones, Ridley concluye que la innovación rara vez avanza sin oposición: es lo único que todo el mundo apoya en abstracto y todo el mundo encuentra razones para bloquear en cada caso concreto. Las nuevas tecnologías suelen generar incertidumbre y resistencia porque sus costes inmediatos son visibles, mientras que sus beneficios futuros resultan difíciles de anticipar. Los grupos establecidos tienden a defender las posiciones adquiridas y, con frecuencia, promueven barreras regulatorias o institucionales que dificultan la aparición de nuevos competidores. La historia económica ofrece numerosos ejemplos de sectores cuyo desarrollo se ha visto ralentizado por los marcos regulatorios y la extensión abusiva de patentes y derechos de autor que originalmente fueron concebidos para estimular la creación pero que se han convertido en barreras de entrada que protegen a los instalados y encarecen la experimentación para los pequeños y nuevos actores.
 
Por el contrario, cuando los incentivos económicos, la libertad empresarial y la innovación tecnológica convergen en un mismo entorno institucional, los resultados pueden transformar industrias enteras. Pocos ejemplos ilustran mejor este fenómeno que la revolución experimentada por el sector energético estadounidense durante las últimas décadas. El desarrollo de nuevas técnicas de extracción de hidrocarburos no convencionales demuestra cómo la combinación de innovación tecnológica, competencia empresarial, acceso al capital y derechos de propiedad bien definidos puede alterar radicalmente las perspectivas energéticas de una nación.
 
La desregulación impulsada por Ronald Reagan, los derechos mineros en manos privadas y una legislación de quiebras que mitigaba los costes del fracaso empresarial crearon el entorno que hizo posible la fracturación hidráulica con agua de baja viscosidad, perfeccionada en Texas durante la década de 1990. A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países productores, donde los recursos del subsuelo pertenecen al Estado, en Estados Unidos los derechos de explotación pueden ser propiedad privada, lo que generó incentivos directos para que propietarios y empresas colaboraran. El sector permaneció además en manos privadas, respaldado por mercados financieros desarrollados y capital de riesgo.
 
Los principales innovadores no fueron las grandes compañías integradas sino empresas independientes de menor tamaño, que actuaron como una red de laboratorios descentralizados. La competencia entre ellas aceleró la difusión de técnicas, redujo costes y mejoró la productividad de forma continua. La tecnología avanzó más deprisa que la comprensión científica de los fenómenos geológicos implicados: la ciencia llegó en parte a remolque de la innovación práctica, no al revés.
 
Este enfoque cuestiona una idea casi universalmente aceptada: que la ciencia conduce siempre a la tecnología y esta, a su vez, a la innovación. Gobiernos, políticos, periodistas e intelectuales justifican el gasto público en ciencia como el combustible supremo de la innovación. Pero la historia ofrece también un patrón recurrente e inverso: es la invención la que engendra ciencia, y las técnicas que funcionan preceden a las explicaciones que las justifican. Las máquinas de vapor generaron la termodinámica, no al revés. El vuelo propulsado precedió a casi toda la aerodinámica. La metalurgia alumbró la química. Y la explicación de cómo actúan los antibióticos llegó mucho después de que ya estuvieran en uso. El autor concluye que la innovación genera ciencia en la misma medida en que deriva de ella.
 
El economista británico observa que los grandes imperios —egipcio, romano, Ming, otomano, habsburgués, soviético— han sido sistemáticamente menos innovadores que los sistemas políticamente fragmentados: las ciudades-estado italianas del Renacimiento, la Grecia clásica, los Países Bajos del siglo XVII, la Gran Bretaña victoriana con su pluralismo institucional. La centralización del poder político tiende a favorecer a las élites establecidas, a proteger los monopolios existentes y a sofocar la experimentación que requiere tolerar el fracaso. La innovación, por el contrario, prospera donde hay competencia entre jurisdicciones, movilidad de personas e ideas, y ausencia de un poder único con capacidad para prohibir lo nuevo.
 
La refutación que Ridley ofrece del libro de Mariana Mazzucato, El Estado emprendedor, merece especial atención. Mazzucato argumenta que el Estado ha sido el principal actor en las innovaciones más importantes del siglo XX, desde internet hasta el iPhone, y que el mercado por sí solo no habría generado esos resultados. El autor responde con precisión quirúrgica: la mayoría de los casos que la autora cita como innovación estatal son en realidad casos de "desbordamiento" no intencional —financiación dispersa que termina produciendo resultados que nadie había planificado— o bien casos en que el Estado actuó como cliente o regulador, no como innovador. Internet despegó cuando escapó del Departamento de Defensa y fue adoptado por universidades y empresas privadas. El protocolo TCP/IP se transformó en la infraestructura práctica de Internet a partir del desarrollo de Cisco, y no de una agencia gubernamental. La pantalla táctil fue una beca universitaria de investigación libre, no un proyecto dirigido. Más significativo aún es el argumento estructural que subyace a la crítica del autor: si el Estado fuera realmente la fuente principal de innovación, cabría esperar que las propias instituciones gubernamentales fueran las más innovadoras. Ocurre exactamente lo contrario. El Parlamento, los ministerios, los procedimientos administrativos son los territorios más refractarios al cambio que existe en cualquier sociedad moderna. Esto no es una anomalía: es la consecuencia lógica de que las instituciones que no compiten, que no pueden quebrar y que no reciben señales de precios carecen de los incentivos necesarios para innovar.
 
