Defendiendo la
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desde 1998

¿Quién debe decidir qué es dinero?

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
La pregunta relevante no es si Argentina debería conservar el peso o adoptar el dólar. Plantear el debate en esos términos supone partir de una premisa equivocada. La cuestión de fondo es otra: ¿debe una sociedad seguir confiando a la clase política el poder de destruir periódicamente su moneda?
 
El verdadero debate no consiste en determinar cuál sería la mejor moneda posible, sino en decidir si el dinero debe continuar siendo un instrumento del poder político o recuperar su condición de institución surgida de la cooperación espontánea entre los individuos.
 
Gran parte de la discusión sobre política monetaria en Argentina gira en torno a cuestiones técnicas: el régimen cambiario, el nivel de reservas internacionales, la capacidad de respuesta frente a las crisis, los costos de transición o el margen de maniobra de la política monetaria. Sin embargo, todas ellas dependen de una cuestión previa: el diseño institucional que define quién controla el dinero y con qué límites puede hacerlo.
 
El núcleo del debate no enfrenta dos teorías monetarias, sino dos órdenes institucionales profundamente distintos. En uno, los gobiernos conservan la posibilidad de financiar el gasto público mediante emisión monetaria; en el otro, esa posibilidad desaparece.
 
La experiencia argentina, unida a la persistencia de una cultura política intervencionista y fiscalmente irresponsable, sugiere que las soluciones intermedias difícilmente produzcan resultados diferentes de los ya conocidos. El actual gobierno ha asumido un compromiso con la disciplina fiscal y ha propuesto reforzar la independencia del Banco Central, prohibir expresamente el financiamiento monetario del Tesoro y establecer límites más estrictos a la emisión.
 
Precisamente por ello, es a un gobierno fiscalmente responsable al que corresponde impulsar reformas institucionales de carácter permanente y extraordinariamente difíciles de revertir por futuras mayorías. La estabilidad monetaria no puede descansar en la expectativa de que los próximos gobiernos actuarán con la misma prudencia. La reacción del riesgo país ante la mera posibilidad de un regreso de fuerzas políticas dispuestas a recurrir nuevamente al financiamiento inflacionario pone de manifiesto que los mercados siguen desconfiando de la permanencia de las reglas del juego cuando estas dependen, en última instancia, de decisiones políticas futuras.
 
Con frecuencia el debate parte de una comparación engañosa. Se contrapone una moneda nacional administrada por autoridades prudentes e independientes con la adopción de una moneda extranjera. Pero esa alternativa pertenece mucho más al terreno de la teoría que al de la experiencia histórica. La comparación relevante no es entre el peso y el dólar, sino entre una moneda susceptible de ser utilizada para financiar déficits mediante inflación y un régimen que impida institucionalmente ese comportamiento.
 
Desde esta perspectiva, la dolarización no representa el sistema monetario ideal, sino una solución de segundo mejor (second best): una alternativa imperfecta que resulta razonable cuando las condiciones necesarias para un régimen monetario plenamente competitivo no existen. Su principal virtud no consiste en ofrecer una moneda superior, sino en impedir que el Estado recurra nuevamente a uno de los mecanismos que con mayor frecuencia ha utilizado para financiar su gasto.
 
Existe, además, un aspecto que suele pasar inadvertido. En Argentina la elección monetaria ya se produjo espontáneamente mucho antes de que la dolarización ingresara en la agenda política. En la práctica, el dólar constituye desde hace décadas la principal reserva de valor de las familias y la unidad de cuenta utilizada en las transacciones patrimoniales más relevantes. El peso, en cambio, ha quedado progresivamente relegado a las funciones que el propio ordenamiento jurídico y el sistema tributario obligan a desempeñar.
 
La dolarización, por tanto, no crearía un nuevo orden monetario. En buena medida, conferiría reconocimiento jurídico a un orden que la propia sociedad ya ha construido mediante sus decisiones cotidianas.
 
Paradójicamente, la reciente propuesta de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central de la República Argentina confirma este diagnóstico. Si resulta necesario reforzar su independencia, prohibir expresamente el financiamiento monetario del Tesoro y establecer nuevos límites a la emisión, ello implica reconocer que el problema argentino no residió únicamente en las decisiones de determinados gobiernos, sino en un diseño institucional que hizo posible su repetición.
 
