Elena Valero Narváez
Historiadora, analista política y periodista. Autora de “El Crepúsculo
Argentino. Lumiere, 2006. Miembro de Número de la Academia Argentina de Historia.
El
futuro de nuestro país dependerá de la suerte que tenga el actual gobierno para
cambiar el sistema fracasado en el pasado pero prendido en la mente de, todavía,
muchos argentinos, sobretodo en la de próximos candidatos para las elecciones
del 2027.
El
problema fundamental que la Argentina tiene, de cara al futuro, es
convencer que la alternativa es la elección entre prolongar el sistema
autoritario que se ha presentado durante años bajo la forma aparentemente
democrática o la implantación de un verdadero sistema liberal. Los argentinos
tendrán que elegir, otra vez el año que
viene, entre acentuar la decadencia, o
el resurgimiento de un país tan castigado por la política intervencionista,
dirigista, de desorden monetario y con
fuerte tinte autoritario de los gobiernos kirchneristas. Las alternativas que
existen y proclaman defender ideas liberales, en la práctica son
socialdemócratas, por lo cual no sirven para hacer progresar al país. Ya lo han
demostrado. El sobredimensionamiento del Estado, justificado con ideas
socialistas y keynesianas, ha destruido
la economía, aumentando la inflación y disminuido la productividad. Los avances del Estado sobre la economía, las
múltiples regulaciones, las interferencias de todo tipo al mercado y la
inflación han ahogado la vida de los argentinos y llevado a repetidas crisis.
Lo
interesante es que poco a poco, desde fines de los 80 en adelante, hubo un cambio
en parte de la opinión pública: ha cobrado importancia el deseo de que el
Estado vuelva a las funciones que le son propias, se desregule la economía, se
limite la burocracia y el poder del sindicalismo, entre otras cosas saludables
para la República. Ello está siendo aprovechado por el Gobierno para intentar
revertir las políticas negativas para el progreso y poder introducir las
reformas estructurales que cambiarán la matriz antiliberal que tiene el país
desde hace tantos años. Ello, hay que subrayarlo, va a llevar enorme sacrificio y mucho
esfuerzo, como lo estamos observando.
La
capacidad de sintetizar depende en gran parte de la aptitud de explicar cómo no
todo aquello que suena como algo posible es correcto y muchas cosas que son
correctas no parecen plausibles la primera vez que se las presenta. El enfoque
excesivamente teórico del Presidente
pasa por alto, muchas veces, la
tensión que lleva consigo la toma de una decisión en momentos cruciales como
este. Lo que pueda ser importante para
la política no solo depende de una verdad académica sino también de lo que
pueda imponerse bajo un clima de tensión. A veces su utilidad depende de un
criterio exclusivamente psicológico.
Para
ser políticamente inteligibles, sus
propuestas deben ser comprendidas y aceptadas por la gente. La explicación del
plan económico y su publicidad son de suma importancia pues de ello depende la
confianza que la opinión pública le otorgue al Gobierno y la afluencia de
capitales al país. Para satisfacer las necesidades de la población se necesitaría
no solo bajar la inflación sino también
trabajo y productividad. Vivimos en un círculo vicioso donde no se puede
ahorrar y formar capitales, la recesión y la todavía alta inflación lo impiden.
Para colmo no se puede atacar ambos problemas careciendo de capital. Hacia allí se está dirigiendo el esfuerzo, se están tomando medidas para
que regresen los capitales argentinos y lleguen capitales extranjeros; vendrán si se afianza la confianza, se ofrece
seguridad, estabilidad política y jurídica, como también expectativas de un retorno
apropiado. El Estado, además, debería
deshacerse de todas las actividades económicas que aún, indebidamente, realiza y transferirlas al sector privado, transformar
a fondo la economía. Las resistencias y obstáculos que provoca parte de la
oposición, pueden ser motivo que determine
el fracaso de los planes de transformación.
La
actual administración ha realizado mucho: dejó de emprender obras faraónicas y
empresas antieconómicas, sobredimensionadas, por razones meramente
políticas, no financió más el déficit, disminuyendo,
de ese modo, el índice inflacionario, derogó la ley de
alquileres, eliminó las regulaciones de precios, desreguló el sector aero-comercial
y abrió la economía, simplificando además el comercio exterior y liberando,
también, el Mercado de Capitales y
Seguros. Acaba de cambiar la Carta Orgánica del Banco Central, consiguió la
aprobación de la Ley Laboral, la regulación de servicios esenciales, la eliminación
de los intermediarios y la reducción del
Estado, entre muchísimos otros logros.
Es cierto, que muchas de sus medidas trajeron recesión
y afectaron la actividad industrial, el
consumo masivo, y al poder adquisitivo, pero fueron necesarias para la recuperación, la cual se hará notar en un mediano plazo. . Recién están apareciendo los primeros signos del
progreso, en una carrera cuyo
significado no todos comprenden.
No se
arregla el tsunami kirchnerista en 4 años. Tampoco se puede pretender que se
cumpla, en absoluto, con todo lo prometido; creer en las soluciones totales, sería como
pedirle peras al olmo. Lo importante es
que se realice todo lo que, humanamente,
se pueda, dejando el camino libre de
malezas para que en el futuro se pueda consumar, con más facilidad, por lo ya hecho, el cambio que se anhela. El
gobierno solo puede tener éxito si logra un consenso con respecto a los
objetivos que pretende, tanto en el interior como en el exterior del país.
Debería preguntarse qué grado de
complejidad se puede afrontar sin compañía.
La histeria de Argentina es, en parte, consecuencia de una estructura interior en
donde los partidos carecen de la responsabilidad necesaria y los ministros se
ven obligados a mantener el equilibrio entre un presidente que actúa, en
demasiadas ocasiones, individualmente, con un estilo poco conciliador y un Congreso
donde al presidente le es muy difícil
obtener, sobre buena parte de sus
representantes, influencia gubernamental. La negociación debería ser el mecanismo de la estabilidad ya que
presupone el mantenimiento del orden.
Javier
Milei parece creer que la forma más fácil de obtener consenso es por medio de
arranques de pasión, ellos pueden
inquietar a los países que quieren tener alguna relación comercial con
Argentina y a buena parte de los votantes. Además, la política exterior se hace inestable cuando
en su estructura interior no se hace nada para parar las improvisaciones
caprichosas e incluso se le otorga un premio a las mismas. Para Argentina sería
conveniente reducir las confrontaciones a un mínimo, lo mejor sería seguir con
una cooperación estrecha con los países occidentales, como se está haciendo con
EEUU, minimizando costos y riesgos. La
confrontación en política no nos hace ganar nada, solo satisfacciones
emocionales que no llevan a ningún lado, no tienen nada que ver con el honor y
la dignidad nacionales, por el contrario, nos alejan de inversiones y aumentan los
costos y riesgos en vez de reducirlos.
El Gobierno necesitará, si quiere ganar las
elecciones, desplegar todo el arte expositivo para sintetizar y hacer
comprensible lo que se está haciendo y adónde se pretende llegar, sin olvidar
corregir errores y señalar, con énfasis, las consecuencias positivas que las medidas
aportarán, en un futuro no muy lejano.
Por el bien del país, como gran parte de los argentinos, le deseo lo mejor.