Hace doscientos cincuenta años, en un modesto edificio de ladrillos rojos de Filadelfia, un grupo de hombres tomó una decisión que terminaría cambiando la historia. No estaban simplemente declarando la independencia de trece colonias frente al Imperio británico. Estaban desafiando una idea que había dominado a la humanidad durante siglos: que los derechos provenían de los reyes y que el poder estaba por encima de las personas.
El 4 de julio de 1776 ocurrió exactamente lo contrario. La Declaración de Independencia afirmó que todos los seres humanos nacen con derechos inalienables; que esos derechos no son concedidos por ningún gobierno y que la única razón legítima de existencia del Estado es protegerlos. Si deja de hacerlo, los ciudadanos tienen el derecho de cambiarlo.
Hoy estas ideas pueden parecer evidentes, pero entonces eran profundamente revolucionarias. Hasta ese momento, la historia había sido, en gran medida, la historia del poder. Reyes, emperadores e iglesias definían los límites de la libertad. Los autores de la Declaración invirtieron esa lógica: el individuo pasó a ocupar el centro y el gobierno quedó subordinado a la protección de sus derechos.
No nacía solamente un nuevo país, sino también una nueva forma de entender la libertad.
Los hombres que impulsaron ese cambio estaban lejos de ser perfectos y cometieron errores, algunos enormes. Sin embargo, tuvieron la lucidez de construir instituciones destinadas a limitar el poder porque comprendían una verdad que muchas sociedades aún olvidan: el mayor peligro para la libertad no suele ser la ausencia de gobierno, sino su exceso.
Pocos años después llegaría la Constitución y, con ella, uno de los sistemas de frenos y contrapesos más sofisticados jamás concebidos. Los Padres Fundadores desconfiaban del poder porque conocían la naturaleza humana. Sabían que ningún gobernante está libre de la tentación de abusar de su autoridad y diseñaron instituciones para impedirlo.
¿Funcionó aquel experimento? Basta mirar la historia. En apenas dos siglos y medio, Estados Unidos pasó de ser una pequeña república sobre la costa atlántica a convertirse en la economía más grande del mundo. Millones de inmigrantes llegaron buscando oportunidades y una extraordinaria ola de innovación transformó la vida cotidiana de la humanidad. Desde la producción en serie hasta Internet, desde la aviación hasta la inteligencia artificial, muchos de los avances que cambiaron el mundo encontraron allí un terreno fértil para desarrollarse.
Con frecuencia se atribuye ese éxito a la geografía o a los recursos naturales. Sin duda ayudaron. Pero otros países también poseen enormes riquezas naturales. Lo que hizo diferente a Estados Unidos fueron sus instituciones: el respeto por la propiedad privada, la seguridad jurídica, la libertad para emprender y la posibilidad de fracasar y volver a intentarlo. En otras palabras, la convicción de que las personas prosperan más cuando el Estado protege sus derechos que cuando pretende dirigir sus vidas.
Quizás nadie comprendió mejor esa diferencia que Alexis de Tocqueville. Cuando recorrió Estados Unidos en 1831 encontró una sociedad extraordinariamente dinámica, donde los ciudadanos resolvían muchos de sus problemas sin esperar la intervención del gobierno. Entendió que la fortaleza del país no descansaba únicamente en su Constitución, sino también en una cultura de libertad, responsabilidad y cooperación voluntaria. Las instituciones importan, pero solo perduran cuando existe una sociedad dispuesta a sostenerlas.
Otro francés, Frédéric Bastiat, también supo apreciar la singularidad del experimento estadounidense. En La ley, publicada en 1850, escribió que no existía otro país donde la ley permaneciera tan fiel a su verdadera misión: proteger la vida, la libertad y la propiedad. Precisamente por eso, afirmaba, el orden social descansaba allí sobre bases más sólidas que en cualquier otra nación.
Sin embargo, Bastiat advertía dos grandes excepciones al espíritu fundacional de Estados Unidos: la esclavitud y los aranceles. A primera vista parecen cuestiones muy distintas. Para Bastiat, sin embargo, ambas compartían un mismo problema. En los dos casos, la ley dejaba de proteger derechos para convertirse en un instrumento de privilegio: beneficiaba a unos a expensas de otros.
Su observación fue extraordinariamente premonitoria. Escribía apenas once años antes de la Guerra Civil y comprendió que la esclavitud no solo era una inmensa injusticia moral, sino también una negación de los principios proclamados en 1776. Una nación fundada sobre la igualdad de derechos difícilmente podía convivir para siempre con una institución que negaba esos mismos derechos a millones de personas.