Por rigurosa que sea, ninguna reforma legal elimina por sí sola el incentivo político a modificar nuevamente esas reglas cuando las circunstancias fiscales cambian. Las leyes pueden redefinir las competencias del Banco Central; no pueden impedir que futuras mayorías vuelvan a alterarlas. Tampoco pueden conferir al Estado argentino la facultad de crear dólares.
 
Por ello, la dolarización debe entenderse menos como la imposición estatal de una moneda extranjera que como el reconocimiento jurídico de una realidad monetaria previamente consolidada por la sociedad y como una restricción institucional destinada a impedir que el financiamiento inflacionario vuelva a convertirse en un instrumento habitual de la política fiscal. El Estado dejaría así de sostener artificialmente una moneda cuya utilización depende cada vez más de obligaciones legales y tributarias que de la confianza libremente otorgada por quienes la utilizan.
 
La experiencia ecuatoriana ilustra con claridad este punto. Incluso gobiernos alejados de las ideas de mercado preservaron la dolarización. No lo hicieron porque compartieran una determinada teoría monetaria, sino porque el dólar terminó convirtiéndose en el marco de referencia sobre el que millones de personas organizaron sus contratos, sus ahorros y sus expectativas. Una vez consolidada esa confianza social, revertirla dejó de ser únicamente una decisión económica para convertirse en una decisión políticamente muy costosa.
 
La experiencia argentina muestra el contraste. Durante décadas, gobiernos de orientaciones ideológicas muy diversas recurrieron reiteradamente a la emisión para financiar desequilibrios fiscales. No se trató de episodios excepcionales, sino de un patrón recurrente de ejercicio del poder. La inflación terminó convirtiéndose en una forma de financiamiento conveniente para quienes ejercían el poder y, por ello, difícil de abandonar.
 
El problema, por tanto, no consiste únicamente en diseñar mejores reglas monetarias. Consiste en reconocer que las instituciones solo resultan eficaces cuando existen incentivos para respetarlas. La historia argentina demuestra que, cada vez que la emisión ofreció una salida políticamente rentable, las restricciones terminaron cediendo.
 
La cuestión decisiva no es si una política monetaria prudente sería deseable. Pocas personas discutirían ese objetivo. La verdadera pregunta es otra: ¿existen razones para esperar que futuros gobiernos renuncien voluntariamente a un instrumento cuyo uso ha beneficiado sistemáticamente a quienes ejercen el poder, aunque sus costos hayan recaído sobre el conjunto de la sociedad?
 
Los beneficios económicos de la dolarización son ampliamente conocidos: la desaparición del impuesto inflacionario, el fin de las devaluaciones discrecionales, una mayor previsibilidad de los precios y de los contratos, menores primas asociadas al riesgo monetario y cambiario, tasas de interés más bajas, un mayor desarrollo del crédito de largo plazo, una credibilidad más sólida del régimen monetario y una disciplina fiscal más exigente. Sin embargo, todos ellos derivan de un cambio institucional previo y más profundo: el dinero deja de estar subordinado a las necesidades inmediatas de la política fiscal. Ese es, en última instancia, su mayor beneficio.
 
Reconocer las virtudes institucionales de la dolarización no equivale, sin embargo, a convertirla en el ideal de un orden monetario libre. Desde una perspectiva inspirada en Friedrich A. Hayek, el monopolio del dólar sigue siendo un monopolio monetario. Cambia la autoridad emisora, pero permanece la existencia de una moneda privilegiada por el ordenamiento jurídico. La dolarización reduce de forma drástica la capacidad de los gobiernos nacionales para manipular el dinero, aunque no elimina por completo el problema de fondo.
 
Esta precisión resulta esencial porque permite distinguir dos planos del debate. El primero es institucional y responde a una preocupación inmediata: cómo impedir que el poder político vuelva a utilizar la emisión como mecanismo de financiamiento. En ese terreno, la dolarización representa una respuesta eficaz para un país cuya historia demuestra una reiterada incapacidad para preservar una moneda estable.
 
El segundo plano es más profundo. Incluso suponiendo que la autoridad emisora fuera técnicamente competente e institucionalmente independiente, seguiría pendiente una cuestión decisiva: ¿existen razones para que el Estado conserve el monopolio sobre la definición del dinero?
 