Ningún campo ilustra mejor la tesis central de How Innovation Works que el de la inteligencia artificial, cuya irrupción presenta los rasgos estructurales de una segunda revolución industrial en sus fundamentos epistémicos. Al igual que el vapor no fue producto de ningún mandato gubernamental sino convergencia gradual de metalurgia, física del calor y emprendimiento privado, el salto contemporáneo de la inteligencia artificial emerge de la confluencia no planificada de tres corrientes independientes: algoritmos de aprendizaje profundo desarrollados en relativa oscuridad académica, capacidad de procesamiento gráfico concebida originalmente para la industria del videojuego, y volúmenes masivos de datos generados por el comportamiento espontáneo de millones de usuarios. Ninguno de estos elementos fue diseñado para producir inteligencia artificial general; su convergencia, como la del carbón, el hierro y la máquina de vapor en la Inglaterra del siglo XVIII, fue resultado del proceso de recombinación descentralizada que Ridley identifica como mecanismo profundo de todo progreso.
 
Ridley traza un diagnóstico inquietante del presente: el mundo occidental no atraviesa un exceso de innovación sino una escasez de ella. Las grandes corporaciones, en cómoda connivencia con los grandes gobiernos, obstaculizan la entrada de nuevos competidores mediante barreras regulatorias, propiedad intelectual defensiva y licencias profesionales que elevan los costes de innovar para los pequeños y abaratan el statu quo para los instalados. Se identifica en este estancamiento una convergencia entre tres fuerzas que se refuerzan mutuamente: el gerencialismo corporativo, que prefiere controlar mercados antes que competir; la burocracia gubernamental, que multiplica reguladores, consultores y requisitos de cumplimiento normativo con efectos proporcionalmente más gravosos sobre las empresas pequeñas; y la neofobia activista, que invoca el principio de precaución para detener tecnologías beneficiosas antes de que la experiencia las evalúe.
 
La evolución reciente de la inteligencia artificial permite matizar parcialmente este diagnóstico. En Estados Unidos, la inteligencia artificial absorbió el 61% de toda la inversión de riesgo global en 2025 —según datos de la OCDE del 17/02/2026: Venture capital investments in artificial intelligence through 2025—, porcentaje que escaló al 80% en el primer trimestre de 2026 —datos de Crunchbase en varios análisis que resumen ese trimestre—, cuando solo cuatro empresas captaron el 65% del capital mundial en un único trimestre: OpenAI, Anthropic, xAI y Waymo. Esta concentración no es, sin embargo, equiparable a la rigidez que se critica en los sectores tradicionales: desarrollar los sistemas de inteligencia artificial más avanzados del momento, operar los centros de datos que los sustentan y mantener al mismo tiempo la calidad del servicio a millones de usuarios simultáneos exige una capitalización que ninguna empresa de tamaño convencional podría asumir. La escala no es aquí un síntoma de monopolio rentista sino una condición técnica del proceso innovador y creativo mismo. Donde el diagnóstico de Ridley sí conserva toda su vigencia es en Europa: las empresas tecnológicas más valiosas del continente —ASML, ARM, SAP— fueron fundadas entre 1972 y 1990, y el continente sigue sin haber engendrado un solo gigante digital comparable a Google, Amazon o Meta. En este caso la ausencia no se explica por requisitos de escala sino por el peso acumulado de la regulación, la debilidad de los mercados de capital y la aversión institucional al riesgo que Ridley identifica como los verdaderos enemigos del progreso.
 
El resultado es una civilización que se consume en trámites donde antes experimentaba. El contraste con China es revelador y paradójico: un régimen políticamente autoritario está generando más innovación que las democracias occidentales, precisamente porque deja al empresariado al margen de las triviales normas burocráticas que asfixian Occidente. El autor no celebra este fenómeno —advierte que el autoritarismo político terminará siendo un freno a su debido tiempo—, pero lo usa para subrayar que la burocracia democrática puede ser tan letal para la innovación como la tiranía política. La prosperidad no es un estado natural sino el producto frágil de condiciones institucionales que la hacen posible. La innovación depende de la libertad para surgir, la prosperidad depende de la innovación para sostenerse, y las sociedades que la estrangulan —sea mediante la regulación excesiva, los monopolios protegidos o la hostilidad sistemática a lo nuevo— se empobrecen.


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