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Venezuela: la ausencia del Estado presente

Gabriel Gasave
Director del Centro para la Prosperidad Global en el Independent Institute. Director, Economía de Mercado, Fundación Atlas para una Sociedad Libre. Premio a la Libertad 2006, otorgado por la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Hay imágenes que expresan la realidad mucho mejor que cualquier discurso. Después del terremoto del 24 de junio en Venezuela vimos a vecinos removiendo escombros con las manos, médicos trabajando con recursos mínimos, familias buscando desesperadamente a sus seres queridos y voluntarios haciendo lo que el Estado no podía hacer. En pocas horas quedó al descubierto una realidad que los venezolanos conocen desde hace años: el llamado “Estado presente” no apareció cuando más se lo necesitaba.
Y eso me hizo pensar que Venezuela, en realidad, sufrió dos terremotos. El más reciente fue obra de la naturaleza. El más antiguo comenzó en 1999, cuando el chavismo llegó al poder prometiendo construir un Estado fuerte, protector y capaz de resolver todos los problemas de la sociedad.
El movimiento telúrico duró apenas unos segundos mientras que el cimbronazo ideológico se ha extendido ya por más de un cuarto de siglo. Mientras uno derrumbó edificios, el otro fue debilitando lentamente la economía, las instituciones, la confianza y, sobre todo, la libertad.
Durante años el régimen insistió en que el Estado debía estar en todas partes. Expropió empresas, nacionalizó industrias, controló precios, reguló mercados, administró la producción, distribuyó alimentos, construyó viviendas y concentró cada vez más poder en manos del gobierno.
Pero mientras el Estado crecía, el país se achicaba.
Desaparecieron miles de empresas privadas, se destruyó la capacidad productiva, se espantó la inversión y la infraestructura se deterioró gravemente. Los hospitales comenzaron a funcionar con enormes carencias y los servicios públicos dejaron de responder. La corrupción, además, terminó consumiendo recursos que deberían haber servido para preparar al país frente a situaciones como la que hoy enfrenta.
El terremoto del pasado miércoles no solo movió las placas tectónicas; también dejó al descubierto todo aquello que el chavismo llevaba años intentando ocultar, aunque sin demasiado éxito. La mejor prueba de ello son los más de ocho millones de venezolanos que se han visto obligados a abandonar su país en busca de libertad y mejores oportunidades.
Cuando, tras la catástrofe, llegó el momento de actuar, Venezuela no tenía suficientes equipos de rescate, maquinaria pesada, hospitales preparados, insumos médicos ni capacidad logística para enfrentar una tragedia de semejante magnitud. Una vez más hubo que recurrir a la ayuda internacional para hacer aquello que un Estado debería poder garantizar por sí mismo.
Ese es el verdadero fracaso del modelo socialista venezolano. No importa cuántas empresas controle ni cuántas regulaciones imponga. Un Estado demuestra su fortaleza cuando es capaz de proteger la vida de sus ciudadanos en los momentos más difíciles. Y cuando llegó ese momento, simplemente no estuvo a la altura.
Hay otra coincidencia que resulta imposible ignorar. En diciembre de 1999, pocos meses después de la llegada de Hugo Chávez al poder, Venezuela sufrió la tragedia de Vargas, uno de los peores desastres naturales de su historia. Pero, a diferencia de aquel desastre, esta vez Venezuela llega mucho más pobre, con hospitales deteriorados, infraestructura abandonada, empresas destruidas y millones de jóvenes que emigraron. El Estado es hoy infinitamente más grande sobre el papel, pero muchísimo más débil en la realidad. Esa es, quizás, la mayor contradicción del socialismo venezolano.
Prometió un Estado capaz de resolverlo todo y terminó construyendo un Estado incapaz de cumplir incluso sus funciones más básicas.
Hay otro aspecto que tampoco puede pasarse por alto. Durante años el chavismo exhibió la Gran Misión Vivienda Venezuela como uno de sus grandes logros políticos. Después del terremoto comenzaron a circular imágenes y denuncias de viviendas construidas por ese programa que sufrieron graves daños e incluso colapsos. Serán las investigaciones técnicas las que determinen las responsabilidades de cada caso, pero, si se confirma que muchas de esas construcciones fallaron por problemas de calidad, estaremos frente a una metáfora dolorosamente ilustrativa de lo que ocurrió en Venezuela: cuando el Estado reemplaza la competencia, elimina los controles independientes y convierte la obra pública en propaganda política, la calidad deja de ser una prioridad.
Y al final, como tantas veces ocurre, lo barato termina saliendo muy caro. En este caso, demasiado caro, porque no se trata de dinero, sino de vidas.
Muchas veces se dice que el mercado falla y que por eso hace falta más Estado. Pero pocas veces se habla de los costos que tienen los fracasos del Estado.
Cuando un empresario construye mal responde ante la ley, pierde clientes o desaparece. Cuando quien construye mal es el Estado, rara vez alguien responde. La factura siempre termina pagándola la gente.
Por eso creo que el terremoto del 24 de junio deja una enseñanza que va mucho más allá de Venezuela. Los desastres naturales no pueden evitarse, pero las tragedias humanas sí pueden agravarse o aliviarse según la calidad de las instituciones de un país.
La diferencia entre una catástrofe y una tragedia prolongada muchas veces no está en la magnitud del terremoto, sino en la capacidad de una sociedad para responder. Y esa capacidad no aparece de un día para otro. Se construye durante años con instituciones sólidas, respeto por la propiedad privada, inversión, infraestructura, crecimiento económico y un Estado concentrado en cumplir bien sus funciones esenciales, no en controlar todos los aspectos de la vida de las personas.
La verdadera tragedia venezolana no fue solamente el terremoto del 24 de junio. Fue descubrir que, después de veintisiete años de construir un Estado que quiso hacerlo todo, ese mismo Estado ya no era capaz de hacer lo más importante: proteger, rescatar y curar a su propia gente.
La realidad, una vez más, demostró lo contrario.

Publicado en el Independent Institute.



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