Responder a esa pregunta exige abandonar momentáneamente la discusión sobre Argentina y volver a Carl Menger. Con frecuencia se afirma que Menger demostró el origen espontáneo del dinero. La afirmación es correcta, pero no alcanza a expresar la verdadera profundidad de su aporte. Su teoría no solo cuestiona la idea de que el dinero sea una creación del Estado; explica por qué ninguna autoridad puede decidir de antemano cuál será el bien que una sociedad elegirá como medio de intercambio.
 
La posición que Menger adoptó durante los debates sobre la reforma monetaria del Imperio austrohúngaro confirma esta interpretación. Su defensa del patrón oro no respondía a la idea de que el Estado debiera decidir cuál sería el dinero de la sociedad, sino al reconocimiento de que el mercado ya había seleccionado espontáneamente el oro como el medio de intercambio más apto. La función de la ley no consistía en crear esa realidad monetaria, sino en conferir estabilidad jurídica a un proceso de coordinación previamente generado por las decisiones de los propios individuos.
 
Para Menger, ningún bien nace siendo dinero. Un determinado activo adquiere esa condición porque, mediante un proceso continuo de prueba, error y aprendizaje, un número creciente de individuos descubre que resulta más fácilmente intercambiable que los demás. Su aceptación no depende de una decisión política, sino de un proceso evolutivo de coordinación social.
 
La liquidez, en consecuencia, no constituye una propiedad física del bien. Expresa una expectativa compartida acerca de la probabilidad de que otras personas también lo acepten en intercambios futuros. Y, como toda expectativa, depende de valoraciones subjetivas que cambian constantemente y permanecen dispersas entre millones de individuos. De esta observación se desprende una
consecuencia de enorme importancia. Si la liquidez depende de valoraciones subjetivas en permanente evolución, ninguna autoridad puede conocer de antemano cuál será la moneda que una sociedad preferirá conservar.
 
El conocimiento relevante nunca se encuentra concentrado en un organismo estatal, un banco central o un comité de expertos. Se encuentra distribuido entre millones de personas que revisan continuamente sus expectativas a la luz de nuevas circunstancias.
 
En este punto puede apreciarse con claridad la continuidad intelectual entre Menger y Hayek. Habitualmente se atribuye a Hayek la formulación del problema del conocimiento disperso y la explicación de cómo los órdenes sociales complejos surgen de procesos de coordinación que ningún planificador puede reemplazar. Todo ello es cierto. Sin embargo, esa intuición ya estaba implícita en la teoría monetaria de Menger.
 
Si el dinero emerge porque innumerables individuos ajustan constantemente sus expectativas acerca de qué bienes serán aceptados por los demás, entonces el conocimiento necesario para determinar cuál será la mejor moneda nunca puede centralizarse. Permanece inevitablemente disperso y cambia al mismo ritmo que cambian las preferencias, la información y las circunstancias de quienes participan en el mercado.
 
Esta conclusión modifica profundamente la forma de entender la competencia monetaria. Su justificación última no radica únicamente en que produzca mejores resultados económicos, sino en el reconocimiento de los límites del conocimiento humano. La competencia entre monedas constituye, antes que nada, un mecanismo institucional para descubrir qué activos merecen conservar la confianza de la sociedad. Del mismo modo que ningún planificador puede decidir qué empresas deberían sobrevivir en un mercado, tampoco puede determinar qué dinero conservará la confianza de millones de personas.
 
Desde esta perspectiva, la pregunta deja de ser cuál es la mejor moneda y pasa a ser quién debe decidir qué es dinero. Una sociedad verdaderamente libre no necesita encontrar una autoridad monetaria más prudente. Necesita instituciones que permitan a los individuos elegir libremente el medio de intercambio que consideren más confiable.
 
La consecuencia normativa de este planteamiento resulta clara. Si ninguna autoridad posee el conocimiento necesario para determinar cuál será la moneda que una sociedad preferirá utilizar, tampoco existen razones para que el Estado conserve el monopolio de esa decisión. Su función no debería consistir en seleccionar el dinero de los ciudadanos, proteger una moneda determinada o garantizar artificialmente su aceptación. Debería limitarse a asegurar el cumplimiento de los contratos libremente celebrados, cualquiera que sea el medio de intercambio elegido por las partes.
 
