Pablo Benitez Jaccod
Docente y titular de Fundación Progreso y Libertad, Neuquén. Licenciado en Relaciones Internacionales. Magister en Economía Política.
La ocupación de
la Patagonia en el último cuarto del siglo XIX fue una visionaria decisión de
Estado que respondió a una congruente lectura de cómo maximizar el interés
nacional, entendido como todo aquello que hace a la prosperidad de la nación.
Para las reglas del sistema internacional decimonónico, la soberanía no era un
atributo declarativo sino el resultado de la ocupación efectiva. La Patagonia
de 1878, débilmente administrada, era percibida por las potencias en términos
geopolíticos, como un ´´espacio abierto´´ o espacio próximo a la condición de
´´terra nullius´´ (tierra de nadie). Como recordaba el derecho clásico desde
Vattel, formalizándose operativamente en la Conferencia de Berlín, el título
territorial se consolidaba con presencia administrativa, control militar y
ejercicio continuo de autoridad.
La visión
estratégica de Julio A. Roca de avanzar hacia el sur es comparable a la compra
de Alaska por parte del secretario de Estado W. Seward en 1867. Ambos
territorios fueron calificados como inhóspitos e inútiles, y en el caso
norteamericano fue catalogado de ´´locura´´ (“Seward’s folly”). Roca, como
Seward, apostó por la soberanía futura antes que por beneficios visibles.
Charles Darwin había definido a la Patagonia como un “terreno baldío” o “océano
petrificado”. Roca comprendía que esa imagen no equivalía a irrelevancia
estratégica, ya que el valor de un territorio no se mide solo por su
productividad agrícola, sino por el acceso marítimo, el control de rutas, la
proyección antártica y la posición frente a otras potencias. Mientras Chile se
concentraba en la Guerra del Pacífico y el guano, las fuerzas argentinas
avanzaban en la Patagonia. Solo esa ocupación real hizo posible el Tratado de
Límites de 1881.
Otro factor
decisivo era la dimensión atlántica. Con Malvinas en manos británicas desde
1833, la colonia galesa en Chubut y misiones en Tierra del Fuego existía el
riesgo de una penetración indirecta. El capital británico podía asentarse
mediante colonización privada e influencia económica o religiosa. El presidente
Avellaneda advirtió ese peligro al recordar que Gran Bretaña había intervenido
en Abisinia para rescatar a sus súbditos británicos. La doctrina de protección
de nacionales se invocaba para legitimar la coerción de las potencias,
principio también invocado en el S.XIX por el Imperio Ruso frente al Imperio
Otomano bajo el pretexto de proteger a los ´´cristianos ortodoxos´´.
Esa capacidad de
anticipación es lo que hoy conocemos como foresight estratégico, el cual
consiste en imaginar escenarios posibles e intervenir antes de que los hechos
se impongan. Roca no esperó a que el valor económico se materializara, sino que
consolidó el control territorial e impulsó las condiciones para su integración
productiva. Como él mismo sostenía, “el comercio sabe mejor que el gobierno lo
que le conviene; la verdadera política consiste en dejarle la más amplia
libertad. El Estado debe limitarse a establecer las vías de comunicación y a
levantar el crédito público en el exterior”.
En el siglo XXI
esa misma lógica se reactualiza. La Patagonia, con Vaca Muerta, reconfigura la
posición geopolítica de la Argentina y de Neuquén. Pero el valor estratégico se
amplía ahora hacia un nuevo factor de poder. la infraestructura de inteligencia
artificial.La IA a escala industrial exige centros de datos de alta densidad
energética que consumen enormes cantidades de electricidad y generan calor
intenso. En ese contexto, el clima frío deja de ser una debilidad y se
transforma en ventaja competitiva. Las bajas temperaturas de la Patagonia
reducen de manera significativa los costos de refrigeración —uno de los
principales gastos operativos de estos complejos— y disminuyen la dependencia
de sistemas de enfriamiento intensivos en agua. A esa condición climática se
suman tres elementos que solo un territorio soberano y consolidado puede
ofrecer: energía abundante (hidrocarburos de Vaca Muerta y potencial eólico),
disponibilidad de grandes superficies y estabilidad institucional. Australia
compite por los mismos proyectos, pero enfrenta mayores tensiones hídricas y de
red eléctrica. La combinación resulta especialmente atractiva para los grandes
operadores tecnológicos.
El paralelo con
el Ártico es iluminador. Allí, la tecnología actual convirtió en recursos
críticos minerales que hace pocas décadas carecían de valor comercial. De
manera análoga, el auge de la inteligencia artificial revaloriza los
territorios fríos, energéticamente densos y poco densamente poblados del sur.
La decisión de Roca no solo aseguró soberanía territorial, sino que creó las
condiciones físicas y políticas que hoy permiten a la Argentina competir por la
instalación de futuras “fábricas de cómputo” y por la infraestructura digital
que las sostiene. Sin esa soberanía efectiva temprana, el sur argentino no
estaría en condiciones de aspirar a estos nodos de poder tecnológico.
Publicado en Río Negro.