Defendiendo la
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Revisión de las tesis de Robert Higgs y Tyler Cowen a partir de la experiencia reformista de Milei

Ignacio Delfino
Ignacio Delfino. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por el Departamento de Economía Aplicada V de la Universidad Complutense de Madrid.
En Crisis y Leviatán, Robert Higgs plantea una tesis que se ha convertido en una referencia fundamental para comprender el crecimiento del Estado: las grandes crisis —guerras, depresiones y emergencias nacionales— tienden a ampliar extraordinariamente sus funciones y su autoridad. El mecanismo fundamental es el ratchet effect, o efecto trinquete: durante una crisis, el Estado avanza rápidamente y, una vez superada la emergencia, puede producirse cierto retroceso, pero una parte de las nuevas facultades permanece. Las instituciones creadas durante ese proceso generan beneficiarios, burocracias e intereses organizados capaces de resistir su posterior eliminación. El resultado es un nivel de intervención estatal superior al que habría existido sin la crisis.

La Argentina de 2023 representaba una expresión extrema del agotamiento del modelo estatista: inflación extraordinariamente elevada, déficit crónico, endeudamiento, controles, subsidios y una extensa red de regulaciones. La llegada de Javier Milei al Gobierno permite explorar una posibilidad inversa: que una crisis profunda, en lugar de desencadenar una expansión duradera del poder estatal, pueda abrir una ventana para reducir su tamaño y, sobre todo, su ámbito de actuación.

La cuestión no consiste simplemente en plantear una dinámica inversa a la descrita por Higgs. Una misma crisis puede ser aprovechada por una ideología estatista para ampliar el Leviatán o, bajo determinadas condiciones, por una ideología antiestatista para cuestionar las estructuras acumuladas durante su expansión.

En términos esquemáticos:

crisis + ideología estatista → efecto trinquete expansionista

crisis + ideología antiestatista → posibilidad de reversión del trinquete

La experiencia argentina permite, por tanto, examinar qué condiciones podrían hacer posible esa segunda dinámica.


Más allá del ajuste fiscal

Este punto resulta esencial para evaluar adecuadamente la experiencia argentina. El Gobierno de Milei ha reducido significativamente el gasto y el déficit, y ha iniciado un proceso de reducción del empleo público. El sector público nacional registró superávit financiero en 2024 y 2025 y ha mantenido resultados positivos durante 2026. También se han eliminado organismos, cargos y estructuras administrativas.

Pero el interrogante decisivo es más profundo: ¿ha disminuido también la autoridad efectiva del Estado sobre las decisiones de individuos y empresas?

La política de desregulación permite responder mejor a esta pregunta. El Gobierno ha impulsado la eliminación o modificación de miles de normas y artículos. Si estas reformas reducen de manera permanente la capacidad de funcionarios y organismos para autorizar, regular o controlar actividades anteriormente sometidas a su intervención, entonces no estamos únicamente ante una política de austeridad fiscal, sino ante una reducción del scope, o ámbito de actuación, del Estado.

La distinción es importante. El tamaño del Estado puede aproximarse mediante indicadores como el gasto, los ingresos o el empleo público; su alcance exige observar hasta qué punto las decisiones económicas permanecen en el ámbito del mercado y de la cooperación voluntaria o, por el contrario, son desplazadas hacia la esfera de decisión de los funcionarios. Un Estado puede gastar relativamente poco y, sin embargo, intervenir ampliamente mediante permisos, prohibiciones, regulaciones y controles. Del mismo modo, puede reducir el gasto sin alterar sustancialmente esa capacidad de intervención.

Por ello, el significado de la llamada «motosierra» no debe medirse únicamente por el ahorro presupuestario. También importa determinar qué funciones están siendo eliminadas, cuáles han dejado de estar sometidas a regulación y cuáles están siendo devueltas a mecanismos de mercado y decisiones descentralizadas. Del mismo modo, habrá que observar cuáles estructuras simplemente están cambiando de forma y podrían generar nuevas modalidades de intervención en el futuro.