Ese horizonte exige una transformación más profunda que la simple sustitución de una moneda por otra. Supone eliminar el curso forzoso, garantizar la plena libertad contractual en materia monetaria, permitir la competencia entre monedas nacionales, extranjeras, privadas y digitales, retirar progresivamente los privilegios jurídicos del banco central y establecer una estricta neutralidad legal y tributaria entre los distintos medios de intercambio, con independencia del régimen bancario que termine prevaleciendo. En un régimen verdaderamente libre, la aceptación de una moneda dependería exclusivamente de la confianza que inspire a quienes deciden utilizarla.
 
Naturalmente, una transformación de esa naturaleza no puede producirse de forma inmediata. Las instituciones evolucionan gradualmente y los hábitos monetarios también. Precisamente por ello, la dolarización adquiere sentido como una solución institucional de segundo mejor. No representa el destino final de un orden monetario libre, sino una etapa capaz de eliminar el principal mecanismo mediante el cual el poder político argentino ha deteriorado durante décadas la confianza en su moneda.
 
Solo una vez cerrada esa vía resulta posible avanzar hacia un sistema basado en una genuina libre competencia entre medios de intercambio. Entendida de este modo, la dolarización deja de ser un punto de llegada para convertirse en un punto de partida. Su importancia no reside únicamente en los beneficios económicos que pueda generar a corto plazo, sino en el cambio institucional que introduce: sustrae el dinero del ámbito de decisión ordinaria de la política y reduce la capacidad del Estado para utilizar la inflación como instrumento de financiamiento.
 
El caso argentino, además, trasciende ampliamente sus propias fronteras. Obliga a replantear una cuestión que afecta a cualquier sociedad: ¿hasta qué punto debe el poder político controlar una institución cuyo funcionamiento incide directamente sobre el valor del trabajo, del ahorro y de los contratos?
 
Durante generaciones se ha asumido que el Estado debía monopolizar la moneda y que el desafío consistía únicamente en encontrar gobernantes suficientemente prudentes para administrarla. La experiencia argentina, junto con la de tantos otros países, invita a poner en duda esa premisa. El problema no parece residir exclusivamente en la calidad de quienes ejercen el poder, sino en la existencia de un diseño institucional que ofrece incentivos permanentes para utilizar la emisión en beneficio del propio gobierno, trasladando sus costos al conjunto de la sociedad.
 
Desde esta perspectiva, la cuestión deja de ser si el peso es preferible al dólar o si el dólar es preferible a cualquier otra moneda. Esas comparaciones, aunque importantes, permanecen en un plano secundario. La pregunta verdaderamente decisiva es quién debe decidir qué es dinero.
 
Si se acepta que el dinero es una institución que emerge de la cooperación social y que ninguna autoridad dispone del conocimiento necesario para identificar de antemano cuál será el medio de intercambio más confiable, la respuesta resulta difícil de eludir. La confianza monetaria no puede imponerse mediante decretos; solo puede surgir de las decisiones libres de millones de individuos que coordinan sus expectativas en el mercado.
 
La discusión argentina sobre la dolarización adquiere así un significado más amplio. Constituye un paso relevante porque limita la posibilidad de repetir un patrón histórico de abuso monetario. Pero también recuerda que la libertad monetaria comienza allí donde el Estado deja de imponer una moneda y reconoce el derecho de las personas a elegir aquella que merece su confianza.
 
En última instancia, esa es la verdadera enseñanza que ofrece el caso argentino. Las instituciones más valiosas no son aquellas que confían en la prudencia de quienes gobiernan, sino las que reconocen los límites del poder y del conocimiento humanos. Del mismo modo que una sociedad libre no necesita que el Estado decida qué bienes producir, qué precios establecer o qué contratos celebrar, tampoco necesita que determine qué dinero merece la confianza de sus ciudadanos.
 
La pregunta inicial adquiere así todo su sentido. ¿Quién debe decidir qué es dinero? La tradición inaugurada por Carl Menger y desarrollada por Friedrich A. Hayek ofrece una respuesta inequívoca: no el gobierno, no el banco central y no un comité de expertos. En una sociedad libre, esa decisión corresponde a los propios individuos, cuyas elecciones, coordinadas espontáneamente en el mercado, constituyen el único procedimiento compatible tanto con los límites del conocimiento humano como con el principio de libertad.
 
 
 
El lector encontrará un desarrollo más amplio de las ideas aquí expuestas en los siguientes artículos del autor:
 
Carl Menger y el abandono de toda política monetaria: una inspiración para la Argentina.
 
Carl Menger y la reforma del régimen monetario argentino.


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