Alvaro Vargas Llosa
Asociado Senior, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Tras pasar un tiempo en Singapur, estoy más convencido que nunca de que lo que ha llevado a esta isla a tener el segundo o tercer producto bruto interno per cápita más alto del mundo (medido en paridad de poder adquisitivo) no es su modelo socioeconómico “gestionado por el Estado” y “políticamente diseñado”, ni su política autoritaria, sino su libertad económica. Sin embargo, su cohesión social, su paz multiétnica y su bienestar, que están estrechamente vinculados al intervencionismo gubernamental, siguen suponiendo un desafío para nosotros, los liberales clásicos, que desearíamos que la libertad fuera el principio fundamental no solo de la prosperidad, sino también de otros resultados sociales deseables.
Cuando la Federación Malaya expulsó a la diminuta Singapur en la década de 1960, nadie esperaba que esta pequeña isla repleta de barrios marginales, carente de recursos naturales y tierras de cultivo, y con una mezcla de comunidades chinas, malayas e indias, llegara a ser varias veces más rica que Malasia unas décadas más tarde. Y no, el éxito no se debió al estrecho de Malaca ni a ningún otro factor natural. Más bien, fue el resultado de su pequeño gobierno, que ofrece un amplio grado de libertad económica, como bajos impuestos, comercio abierto, un entorno extremadamente propicio para los negocios, una protección eficaz de los derechos de propiedad y una moneda fuerte y estable. Sin estos fundamentos, el alto grado de autoritarismo político y de dirigismo orientado a obtener determinados resultados sociales no habría funcionado. Tomemos, por ejemplo, el plan de ahorro obligatorio de Singapur, el Fondo Central de Previsión (Central Provident Fund), destinado a financiar la vivienda, el seguro médico y la jubilación. Sí, el gobierno lo administra y lo garantiza, pero el plan depende de la riqueza que genera la libertad económica y de la buena gestión de sus propias finanzas por parte de un gobierno pequeño. Lo mismo ocurre con la vivienda pública, a la que la mayor parte de la población accede mediante precios y préstamos subsidiados. A diferencia del sistema socialista escandinavo, que terminó en bancarrota y tuvo que ser reemplazado por enfoques más favorables al mercado, el modelo singapurense no se basa en un alto grado de redistribución de la riqueza mediante una tributación confiscatoria. Sí, el gobierno posee participaciones importantes en varias industrias, entre ellas el transporte, las telecomunicaciones y las finanzas, a través de sus fondos soberanos de inversión GIC Private Limited y Temasek Holdings. Pero estas empresas son gestionadas como compañías privadas y no como organismos burocráticos gubernamentales. Por lo tanto, son competitivas y aportan elevados rendimientos al erario público a través de la Contribución de los Rendimientos Netos de las Inversiones (Net Investment Returns Contribution). Esto permite al gobierno, en parte, subsidiar determinados servicios sociales sin incurrir en déficits elevados ni debilitar la moneda. Nada de esto es necesario para alcanzar un alto nivel de bienestar social; objetivos igualmente satisfactorios podrían alcanzarse sin el rol económico que desempeña actualmente el gobierno. Pero, una vez más, el éxito de Singapur surge de un entorno económicamente libre que permite obtener elevados ingresos fiscales con una carga tributaria muy baja. ¿Habría sido posible la casi total ausencia de conflictos sociales en Singapur, a pesar de su diversidad étnica, cultural y religiosa, sin algún grado de intervencionismo gubernamental, como la limitación del porcentaje de representación de los distintos grupos étnicos en diversos barrios y zonas de la ciudad, así como las severas restricciones a la libertad de expresión sobre cuestiones políticas, religiosas y étnicas? No lo sé, al igual que no estoy completamente seguro de que un sistema político mucho más liberal, en el que el Partido de Acción Popular de Singapur no hubiera monopolizado el gobierno durante décadas, hubiera conseguido mantener el sistema de libertad económica.
Sin embargo, sí sabemos que Singapur es uno de los países menos corruptos del mundo. Eso no puede ser consecuencia de su sistema de predominio de un solo partido (la principal oposición es, en gran medida simbólica), de su prensa no libre ni de su control de la expresión pública y de los actos sociales, como los organizados por la comunidad LGBT, que se encuentran restringidos al Speakers’ Corner, salvo que se obtenga una licencia para celebrar espectáculos públicos. La mayoría de los países autoritarios son profundamente corruptos e ineficaces. En ese sentido, el éxito de Singapur probablemente se deba tanto a sus costumbres y tradiciones sociales como a su política autoritaria. Admito que parte de esto es pura especulación. Lo que sí sé es que Singapur es uno de los casos de éxito más fascinantes de la era moderna y que plantea un importante desafío moral e intelectual para quienes valoramos las libertades personales y políticas tanto como las económicas.
Traducido por Gabriel Gasave