Los primeros resultados permiten plantear una hipótesis favorable. Según el INDEC, el nivel de actividad económica, medido por el EMAE, aumentó un 6,7 % entre diciembre de 2023 y diciembre de 2024 y un 3,5 % entre diciembre de 2024 y diciembre de 2025, después de más de una década marcada por el estancamiento y la pérdida de ingreso por habitante. Las proyecciones disponibles apuntan asimismo a una continuidad del crecimiento. La pobreza, tras el fuerte aumento inicial asociado al sinceramiento de precios y a la corrección de los desequilibrios acumulados, habría descendido posteriormente hasta niveles cercanos al 28 %.

También resulta relevante la composición del crecimiento. Sectores vinculados con la energía, la minería, la agroindustria y las actividades orientadas a la exportación de servicios, materias primas y manufacturas muestran una expansión particularmente intensa. Las exportaciones han aumentado a un ritmo muy superior al del producto desde 2023.

Si esta tendencia se afianza, la experiencia argentina ofrecerá un argumento relevante desde una perspectiva de economía de mercado: reducir el alcance del Estado no implica necesariamente retraer la actividad económica. Puede, por el contrario, modificar los incentivos, reducir costes de transacción y barreras de entrada y permitir que el proceso de descubrimiento empresarial determine qué actividades son capaces de expandirse.

Cuando el Estado deja de decidir de antemano quién puede producir, en qué condiciones y bajo qué reglas, una mayor parte de ese proceso queda en manos de empresarios y consumidores. La prueba definitiva, sin embargo, será la persistencia de estas transformaciones y su traducción en aumentos sostenidos de productividad, inversión y salarios reales. La relevancia de la reforma reside precisamente en esa posibilidad: no solo reducir el gasto público, sino devolver progresivamente al mercado la capacidad de coordinar decisiones que durante décadas estuvieron condicionadas por la intervención estatal.


La sociedad que perdió dinamismo

Tyler Cowen, en The Complacent Class, introduce una dimensión que amplía este análisis. Su tesis describe una sociedad progresivamente más aversa al riesgo, al cambio y a la experimentación. La búsqueda de seguridad y comodidad puede producir efectos colectivos no deseados: menor movilidad, menor creación empresarial, restricciones que dificultan la construcción y la movilidad residencial, menor dinamismo y una creciente resistencia a modificar el statu quo. Aunque Cowen analiza una sociedad desarrollada como la estadounidense, en la que estos factores pueden reducir los incentivos al riesgo y al cambio, en Argentina mecanismos como los subsidios, la protección y la intervención estatal pueden haber desempeñado una función parcialmente análoga, al reducir los incentivos a la movilidad, la experimentación y la iniciativa empresarial.

La movilidad física que Cowen identifica como expresión del deseo de cambiar encuentra en Argentina una traducción territorial precisa. El conurbano bonaerense concentra una cuarta parte de la población nacional en apenas el 1 % del territorio nacional. Aunque esta concentración responde a múltiples factores, durante décadas estuvo acompañada por subsidios, protección industrial y centralización fiscal que contribuyeron a concentrar oportunidades y recursos en zonas y actividades dependientes de la mediación política, en lugar de orientarlos hacia nuevas oportunidades productivas.

La desregulación y la apertura en curso podrían comenzar a alterar esa estructura. El desarrollo hidrocarburífero de Vaca Muerta, concentrado en Neuquén y extendido a Río Negro y Mendoza; la minería del litio y el cobre en el NOA y Cuyo; y la agroindustria pampeana están reforzando polos de actividad fuera de los grandes centros tradicionales. Si estas tendencias se consolidan, podrían favorecer una mayor movilidad del capital y del trabajo hacia las regiones donde aparezcan nuevas oportunidades empresariales.

La tesis de Cowen permite, además, formular una hipótesis previa a la crisis política: la estabilidad puede contener las semillas de su propia crisis. Cuando una sociedad posterga sistemáticamente el cambio, las tensiones no desaparecen, sino que se acumulan. Endeudamiento, estancamiento, pérdida de movilidad e incapacidad institucional para adaptarse terminan generando presiones favorables a la transformación.