Con los aranceles ocurría algo similar, aunque con consecuencias muy diferentes. Cuando el Estado utiliza la ley para favorecer a determinados productores obligando al resto de la sociedad a pagar precios más altos, abandona su verdadera función para convertirse en distribuidor de privilegios.
Bastiat entendió que ambas excepciones nacían del mismo error: el abandono del principio de igualdad ante la ley.
La esclavitud, la segregación racial, episodios de proteccionismo, guerras equivocadas, el crecimiento del Estado federal, una deuda pública descomunal y una polarización política cada vez más profunda recuerdan que ninguna nación está inmunizada contra sus propios errores.
Sería ingenuo negarlo. Pero también lo sería ignorar otro hecho: a pesar de todos esos problemas, ningún otro país sigue despertando tanta esperanza como Estados Unidos. Cada año cientos de miles de personas intentan llegar aquí. No porque crean que encontrarán un paraíso, sino porque saben que encontrarán algo mucho más valioso: la posibilidad de construir su propio futuro. La mayoría no espera que el gobierno los haga prosperar; simplemente espera que los deje intentarlo. Esa ha sido, desde 1776, la verdadera promesa estadounidense.
Las personas votan con los pies, y pocas veces ese voto resulta tan elocuente. No dejan atrás su hogar por capricho sino que lo hacen cuando sienten que han perdido la esperanza. Y durante dos siglos y medio, Estados Unidos ha sido el lugar donde millones de personas han vuelto a encontrarla.
Sin embargo, existe un desafío que me preocupa más que cualquier rival extranjero: el riesgo de que los propios estadounidenses olviden las ideas que hicieron grande a su país. Las sociedades rara vez pierden su libertad de un día para otro. Primero dejan de comprender por qué eran libres. Luego empiezan a aceptar como normales intervenciones del Estado que generaciones anteriores jamás habrían tolerado. Finalmente descubren que recuperar una libertad perdida es mucho más difícil que conservarla.
Quizás ese sea el mayor desafío de Estados Unidos en su aniversario número doscientos cincuenta: recordar que su verdadera fortaleza nunca estuvo en Washington, sino en las ideas que inspiraron su fundación.
Hay otro aspecto que siempre me ha parecido fascinante. La mayoría de las naciones nacieron alrededor de una etnia, una lengua, una religión o una historia común. Estados Unidos nació alrededor de una idea, y esa diferencia lo cambió todo.
Ronald Reagan solía decir que uno podía mudarse a Francia sin llegar a ser francés, o vivir toda una vida en Alemania sin convertirse verdaderamente en alemán. Estados Unidos sigue siendo distinto. Aquí cualquiera puede convertirse en estadounidense porque esta nación no estaba unida por la sangre, sino por un conjunto de ideales compartidos.
Esa sigue siendo, a mi juicio, una de las definiciones más acertadas del excepcionalismo estadounidense. La identidad nacional no depende del lugar de nacimiento, sino de la adhesión a unos principios de libertad, responsabilidad individual e igualdad ante la ley.
Esa es, precisamente, la idea que merece celebrarse doscientos cincuenta años después de aquel 4 de julio de 1776.
Hace algunos años llegué a Estados Unidos, como millones de inmigrantes antes que yo. Aquí encontré algo que hoy escasea en buena parte del mundo: instituciones que funcionan, una sociedad abierta y una cultura que todavía recompensa la iniciativa individual. Por eso siento una profunda gratitud y amor hacia este país. No porque crea que sea perfecto, sino porque conozco la alternativa. Nací en América Latina. He visto gobiernos que prometían justicia mientras destruían la libertad. He visto crecer al Estado al mismo ritmo que desaparecían las oportunidades. He visto a millones de personas abandonar sus países buscando exactamente aquello que Estados Unidos ofrecía desde hacía generaciones.
Para quienes llegamos desde otras tierras, el 4 de julio no es solamente una fecha en el calendario. Es el recordatorio de que las ideas tienen consecuencias.
Mientras haya hombres y mujeres dispuestos a cruzar fronteras para vivir bajo la protección de la ley y no bajo el capricho del poder; mientras haya padres que sueñen con un futuro más libre para sus hijos; mientras la esperanza siga teniendo a Estados Unidos como destino, será difícil encontrar otro país comparable.
Por todo ello, doscientos cincuenta años después de aquel 4 de julio de 1776, sigo creyendo que no ha existido otro país como este.
¡Feliz 250.º aniversario, Estados Unidos! Y gracias por haberme permitido formar parte de tu historia.
Publicado en el Independent Institute.