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Gobernar bajo la sombra del pasado y la incertidumbre del futuro

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
La Argentina no sólo es rehén de las malas decisiones de sus gobiernos pasados. También lo es de la incertidumbre que generan sus posibles gobiernos futuros. El presente económico del país se explica tanto por la memoria de sus errores como por la desconfianza respecto de su porvenir.


Décadas de inflación, déficit fiscal, regulaciones asfixiantes, privilegios corporativos y una progresiva erosión del derecho de propiedad explican buena parte de la decadencia argentina. Sin embargo, ese diagnóstico resulta incompleto. Los inversores no toman decisiones mirando únicamente lo que ocurrió, sino anticipando lo que probablemente ocurrirá. En definitiva, el verdadero desafío argentino no consiste solo en corregir la herencia recibida, sino en hacer creíble que las reglas que hoy intenta consolidar el gobierno de Javier Milei sobrevivirán a las próximas administraciones.


Las economías se construyen sobre las expectativas del futuro. Cada inversión de largo plazo, cada proyecto minero, energético, industrial, agropecuario o vinculado a nuevas tecnologías, cada adquisición de tierras y cada contrato relevante incorporan una pregunta inevitable: ¿seguirán vigentes las reglas actuales cuando cambie el gobierno?


Esta es, probablemente, la principal restricción institucional que enfrenta hoy la Argentina. El problema no consiste únicamente en haber acumulado malas políticas durante décadas. Consiste en la capacidad del país para convencer a quienes invierten, producen o generan empleo de que las buenas políticas sobrevivirán al próximo recambio de gobierno. Allí donde las reglas dependen de mayorías circunstanciales y no de instituciones sólidas, el futuro se vuelve incierto y esa incertidumbre termina condicionando todas las decisiones del presente.


Desde esta perspectiva, Javier Milei enfrenta un desafío que trasciende ampliamente la estabilización macroeconómica. No gobierna únicamente bajo la sombra del pasado. Gobierna, además, bajo la incertidumbre del futuro.


Los inversores no descuentan solamente las decisiones del gobierno actual. También evalúan la probabilidad de que las futuras alternativas de gobierno restablezcan controles, reconstruyan privilegios, alteren nuevamente los derechos de propiedad o reviertan las reformas que hoy comienzan a implementarse. El éxito de las políticas presentes depende, en buena medida, de la confianza que inspire su permanencia.  Cuando esa confianza es escasa, las inversiones también lo son.


Los acontecimientos de la última semana, ocurridos durante el tratamiento en el Senado del proyecto de ley sobre la inviolabilidad de la propiedad privada, ilustran con claridad esta realidad. El propio Poder Ejecutivo debió retirar, sin siquiera someterlo a votación, el capítulo que buscaba flexibilizar la Ley de Tierras Rurales —la norma que limita al quince por ciento la participación extranjera en la titularidad de tierras rurales— después de comprobar que no contaba con los votos necesarios ni siquiera para la versión atenuada que elevaba ese tope al veinticinco por ciento.


Que el oficialismo haya debido resignar primero la eliminación completa del límite, luego un techo intermedio y, finalmente, el capítulo entero, antes de que el Senado llegara a pronunciarse, revela mucho más que una concesión política: revela que una parte importante de la dirigencia política continúa considerando legítimo que el Estado determine quién puede comprar una propiedad según la nacionalidad del adquirente y que ni siquiera el Gobierno impulsor de la reforma logra sostener esa convicción con el respaldo de sus propios aliados.


Sin embargo, la Constitución de 1853 entendía exactamente lo contrario. Sus artículos 20 y 25 reconocieron a los extranjeros el derecho de adquirir, poseer y enajenar bienes raíces en igualdad de condiciones con los ciudadanos argentinos, y prohibieron expresamente al Gobierno federal restringir la inmigración de quienes vinieran a trabajar la tierra, desarrollar las industrias o introducir conocimientos. Aquella generación comprendía que la riqueza de una nación no depende del origen del propietario, sino de su capacidad para atraer personas, capitales y talento.


El argumento de la "soberanía sobre los recursos estratégicos" tampoco resiste un análisis riguroso. Ningún recurso deja de ser argentino porque cambie la nacionalidad de quien lo explota. La tierra permanece donde estaba, sujeta a la ley argentina; los minerales continúan en el subsuelo y los hidrocarburos no abandonan el territorio nacional. Lo que cambia es la posibilidad de incorporar inversión, tecnología y conocimiento para transformarlos en riqueza.


La historia argentina ofrece una refutación contundente a quienes desconfían de la participación extranjera. Si la Argentina de fines del siglo XIX hubiera impuesto restricciones a la adquisición de tierras por parte de extranjeros como las que rigen hoy, difícilmente habría podido atraer el volumen de inmigración, capital y conocimientos que hicieron posible su extraordinario proceso de expansión económica. La apertura a quienes venían a invertir, producir y poblar el territorio fue una condición esencial de ese éxito, no una amenaza para su soberanía.


Resulta significativo que, en medio de esa negociación por la Ley de Tierras, el propio Ejecutivo haya apelado ante el Senado a los mismos artículos 20 y 25 de la Constitución de 1853 para sostener que la norma vigente es inconstitucional. El argumento coincide con el que aquí se sostiene, pero su sola necesidad —invocar a la generación fundadora para legitimar una reforma contemporánea— confirma cuán débil es hoy el consenso sobre un principio que aquella daba por evidente.


Este episodio envía una señal que trasciende ampliamente sus efectos inmediatos. Informa a quienes deben comprometer capital durante las próximas décadas que las reformas actuales todavía no cuentan con el respaldo institucional suficiente para garantizar su continuidad. La necesidad de implementar el RIGI y Super RIGI son prueba de ello. La incertidumbre no proviene únicamente de las variables económicas; proviene, sobre todo, de la fragilidad política de las reglas.


Esa es la diferencia fundamental entre las naciones prósperas y aquellas que permanecen atrapadas en el estancamiento. Las primeras consiguen que las reglas sobrevivan a los gobiernos. Las segundas obligan a reconstruir la confianza cada vez que cambia la administración. Allí donde las instituciones son fuertes, el futuro se convierte en un activo. Allí donde son débiles, el futuro pasa a ser un riesgo.


En consecuencia, el verdadero desafío argentino no consiste únicamente en equilibrar las cuentas públicas, estabilizar la moneda o reducir el tamaño del Estado. Consiste en construir instituciones que vuelvan extraordinariamente costoso para cualquier gobierno futuro deshacer las reglas que permiten crear riqueza. Mientras la propiedad privada, la libertad contractual y la competencia dependan de la identidad del próximo presidente, Argentina seguirá pagando una elevada prima de desconfianza.


Porque las sociedades no prosperan cuando confían en un gobierno. Prosperan cuando confían en que las reglas sobrevivirán a todos los gobiernos.
 

Una exposición más amplia de esta tesis puede encontrarse en:

De Alberdi al RIGI: en busca de la prosperidad perdida.
Disponible en:
https://www.fundacionatlas.org/index.php?m=art&s=9097
 


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