Desde esta perspectiva, el problema argentino no habría sido únicamente el crecimiento del Estado, sino la consolidación de un sistema que redujo progresivamente los incentivos al dinamismo privado y utilizó la intervención pública para administrar las consecuencias de ese estancamiento. Milei puede interpretarse así no solo como un reformador fiscal, sino como la reacción política frente a un sistema que había perdido capacidad de renovación y convertido la intervención estatal en sustituto de la iniciativa empresarial.

La conexión con los resultados económicos es entonces directa. Si la desregulación, la apertura y la reducción de distorsiones permiten que capital y trabajo se desplacen hacia actividades más productivas y competitivas internacionalmente, la reducción de la intervención estatal estaría alterando los incentivos que determinan la asignación de recursos.

Una sociedad puede escapar de la complacencia no solo mediante una reducción cuantitativa del Estado, sino recuperando la disposición a experimentar, invertir, asumir riesgos y permitir que nuevas actividades desplacen a las protegidas por el sistema anterior. Esta es una de las intuiciones fundamentales de la perspectiva del orden espontáneo: el dinamismo económico no necesita ser diseñado desde arriba, sino que emerge de millones de decisiones descentralizadas de empresarios, trabajadores, consumidores e inversores que responden a precios, pérdidas, beneficios y oportunidades.


De la complacencia al cambio ideológico

Cuando el sistema existente deja de ofrecer una visión convincente del futuro, aparece un vacío ideológico. La complacencia puede persistir mientras el statu quo parezca capaz de reproducirse indefinidamente; cuando deja de hacerlo, emerge una demanda de cambio ante una notoria falta de protección que puede adoptar direcciones muy diferentes.

Esto ayuda a comprender por qué una propuesta radicalmente antiestatista pudo adquirir una fuerza electoral inesperada en Argentina. La pregunta relevante deja de ser simplemente «¿por qué los argentinos aceptaron reducir el Estado?» para convertirse en otra más profunda: «¿por qué dejaron de considerar deseable el Estado que tenían?»

Cabe matizar, sin embargo, el carácter de ese giro. Buena parte puede explicarse por un hartazgo profundo hacia la clase política tradicional, que encontró en un outsider ajeno a esa dirigencia el vehículo para expresar su rechazo. Que ese outsider canalizara dicho hartazgo mediante una propuesta explícitamente antiestatista no permite asumir que toda la sociedad haya adoptado esa cosmovisión; una parte importante del electorado pudo haber votado, ante todo, contra la deriva estatista del statu quo, antes que por una convicción libertaria plenamente internalizada.

La experiencia argentina permite así conectar las intuiciones de Higgs y Cowen. El primero explica cómo una crisis puede ampliar el poder estatal y plantea, implícitamente, el problema de las condiciones que permitirían revertir ese proceso. El segundo ayuda a comprender por qué una sociedad que ha perdido dinamismo puede terminar cuestionando el equilibrio político y económico que había llegado a considerar normal.

De esta convergencia surge una secuencia analítica:

estancamiento → pérdida de legitimidad → crisis → cambio ideológico → oportunidad política → reforma institucional → recuperación del dinamismo

La hipótesis es que una crisis económica y política, cuando coincide con una transformación de las preferencias sociales, puede abrir una ventana para que ideas hasta entonces marginales se conviertan en fundamento de una reforma institucional.


El Estado y sus propios defensores

La expansión estatal no es solamente obra de burócratas. Las emergencias también pueden ser aprovechadas por actores privados en beneficio propio. Cada nueva regulación, subsidio, protección o transferencia crea potencialmente beneficiarios con incentivos para conservarla. Una reducción duradera del Estado debe, por tanto, enfrentarse tanto a la burocracia como a los intereses organizados que se han adaptado al sistema.

Este mecanismo es central para la economía política. Cuando una regulación proporciona un beneficio concentrado a un grupo y distribuye sus costes entre millones de individuos, quienes reciben el beneficio tienen mayores incentivos para defenderlo que quienes soportan el coste para organizarse contra él. De este modo pueden acumularse privilegios, regulaciones y transferencias que sobreviven incluso cuando han dejado de cumplir la finalidad con la que fueron justificadas.

La resistencia a las reformas argentinas ilustra esta dificultad. Cada organismo eliminado, regulación derogada o privilegio reducido afecta intereses concretos que tienen incentivos para reconstruir las estructuras anteriores. De ahí que el objetivo de una liberalización duradera no pueda limitarse a eliminar gasto u organismos: debe modificar los incentivos que hacen políticamente rentable su reconstrucción.

Esta es probablemente una de las mayores dificultades de cualquier proceso de liberalización. Reducir una intervención puede ser relativamente sencillo; impedir que los grupos beneficiados por ella vuelvan a organizarse para recuperarla exige alterar las condiciones institucionales que favorecieron su aparición.


La prueba decisiva: el Estado después de Milei

Aquí aparece la cuestión decisiva: aunque Milei reduzca considerablemente el Estado, ¿qué impedirá que un futuro gobierno vuelva a expandirlo? Si las reformas pueden revertirse fácilmente mediante nuevas leyes, políticas de gasto, regulación o emisión monetaria, estaríamos ante un retroceso temporal y no ante un cambio de equilibrio. Por ello conviene distinguir tres niveles de éxito: victoria administrativa, expresada en menos gasto, funcionarios y organismos; victoria económica, reflejada en mayor inversión, productividad, crecimiento y salarios reales; y, finalmente, victoria institucional, cuando las condiciones creadas hagan más difícil reconstruir el Leviatán. Las dos primeras dimensiones pueden comenzar a observarse, aunque sus resultados deberán seguir evaluándose con perspectiva. La tercera será la prueba decisiva.

El éxito histórico de Milei no consistirá simplemente en dejar un Estado más pequeño al finalizar su mandato, sino en modificar las condiciones que permitan a futuros gobiernos reconstruirlo. De la lectura conjunta de Higgs y Cowen surge así una hipótesis susceptible de ser sometida a prueba: una reversión del trinquete puede producirse cuando coinciden una crisis suficientemente profunda, un cambio ideológico, una demanda social de mayor dinamismo, un liderazgo político capaz de convertir esa demanda en una coalición y, finalmente, la institucionalización de las reformas.

La consolidación de este cambio de equilibrio dependerá, finalmente, de reformas cuyo coste de reversión aumente con el tiempo. En un segundo mandato de gobierno de Javier Milei, la dolarización y la eliminación de toda política monetaria generarían una irreversibilidad principalmente económica; la capitalización previsional, una amplia base de propietarios de activos con interés en preservar el sistema y consolidar el mercado de capitales; la intensificación del proceso de privatizaciones, una reducción de la propiedad estatal sobre empresas y activos estratégicos y una transferencia duradera de recursos y actividades al sector privado; los mecanismos de invariabilidad tributaria, una mayor irreversibilidad jurídica y reputacional; y una mayor integración comercial y financiera, una irreversibilidad derivada de los costes crecientes de desvincularse de las redes internacionales. El elemento común sería que la reforma no se limitara a reducir temporalmente la intervención estatal, sino que creara instituciones, activos, contratos e intereses privados que elevaran progresivamente el coste político y económico de reconstruir el antiguo Leviatán.

La perdurabilidad de este entramado institucional requeriría, en caso de alcanzarse en el Congreso la mayoría necesaria para declarar la necesidad de una reforma constitucional, establecer límites estrictos al crecimiento del gasto y al endeudamiento público, haciendo permanente la disciplina fiscal y reduciendo la capacidad del Estado de reconstruir su tamaño mediante deuda. A ello debería sumarse el fortalecimiento constitucional de la seguridad jurídica y la protección de los derechos de propiedad, elevando los costes institucionales de la discrecionalidad administrativa, así como restricciones a la capacidad estatal de asignar rentas mediante regulaciones, subsidios, barreras de entrada o privilegios sectoriales.

Si estas condiciones llegaran a consolidarse, la experiencia argentina trascendería el ajuste fiscal y la estabilización macroeconómica. Podría constituir un caso histórico de reversión del proceso descrito por Higgs: una crisis que, en lugar de ampliar permanentemente el Leviatán, abrió una oportunidad para reducir su tamaño y alcance y devolver a la sociedad una parte sustancial del espacio de decisión ocupado durante décadas por el Estado.



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